Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Verdad a media
—Llegas tarde —sentenció. Su voz, profunda y autoritaria, me hizo estremecer hasta la médula.
—Lo siento... perdí la noción del tiempo —respondí en un susurro cargado de un terror que no podía ocultar.
—Ve a darte un baño. Aquí te espero.
Caminé hacia la puerta que me indicó con pasos mecánicos. En cuanto la cerré tras de mí, apoyé todo mi peso contra la madera fría. Mi respiración se volvió pesada, errática, y finalmente las lágrimas se desbordaron. Me sentía sucia, como si mi dignidad se estuviera escurriendo entre mis dedos para siempre. Lo único que me mantenía en pie era la esperanza de que mi madre nunca llegara a enterarse del precio que estaba pagando por su vida.
Me despojé del incómodo vestido de encajes —mi armadura de sacrificio— y entré en la ducha. Dejé que el agua caliente golpeara mi piel, intentando inútilmente lavar el sufrimiento acumulado desde que mi madre enfermó. No sé cuánto tiempo permanecí allí, perdida en mi propia agonía, hasta que unos golpes impacientes en la puerta me trajeron de vuelta.
—Estoy esperando por ti. Llevas más de una hora ahí encerrada.
Arturo sonaba furioso. Cerré la llave del agua de inmediato, sequé mi cuerpo con torpeza y me puse el pijama que había preparado. Salí del baño con el corazón en la garganta.
—Lo siento, no me di cuenta de que había pasado tanto tiempo —dije con sinceridad.
—No me gusta que me hagan perder el tiempo —replicó él, acercándose con paso depredador—. Esto es un negocio, Daniela, y como tAl, debe cerrarse esta misma noche.
Sin darme tiempo a reaccionar, me tomó de la cintura, pegando mi cuerpo al suyo con una fuerza que me dejó sin aliento. Sus labios se adueñaron de los míos de manera violenta; no era un beso, era una invasión cargada de una ira que no terminaba de comprender.
—Por favor... no sea brusco —supliqué con la voz quebrada por el llanto contenido.
Él se detuvo a milímetros de mi boca, su aliento rozando mi piel.
—¿Acaso mi primo era suave contigo? —La pregunta me golpeó como un latigazo, dejándome helada.
Me quedé sin habla, con los ojos muy abiertos, asimilando el veneno en sus palabras. ¿Alan? ¿Realmente creía que yo...?
—Él y yo... nosotros nunca... —intenté decir, pero mi voz se cortó cuando Arturo soltó una risa seca y carente de humor.
—No te molestes en mentir, Daniela. Vi cómo te miraba, vi cómo te tocaba en el jardín. No soy un idiota. No me importa tu pasado, pero no pretendas ser la virgen sacrificada conmigo cuando ya le entregaste todo a él.
Sus palabras me dolieron más que cualquier golpe. La humillación de ser juzgada sin derecho a réplica encendió una chispa de rabia en medio de mi terror. Sin embargo, no tuve tiempo de protestar. Arturo me alzó con rudeza y me depositó sobre la cama con una determinación que me dejó paralizada.
Él se situó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza. Su mirada era una mezcla de deseo oscuro y un desprecio que intentaba mantener a flote.
—Hagamos esto de una vez —murmuró contra mi cuello—. Cierra los ojos y piensa en el dinero que recibirás, si eso te hace sentir mejor.
Cerré los ojos, pero no por el dinero, sino para contener el sollozo que amenazaba con escapar. Sentí el peso de su cuerpo, su aroma a madera y colonia envolviéndome, y el roce de su piel contra la mía. Arturo comenzó a besarme de nuevo, pero esta vez, al notar que yo no ponía resistencia y que mi cuerpo estaba rígido como el mármol, su ritmo disminuyó.
Su impaciencia empezó a transformarse en algo más parecido a la observación. Sus manos, que antes eran bruscas, se detuvieron un momento al sentir los espasmos de mi cuerpo.
—¿Por qué tiemblas tanto? —preguntó, apartándose apenas unos centímetros, su voz perdiendo un poco de su dureza.
