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CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Amor eterno
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

nada es para siempre

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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—Bueno, pues vamos a mi casa. Ahí le llamo a Roberta y vemos cómo devolverte a tu castillo, fortachón —anunció Azul, dándole un último trago a su atole antes de tirar los vasos y los papeles en el contenedor de basura más cercano.

Dmitriy se puso de pie de un solo impulso, estirando sus largas piernas y sacudiéndose los pantalones oscuros con una sonrisa descarada.

—Jaja, qué chistosa eres... Claro, te sigo a donde quieras, mi guía oficial —replicó el rubio, acomodándose el saco a medio hombro y siguiéndole el paso elegante a la joven mexicana, completamente feliz de haber perdido su celular y cualquier conexión con su aburrida realidad .

Mientras tanto, en un lugar completamente diferente de la ciudad, la paz matutina brillaba por su ausencia. Dentro del majestuoso penthouse, Taras se movía de un lado a otro de la sala como un león enjaulado, regañando con una severidad implacable a todo su equipo de seguridad privada. Los guardaespaldas rusos, hombres corpulentos entrenados en las fuerzas especiales, permanecían firmes, con la cabeza baja y una expresión de puro pánico ante el temperamento del primo del heredero.

—¿Cómo carajos se les perdió? ¡Contéstenme! —bramó Taras en español para que todos en el lugar entendieran su furia—. ¡Mide casi dos metros, maldita sea! No es un sujeto común y corriente, ¡no es tan complicado seguir a un gigante rubio en un antro!

Taras movía las manos de manera frenética en el aire, gesticulando con una rabia contenida. Alternaba sus reclamos con crudas maldiciones en ruso que resonaban con fuerza en las paredes de techo alto. Tenía el cabello ligeramente revuelto por la frustración, la camisa de la noche anterior desabrochada y una intensidad en sus ojos claros que lo hacía lucir tan malditamente sexy a los ojos de Roberta, quien lo observaba recargada cómodamente desde la barra de la cocina. Para ella, ver a ese imponente extranjero perder los estribos era todo un espectáculo digno de admirar.

Roberta le dio un sorbo a su taza de café, disfrutando de la vista del torso trabajado de Taras antes de decidir que ya era hora de intervenir y salvar a los pobres escoltas de ser ejecutados verbalmente.

—Grandote, ya relájate un buen rato, por favor —soltó Roberta en voz alta, rompiendo la tensión del ambiente con su típica ligereza latina—. Yo sé perfectamente dónde puede estar.

En ese preciso instante, todo el circuito de seguridad que estaba a cargo de la vigilancia se giró al mismo tiempo. Los enormes guardaespaldas miraron a la pequeña castaña, que vestía la playera gigante de Taras, como si a la chica le hubiera salido otra cabeza de repente o estuviera hablando en un idioma extraterrestre. Nadie entendía cómo una mesera local podía tener información confidencial que su avanzada tecnología de rastreo no había logrado conseguir en toda la madrugada.

Taras se detuvo en seco a mitad de la sala. Se giró hacia ella lentamente, entornando los ojos detrás de sus anteojos.

—¿Tú...? ¿Tú crees saber dónde está Dmitriy? —preguntó Taras, con una mezcla de duda, desesperación y sorpresa en su voz grave.

—No, no creo. Yo SÉ exactamente dónde está —corrigió Roberta, bajándose de la barra con paso seguro y dejando la taza a un lado—. Pero necesito que te calmes de una buena vez. Deja de regañarlos así, pobrecitos, y mejor dejas que se sienten a desayunar los chilaquiles que les hice. Se la han pasado buscándolo toda la noche por las calles y deben de estar cansadísimos. El estómago vacío no ayuda a pensar.

Los guardias rusos miraron a Roberta con una gratitud infinita en los ojos, casi implorándole con la mirada a su jefe que le hiciera caso a la pequeña mexicana. Taras respiró hondo, pasándose una mano por el rostro para intentar procesar la lógica de la joven. El dolor de cabeza de la resaca amenazaba con regresar por culpa del estrés.

—Pequeña... En serio, no estoy para juegos. Necesito saber con urgencia dónde está mi primo —insistió Taras, suavizando notablemente el tono de voz al acercarse a ella, dejando salir al hombre preocupado detrás de la fachada corporativa.

—Que sí lo sé, hombre testarudo. Mi amiga Azul no es de las que se van con cualquiera, y si tu primo no regresó aquí, es obvio que terminaron juntos en alguna parte segura. Deja que me ponga los zapatos, nos arreglamos y vamos a buscar a ese par de locos, ¿ok? Pero ya, en serio, deja de regañar a tus muchachos, que me pones nerviosa a mí también con tanto grito.

Taras parpadeó un par de veces, completamente desarmado por la firmeza y la dulzura con la que Roberta manejaba la situación. Miró a su equipo de seguridad, que aguantaba la respiración esperando el veredicto, y sin más remedio, dio una breve orden en ruso para que se retiraran a la cocina a comer. Necesitaba recuperar al osito antes de que su tía Nadenka volviera a llamar, pero también comprendió que con Roberta al mando, el caos de la mañana iba a tomar un rumbo mucho más interesante.

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