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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 13: Las reglas del jardinero

Durmieron doce horas seguidas. Cuando Valentina despertó, el quirófano estaba bañado por una luz distinta, más limpia, como si el tiempo hubiera pasado una aspiradora por el aire. Las otras tres seguían dormidas en distintos rincones: Nora acurrucada como un gato, Clara enfermera boca arriba con las manos cruzadas sobre el pecho, la piloto en posición fetal con el bisturí aún agarrado.

Valentina se incorporó sin hacer ruido. El mapa de carbón en el piso había cambiado otra vez. Ahora mostraba un diagrama que no se parecía a ningún árbol genealógico. Era más bien un circuito eléctrico, con nodos y conexiones, y en cada nodo había un nombre. Reconoció el suyo, el de Clara, el de la piloto, el de Nora, el de Elena. Y en el centro, el más grande de todos: Lucía.

—Tu abuela era el ancla —dijo Elena desde atrás. Valentina se sobresaltó. No la había oído levantarse—. Sin ella, el circuito se corta. Por eso el tiempo se pudrió tan rápido después de su muerte.

—¿Mi abuela era un ancla? —preguntó Valentina—. ¿Eso significa que también podía viajar?

—No. Significa que podía quedarse quieta. Mientras ella estaba viva y en su época, el tiempo tenía un punto de referencia. Algo a lo que aferrarse. Cuando murió, todo se desestabilizó. Por eso las grietas crecieron tan rápido en la última semana.

Valentina recordó la semana posterior al funeral. Había sentido cosas raras: sombras que se movían solas, espejos que mostraban reflejos equivocados, sueños con puertas que se abrían a pasillos interminables. No le había dado importancia. Creía que era el duelo.

—¿Podemos traerla de vuelta? —preguntó—. ¿Resucitarla?

Elena negó con la cabeza.

—El tiempo no revive cuerpos. Pero puede traer conciencias. Tu abuela no está muerta del todo, igual que Nora no estaba muerta en el entre. Está desplazada. En algún rincón del tiempo, esperando. Si la encontramos y la traemos de vuelta a su época... va a seguir viva. Para vos, para el mundo, para todo.

—Pero ella ya tenía ochenta años cuando murió —objetó Valentina—. Aunque la traigamos, se va a morir igual.

—Todos nos vamos a morir —dijo la piloto, que también se había despertado—. La diferencia es morir en paz o morir desplazada. Tu abuela merece morir en su cama, con vos al lado, no en un rincón olvidado del tiempo.

Clara enfermera y Nora se incorporaron también. Las cuatro rodearon el mapa del piso, estudiando el circuito de nombres.

—Necesitamos reglas —dijo Nora, que seguía con los ojos dorados pero ya más centrada—. Si vamos a ser jardineras del tiempo, no podemos improvisar. El tiempo es caótico. Nosotras tenemos que ser el orden.

—¿Qué tipo de reglas? —preguntó Clara enfermera.

—Primera regla —dijo Nora, levantando un dedo—: No intervenir en eventos que no nos corresponden. Podemos observar, podemos consolar, podemos cerrar grietas. Pero no podemos cambiar el pasado a gran escala. Si evitamos que alguien muera, alguien más muere en su lugar. El tiempo se balancea.

—Segunda regla —agregó la piloto—: Viajar siempre en grupo. Nada de saltos individuales. Si una se pierde, las otras pueden buscarla.

—Tercera regla —dijo Elena—: Mantener este punto como base. El quirófano es neutral. No pertenece a ninguna época. Podemos volver siempre.

—Cuarta regla —dijo Clara enfermera—: Contarlo todo. No guardarnos secretos. No mentirnos. Las mentiras abren grietas más rápido que el dolor.

—Quinta regla —dijo Valentina—: Buscar a Lucía. No paramos hasta encontrarla.

Las cuatro asintieron. No había nada escrito, pero el pacto quedó sellado de alguna manera invisible. El circuito en el piso brilló un instante, como si el tiempo mismo estuviera de acuerdo.

