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Cenizas Bajo La Piel

Cenizas Bajo La Piel

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Venganza / Romance / Completas
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Una historia de amor, odio y venganza

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El beso del traidor

Cap 10

El aeropuerto de Madrid-Barajas a las tres de la madrugada es un lugar de silencios incómodos y luces de neón que parpadean como ojos cansados. Valentia y Lucas compraron dos billetes para el primer vuelo a Lisboa, que salía a las seis, y se instalaron en una cafetería de la terminal T4. Ella pidió un café solo que no probó; él, un chocolate caliente que bebió a sorbos pequeños mientras miraba el móvil con expresión de quien espera malas noticias.

—Lucas —dijo Valentina, rompiendo el silencio—. ¿Por qué me ayudas de verdad? No me valen las respuestas bonitas sobre estar harto de tu familia. Quiero la verdad cruda.

El chico dejó la taza y la miró a los ojos. Tenía diecinueve años, pero sus ojos parecían de cuarenta. Los Montenegro envejecían antes de tiempo, pensó ella.

—Porque Dante no es el hermano que crees —respondió Lucas—. Es frío, calculador, obsesivo. Cuando mi madre murió, él tenía doce años y yo ocho. ¿Sabes lo que hizo? No lloró. No fue al entierro. Se encerró en su habitación durante una semana y cuando salió, dijo: "Voy a convertirme en el hombre más poderoso de este país para que nadie pueda hacernos daño nunca más." Y lo ha cumplido. A los veinticinco años ya manejaba medio imperio. A los veintiocho, había aplastado a tres competidores con demandas arruinadoras. A los treinta... a los treinta te encontró a ti.

—¿Y eso qué tiene que ver con ayudarme?

—Que Dante no se enamora. Dante colecciona. Y tú eres su pieza más preciada porque eres la única que puede darle lo que siempre ha querido: la cabeza de Renato en bandeja. Pero cuando la consiga... cuando ya no necesite tu dolor como munición... te guardará en una vitrina. O te romperá. Los Montenegro no sabemos querer de otra manera.

Valentina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del aeropuerto.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú sabes querer?

Lucas sonrió con esa tristeza que ya le resultaba familiar.

—No lo sé. Nunca me han dado la oportunidad.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez fue un silencio cómplice. Valentina se levantó a comprar otro café y, al volver a la mesa, vio algo que la heló la sangre.

Dante Montenegro estaba al otro lado de la cristalera de la cafetería. No llevaba maleta ni chaqueta. Solo vaqueros negros, una camiseta gris y esa mirada verde que parecía capaz de atravesar paredes. Caminó hacia ellos con pasos lentos, como si no tuviera prisa porque sabía que ya los había alcanzado.

—Lucas —dijo, sentándose frente a su hermano sin saludar a Valentia—. Sabía que eras tú. Sabía que estabas detrás de todo esto.

—No estoy detrás de nada —respondió Lucas, con una calma que impresionó a Valentia—. Solo le estoy contando la verdad.

—¿Tu versión de la verdad? —Dante soltó una risa amarga—. La verdad es que mamá murió porque papá la descuidó. La verdad es que Renato es un psicópata que se alimenta del miedo ajeno. La verdad es que Gabriel Vargas sigue vivo y nos está manipulando a todos desde las sombras. Esa es la verdad, Lucas. No la historia de niños huérfanos que te has montado.

Valentina se quedó rígida.

—¿Mi padre nos está manipulando? —preguntó, con la voz quebrada.

Dante se volvió hacia ella. Por primera vez en días, sus ojos verdes no tenían barreras. Estaban desnudos, y en ellos había algo que parecía sinceridad.

—La carta que encontraste en el piso de la calle del Pez no la escribió Gabriel hace un mes. La escribió hace diez años, antes de desaparecer. La dirección de Lisboa es real, pero el contrato que dice que guarda Renato... Renato lo destruyó hace años. Tu padre lo sabe. Te está enviando a una trampa para que Renato te mate y así poder él salir de su escondite sin que nadie le busque.

—¿Cómo sabes todo eso? —interrumpió Lucas—. ¿Cómo sabes lo que pone en una carta que ni siquiera has visto?

—Porque yo he estado en contacto con Gabriel Vargas durante los últimos cinco años.

El mundo se detuvo. Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies, como en el baño de la mansión, como en la cabaña, como cada vez que Dante Montenegro decía una verdad que destrozaba su realidad.

—¿Qué? —susurró.

Dante se pasó una mano por el pelo, gesto de nerviosismo que ella nunca le había visto.

—Cinco años —repitió—. Después de la muerte de tu madre, tu padre desapareció. Todos le dieron por muerto. Pero yo investigué. Necesitaba saber la verdad sobre lo que pasó aquella noche. Contraté a un detective privado, el mejor, un hombre que había trabajado para la CIA. Tardó dos años, pero lo encontró. Vivía en un pueblo de la costa portuguesa, con una identidad falsa y una barba que le cambiaba la cara. Me pidió que no te buscara. Dijo que eras más segura sin él. Pero también me pidió que te vigilara. Que te protegiera si algún día alguien intentaba hacerte daño.

—¿Y por eso te acercaste a mí? —preguntó Valentina, con la voz temblorosa—. ¿Por eso me besaste en la gala? ¿Por eso me dijiste que confiara? ¿Porque tu detective privado te lo pidió?