—Porque no es lo que usted cree —logré articular, con las lágrimas rodando finalmente por mis sienes—. No me importa lo que piense de mi familia o de mí... pero no me compare con él. Alan nunca me tocó. Nadie lo ha hecho.
Arturo se quedó inmóvil. Pude sentir su corazón latir con fuerza contra mi pecho. Por un segundo, el silencio en la habitación fue tan denso que dolió. Vi la duda cruzar sus ojos oscuros, luchando contra la imagen que él mismo se había formado de mí.
—Mírame, Daniela —ordenó con suavidad.
Le sostuve la mirada con toda la dignidad que me quedaba, dejando que viera el miedo y la verdad en mis ojos. En ese instante, la atmósfera cambió. La ira de Arturo pareció evaporarse, reemplazada por una confusión profunda que lo dejó vulnerable por primera vez.
Arturo se quedó paralizado sobre mí, con los ojos clavados en los míos. Mi confesión pareció actuar como un interruptor, deteniendo su agresividad en seco. Durante unos segundos que se sintieron eternos, su mirada recorrió mis facciones, buscando una grieta, una señal de que estaba mintiendo.
—¿Me estás diciendo que mi primo no te ha tocado? —preguntó, y esta vez su voz no era gélida, sino que vibraba con una extraña mezcla de incredulidad y algo que no supe descifrar.
—Alan nunca me puso una mano encima —respondí, intentando que mi voz no temblara—. No somos... no éramos lo que tú crees. Él me traicionó con mi hermana, Arturo. Esa es la única verdad.
Sentí cómo su agarre en mis muñecas se aflojaba lentamente. Arturo se apartó, sentándose en el borde de la cama y dándome la espalda. Sus hombros se movían con una respiración pesada, mientras el silencio de la montaña se filtraba por las paredes de la cabaña.
—Si eso es cierto... —murmuró, dejando la frase en el aire.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado. Arturo era un hombre de lógica y ciencia, y lo que acababa de descubrir no encajaba en los prejuicios que los Stevens le habían vendido sobre "la otra hija". Sin embargo, su cinismo no desapareció del todo. Se giró para mirarme, y aunque la furia se había evaporado, la duda seguía ahí.
—Aceptaste este contrato con una rapidez desesperada, Daniela. Si no fue por la ambición de tu padre, ni por el dinero de los Villegas... ¿por qué estás aquí? —Sus ojos me analizaron, como si intentara leer lo que escondía bajo la piel.
Cerré la boca de golpe. No podía decirle lo de mi madre, no todavía. Sabía que si le entregaba esa debilidad, él tendría un poder absoluto sobre mí, más allá de cualquier papel firmado. Y tampoco quería que supiera lo del sótano; no quería su lástima.
—Tengo mis razones —dije, tratando de sonar firme mientras me cubría con la manta—. Razones que no forman parte del trato. Tú querías una esposa y un heredero, eso es lo que has comprado. Mi vida privada no venía incluida en el precio.
Arturo arqueó una ceja, sorprendido por mi repentina hostilidad. Una pequeña y amarga sonrisa apareció en sus labios.
—Está bien. Quédate con tus secretos, señora Villegas —dijo con un tono seco—. Pero no esperes que olvide que estás aquí por propia voluntad.
Se puso de pie y se dirigió al otro lado de la cama, apagando la lámpara de noche. La habitación quedó sumida en la penumbra, solo iluminada por el tenue resplandor de la luna.
—Duerme —ordenó, mientras se acostaba dándome la espalda—. Por hoy ha sido suficiente. No tengo interés en forzar a una mujer que tiembla como un pájaro herido. Mañana seguiremos con esto... bajo mis reglas.
Me quedé inmóvil en mi rincón de la cama, escuchando su respiración. No había habido intimidad, pero la batalla que acababa de ocurrir era mucho más profunda. Estaba a salvo por esta noche, pero ahora estaba atrapada en una jaula con un hombre que empezaba a sospechar que yo no era la villana que él esperaba.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades