A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Un golpe de realidad
Giselle se despertó en medio de una habitación de hotel inmensa y helada. Estaba completamente sola. Le dolía cada fibra del cuerpo, pero el dolor más agudo no era físico, sino el vacío en su memoria. Al ver su ropa esparcida por la alfombra como restos de un naufragio, un relámpago de realidad le atravesó el pecho: había entregado su primera vez a un extraño.
La vergüenza la golpeó con fuerza. Se cubrió el rostro con las sábanas blancas que aún conservaban el aroma de aquel hombre: una mezcla masculina de pino y menta que la hacía sentir náuseas y nostalgia a la vez. Entre lágrimas, se vistió con torpeza y huyó de aquel lugar como si escapara de la escena de un crimen.
Ya en el taxi, sacó su móvil. Tenía más de cien llamadas perdidas. Sus padres, Alicia y el nombre de Javier brillando en la pantalla como una burla. Primero llamó a Alicia, y luego, con el corazón en la garganta, marcó a su madre.
—¿Dónde estás metida? —tronó Margaret Sandoval, su voz cargada de una furia gélida.
—Estoy bien, mamá. Gracias por preguntar —respondió Giselle con la ironía amarga de quien acaba de perderlo todo.
—Te quiero en casa en cinco minutos. Javier ha estado llamando desesperado, buscándote por cielo y tierra.
Giselle cerró los ojos, asqueada por el cinismo de su exnovio.
—No voy a ir a casa aún. Tengo cosas que resolver y, en cuanto a Javier... ese idiota ya no es nada mío.
Colgó sin esperar respuesta. Mientras el taxi avanzaba, intentaba reconstruir el rostro del desconocido del bar, pero solo veía sombras. Lo único real era ese olor a pino y menta fresca que se le había quedado impregnado en la piel.
Al llegar al apartamento de Alicia, subió las escaleras casi sin aliento. Su amiga la recibió con una ráfaga de reclamos que Giselle detuvo con una mirada quebrada.
—No grites, por favor... cometí una estupidez y no sé qué voy a hacer —susurró antes de derrumbarse en el hombro de su amiga.
Minutos después, en el sofá, Alicia escuchaba la confesión con los ojos desorbitados. La Giselle cautelosa y calculadora había desaparecido en una noche de alcohol y despecho.
—¿Al menos usó protección? —preguntó Alicia con voz queda.
Giselle se quedó paralizada. La laguna mental era absoluta.
—No lo sé... estábamos muy ebrios —el pánico empezó a escalar—. Alicia, si estoy embarazada o si me contagió de algo... mi vida se acabó.
—Tranquila. Iré a la farmacia por la pastilla de emergencia. Mañana iremos a la clínica para los exámenes —Alicia salió a toda prisa, dejando a Giselle sumergida en el silencio de sus propios pensamientos.
Fue entonces cuando lo notó. Al acariciarse la cara, algo frío rozó su mejilla. En su dedo anular brillaba un anillo que antes no estaba ahí; una pieza exquisita, una lamina de platino con incrustaciones de diamantes que gritaba lujo y poder.
—¿Esto qué es? —susurró, con la piel de gallina. ¿Era un regalo, un pago o una marca de aquella noche?
No tuvo tiempo de procesarlo. El timbre de la puerta sonó con una violencia inusual. Al abrir, se encontró con el rostro congelado de su madre y la mirada severa de su padre.
—¡Mamá, papá! ¿Qué hacen aquí?
—Déjate de preguntas estúpidas —grito Margaret, entrando a la fuerza—. ¿Dónde estuviste toda la noche?
—Aquí, mamá. No quería estar sola y Alicia me dejó quedarme.
—¡Mentirosa! —Margaret alzó la mano, señalándola con el dedo—. Javier llamó a Alicia y ella no sabía qué decir. Deja de cubrirte con tu amiga.
Giselle sintió que la rabia superaba al miedo.
—Alicia solo me protegía. No quiero volver a ver a Javier en mi vida, es un traidor que me usó para una apuesta.
—¡No hables así de un joven de su clase! —gritó su madre—. Seguramente fue un malentendido. Tienes suerte de que un Vargas se fije en alguien como tú. ¡Vámonos a casa ahora mismo!
Margaret tomó a Giselle del brazo para arrastrarla, pero en el forcejeo, la manga de la chaqueta de Giselle se subió, dejando al descubierto el anillo de diamantes y, peor aún, una marca de mordida pasional que el desconocido había dejado en su cuello.
El silencio que siguió fue aterrador. Su madre palideció al ver la joya y la evidencia en su piel.
—Ese anillo... esa marca... —Margaret retrocedió como si hubiera visto a un demonio—. No estuviste con Alicia. Te vendiste al mejor postor, ¿verdad? ¡Eres una cualquiera, Giselle! ¡Has deshonrado este apellido por una baratija!
—¡No es lo que creen! —gritó Giselle, pero su padre, que no había dicho palabra, la miró con un desprecio que dolió más que cualquier golpe.
—Para nosotros, has muerto hoy —sentenció su padre con voz gélida—. No vuelvas a poner un pie en nuestra casa.
La puerta se cerró tras ellos con un estruendo final, dejando a Giselle sola, repudiada por su familia y con un anillo misterioso como único testigo de la noche que le arrebató su futuro como cirujana, pero que le dio, sin saberlo, la razón de su existencia.
Poco tiempo después llegó Alicia encontrándose a su amiga en el sillón envuelta en un mar de lágrimas.
—¿Qué pasó amiga? Cuando me fui no te deje en ese estado — dijo Alicia con un nudo en la garganta.
—Vinieron mis padres y me trataron como a una cualquiera —, dijo Giselle entre sollozos —¿Por qué ellos me odian? ¿Qué les hice yo?
Alicia volvió a abrazar a su amiga olvidándose de la pastilla. Giselle por su parte sucumbió ante el cansancio y el dolor que había pasado en menos de veinticuatro horas quedándose profundamente dormida.
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️