Mi última orden para mi marido mafioso fue que firmara los papeles del divorcio. Por fin dejé atrás mi obsesión por él, y ahora es libre para vivir con su verdadero amor… sin embargo, ahora es él quien me persigue.
Mi marido Gio no era más que un soldato, una herramienta para los trabajos sucios de la mafia de mi padre.
Pero yo estaba enamorada de él y lo perseguía durante años. Mi primera orden fue que firmara los papeles de nuestro matrimonio, y creía que lograría conquistarlo.
Pero en mi peor momento, el día de la muerte de mis padres, me abandonó para estar con la mujer que amaba. Esa fue la gota que colmó el vaso.
Le dejé los papeles del divorcio y me fui, decidida a criar sola al bebé que llevaba en mi vientre.
NovelToon tiene autorización de Wan Marte para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Savanna
Fui corriendo a casa con ese dinero. Todavía estaba impresionada por haber conseguido tanto la primera vez que vendí un cuadro.
—Mamá, no puedes ser tan buena. Ese hombre tenía mucho dinero. Tal vez debería haber pedido más.
Dijo Enzo, con ese tono suyo, voz infantil, pero actitud de adulto.
Acaricié su cabeza y dije:
—Hijo, tú enséñale a mamá a no ser tan buena, ¿sí?
Él asintió, todo concentrado.
Tomé ese dinero, pagué el alquiler del mes, compré alimentos para la casa, un par de zapatos y ropa de abrigo para Enzo. Con lo que sobró, decidí comprar más alimentos.
—Aquí la comida es tan cara. —Dije, mirando a Enzo que me ayudaba a elegir.
Yo vivía en la ciudad más rica, pero allí las cosas no eran tan caras. Parece que en un lugar donde el gobierno da la espalda, los comerciantes se aprovechan de la desesperación de la gente.
—¡Mamá, podemos tomar estas cosas gratis!
Enzo gritó y me fue jalando. Me llevó hasta una feria que había cerca de allí. Allí las cosas eran más baratas y casi compro algunas, pero Enzo impidió, pidiéndome que esperara.
Cuando acabó la feria, los comerciantes comenzaron a dar lo que sobró.
No solo nosotros estábamos esperando, otras personas avanzaron para tomar. Pero Enzo era un chico listo.
Él se metió en medio de las personas y salió de allí con muchas cosas.
Los vegetales estaban marchitos, machacados y con otras imperfecciones.
Pero cortando aquí y allá, se pudo usar.
Yo hice una olla grande de sopa. En ese momento no me sentí inútil. Yo aprendí a cocinar para agradar a Gio, para hacer las cosas que a él le gustaban y ahora, ese conocimiento es lo que iba a sustentar a mi familia.
Yo aprendí a cocinar con chefs renombrados y como a Gio no le gustaba la comida sofisticada, los chefs me enseñaron a hacer comidas con ingredientes simples, pero con sabor sofisticado.
La sopa quedó con un olor de los dioses. Exactamente como yo recordaba.
Enzo se quedó salivando a mi lado y no aguanté darle un poquito a él.
Después coloqué la sopa en varias marmitas y llevé para la calle.
El olor estaba delicioso y Enzo era el mejor vendedor de este mundo. Él tenía lo que faltaba en mí, la calle.
Él gritaba:
—¡Sopa deliciosa y nutritiva! Vengan a comprar.
A veces él gritaba:
—Sopa curativa, cura dolor de espalda e incluso reumatismo.
Él ni siquiera sabía lo que era reumatismo. Lo que me hacía reír.
El tiempo pasó rápido y yo volví a casa con un buen dinero.
Yo nunca estuve tan feliz ganando dinero como ahora. Aquello era fruto de mi esfuerzo y yo no necesitaba más seguir soportando el acoso de hombres borrachos para sobrevivir.
Fui mejorando la sopa con el tiempo, cuanto más ganaba, más conseguía comprar ingredientes mejores y ofrecer nuevas recetas.
Con el tiempo no vendíamos más en la calle y ya teníamos nuestro propio puestito.
Yo, Enzo y Vitória nos convertimos en un trío impresionante. Yo cocinaba, Vitória entretenía a los clientes con su ternura y Enzo era nuestro marketinero que llamaba a los clientes.
Luego nuestra sopa se hizo famosa y vendíamos todo en pocas horas.
El tiempo que restaba, yo usaba para alfabetizar a Enzo y también para pintar nuevos cuadros.
Mis cuadros estaban quedando mejores, yo retrataba la pobreza de aquella ciudad, transformaba algo feo en arte. A veces yo colocaba algún cuadro en el puesto para adornar y algunas personas les gustaba y compraban. Ellas decían que nunca imaginaron que los brazos oscuros y lodosos podrían ser retratados con tanta belleza.
No era que yo pasé a achar aquel lugar bonito, es que el arte no muestra solo cosas bellas, muestra también el lado feo de las cosas, quien torna las cosas bellas es el artista.
Ya hacían cuatro meses desde que mi vida mejoró. Vitória ya tenía ocho meses y ya estaba casi caminando. Ella recorría nuestro pequeño apartamento en poco tiempo, gateando detrás de Enzo y cuando ella lo alcanzaba, se quedaba esforzándose para quedar de pie y abrazar a él.
Ella también ya hablaba algunas palabras, Mamá y Zuzu, mamá y Enzo.
Ella era una niña feliz y sonriente y eso me hacía sentir orgullo de mí misma. ¿Quién creería que aquella patricinha inútil está consiguiendo ser madre sola y no dejar faltar nada a los hijos?
Fue en esa época que él apareció, Victor.
Yo estaba en el puesto, vendiendo las sopas cuando sentí un flash de cámara cegándome.
Instintivamente tapé mi rostro, aun sabiendo que estaba usando un pañuelo para cubrirlo.
—¡Ah, me disculpe, yo no sabía que iba a incomodarte! —él dijo y extendió la mano hacia mí—. Mi nombre es Victor y yo soy fotógrafo.
Me rehusé a responder. Él podía ser alguien ligado a los Santinnis, queriendo entregarme a ellos.
—¡Me disculpe mismo! Es que yo aché su puesto bonito, adornado con esos cuadros. Yo pensé que sería una bella fotografía.
Yo no respondí y tomé a Vitória en el colo y escondí su rostro en mi hombro.
—Yo realmente no quería incomodar. Su sopa tiene un olor muy bueno. Yo voy a querer un poco, estoy hambriento.
—Estamos cerrando. —respondí y llamé a Enzo para ayudarme a guardar las cosas y cerrar el puesto.
Yo estaba con miedo. Aquel hombre me miraba diferente, era como si él pudiera verme a través del pañuelo que cubría mi rostro, era como si él ya me conociera.
Aun con miedo, al otro día monté el puesto para vender las sopas.
Él no apareció, para mi alivio.
Pero cuando volvimos al apartamento, él estaba allá, de frente a la puerta de mi apartamento.
—Hola, me dijeron que su nombre es Savanna. Mi nombre es Victor, yo sé, yo ya dije, pero usted puede haber olvidado. En fin, ¿puede prestarme un poco de café? A partir de ahora seremos vecinos.