—Ahora —dijo la piloto, frotándose las manos—. ¿Por dónde empezamos?

—Por las grietas pequeñas —respondió Nora—. Las que están cerca. Las que podemos cerrar sin mucho riesgo. Así practicamos.

—¿Dónde hay una grieta pequeña? —preguntó Valentina.

Nora cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, regular. Cuando los abrió, sus pupilas doradas brillaron con intensidad.

—En Buenos Aires. En tu departamento, Valentina. La grieta que se abrió cuando tu abuela murió sigue ahí, del tamaño de una moneda. No es peligrosa todavía, pero si no la cerramos, va a crecer.

—¿Mi departamento? —Valentina sintió un escalofrío—. ¿Tengo una grieta en mi living?

—En el espejo del baño, para ser precisa —dijo Nora—. Por eso no te veías bien estos días. El reflejo estaba ligeramente desplazado.

—¿Cómo la cerramos?

—Con presencia —dijo Elena—. Las grietas pequeñas se cierran solas si alguien de la línea temporal correcta se queda cerca el tiempo suficiente. Vos podrías quedarte en tu departamento una semana y la grieta desaparecería. Pero como no tenemos una semana...

—¿Qué tenemos?

—Un ritual —dijo Clara enfermera, y todas la miraron—. Lo leí en el cuaderno de Nora. Hay una manera de sellar grietas con un objeto ancla. Algo que pertenezca al lugar y al tiempo correctos.

—¿Como qué? —preguntó Valentina.

—Como el mate que derramaste cuando viajaste por primera vez —dijo Clara—. Ese mate todavía está en tu mesa, con la yerba mojada. Si lo traés acá y lo rompés en el quirófano, la grieta de tu departamento se va a cerrar.

—¿Romper el mate de mi abuela? —preguntó Valentina con horror.

—Sí —dijo Nora con ternura—. Porque ese mate ya cumplió su ciclo. Tu abuela lo usó durante treinta años. Después de muerta, lo usaste vos una sola vez, el día que viajaste. Ese objeto ya no pertenece a ninguna época. Es un objeto sin tiempo. Perfecto para cerrar grietas.

Valentina pensó en el mate. Lo había heredado junto con el departamento, la vajilla de porcelana y el olor a naftalina. Usarlo le había dado una sensación extraña, como si su abuela estuviera mirando desde algún lado. Tal vez por eso había viajado. Tal vez el mate era la llave.

—Está bien —dijo—. Vamos a buscar el mate.

—No todas —dijo la piloto—. Ese viaje lo hacés vos sola. Es tu tiempo, tu departamento, tu grieta. Si vamos todas, el tiempo se va a confundir. Demasiadas versiones en un mismo lugar.

—¿No dijimos viajar siempre en grupo? —objetó Clara enfermera.

—Eso aplica a viajes temporales —respondió la piloto—. Esto no es un viaje. Valentina va a su propia época, a su propia casa. No hay riesgo de perderse.

Valentina asintió. Sabía que la piloto tenía razón. También sabía que algo en esa misión la aterraba. Volver a su departamento significaba volver al día en que todo empezó. Significaba ver el mate derramado, el móvil vibrando, el recuerdo de su abuela muerta.

—Voy —dijo—. Pero voy a necesitar el espejo roto para volver.

Nora se lo alcanzó. El vidrio seguía fracturado, pero ya no reflejaba cosas deformadas. Reflejaba la realidad: el quirófano, las cuatro mujeres, la luz limpia de la mañana.

—Cuando tengas el mate —dijo Elena—, mirá el espejo y pensá en nosotras. El resto va a pasar solo.

Valentina guardó el espejo en el bolsillo. Despidió a las otras con una mirada que intentaba ser valiente pero le salía temblorosa. Cerró los ojos. Pensó en su departamento, en el olor a yerba, en la ventana que daba a Corrientes.

El vértigo llegó suave, como una caricia.

Cuando abrió los ojos, estaba en su living.

El mate seguía en la mesa. La yerba mojada. El móvil vibrando.

Todo igual.

Pero ella ya no era la misma.

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