—No —Dante acercó su silla a la de ella y le tomó las manos. Ella no las retiró, pero tampoco las apretó—. Al principio, sí. Al principio solo quería cumplir la promesa que le hice a tu padre: mantén a Valentia a salvo. Pero luego... luego te vi reír en la terraza del Ambassador. Luego te vi llorar en la cabaña. Luego te vi plantarte frente a mi padre sin pestañear. Y ya no era una promesa. Eras tú. Solo tú.

Lucas soltó una risa sarcástica.

—Bonita historia, hermano. Pero se te olvida un detalle: las conversaciones de WhatsApp que le mostré a Valentina. Esas donde le decías a papá que la habías localizado y que ibas a "ganarte su confianza". ¿Cómo explicas eso?

Dante soltó las manos de Valentina y se giró hacia su hermano. Su expresión se endureció.

—Esas conversaciones son reales. Y también son una mentira.

—Explícate —pidió Valentina, con la paciencia de quien está a punto de romper algo irrompible.

—Mi padre me ordenó que te investigara. Me dijo que eras peligrosa, que tenías la llave de tu madre, que podías estar trabajando para Renato. Le seguí el juego. Le envié esos mensajes para que confiara en mí. Pero nunca tuve intención de hacerte daño. Mi plan era ganarme tu confianza para protegerte, no para entregarte.

—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio? —preguntó Valentina, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.

—Porque si te lo hubiera dicho, no me habrías creído. Y porque... —Dante bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Porque tenía miedo. Miedo de que al saber la verdad, me odiaras tanto como odias a mi padre. Miedo de perderte antes de tenerte.

El silencio se alargó durante un minuto entero. En la cafetería del aeropuerto, los pocos viajeros de la madrugada los miraban con curiosidad, pero ninguno se acercó. Afuera, un avión despegaba con un rugido que ahogó todos los pensamientos.

Valentina se levantó de la silla. Caminó hasta la cristalera y apoyó la frente en el vidrio frío. Necesitaba pensar, necesitaba aire, necesitaba que su cabeza dejara de dar vueltas. Dante Montenegro la había seguido. La había investigado. Se había enamorado de ella, o eso decía. Pero también le había mentido. También la había manipulado. También era un Montenegro, y los Montenegro mentían como respiraban.

—¿Qué hago ahora? —se preguntó en voz alta, aunque la pregunta iba dirigida a las dos personas que la escuchaban.

—Yo creo que deberías irte a Lisboa conmigo —dijo Lucas—. Averiguar la verdad por ti misma. Sin él.

—Yo creo que deberías quedarte —dijo Dante—. Confiar en mí. Dejar que te proteja.

Valentina se giró. Sus ojos rojos, su mandíbula apretada, sus puños cerrados. Tenía el aspecto de una mujer que ha estado al borde del abismo demasiadas veces y ha decidido que ya no quiere mirar hacia abajo.

—Voy a hacer una cosa que ninguno de los dos espera —anunció.

Caminó hacia Dante, le agarró la cara con ambas manos y lo besó. No fue un beso tierno ni romántico. Fue un beso feroz, lleno de rabia y deseo y frustración. Un beso que decía "te odio" y "te necesito" al mismo tiempo. Cuando se separaron, Dante tenía los labios ensangrentados —ella le había mordido sin querer, o quizás queriendo— y los ojos desorbitados.

—Eso —dijo Valentina, limpiándose la boca con el dorso de la mano— es por todas las mentiras.

Luego se giró hacia Lucas.

—Y tú —le dijo—. Tú y yo vamos a Lisboa. Pero no para caer en la trampa de mi padre. Vamos para tenderle una trampa a él. Porque si hay algo que he aprendido en estos meses es que los muertos que vuelven siempre tienen segundas intenciones.

Lucas asintió, con una mezcla de admiración y miedo.

—¿Y Dante? —preguntó.

Valentina miró al hombre de ojos verdes, que seguía allí, con los labios sangrando y el corazón en un puño.

—Dante se queda. Si de verdad quiere protegerme, que averigüe dónde está Renato. Y que me lo cuente cuando vuelva. Si vuelvo.

Dante dio un paso hacia ella, pero ella levantó una mano para detenerlo.

—No me toques. No todavía. Las armas no se tocan hasta que están listas para disparar. Y yo no estoy lista.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de embarque. Lucas la siguió, no sin antes lanzar una última mirada a su hermano.

—Cuídala —murmuró Dante.

—Cuídate tú —respondió Lucas.

Y se fueron. Dante se quedó solo en la cafetería vacía, con el sabor a sangre en los labios y el eco del beso en la piel. Sacó el móvil y marcó un número que conocía de memoria.

—¿Papá? —dijo, con la voz rota—. Voy a aceptar tu trato. Ayúdame a encontrar a Renato y a cambio te daré lo que quieres. Valentia. Pero no para hacerle daño. Para que deje de huir.

Al otro lado de la línea, Héctor Montenegro sonrió.

—Bienvenido de nuevo a la familia, hijo.

Dante colgó y cerró los ojos. Había tomado la decisión más difícil de su vida: traicionar a Valentina para poder salvarla. O eso le decía para dormir por las noches.

Cuatro horas después, el avión de Valentina aterrizaba en Lisboa. Ella no sabía que Dante había llamado a su padre. Tampoco sabía que Renato Montenegro ya la esperaba en el aeropuerto, disfrazado de conductor de Uber.

La venganza, pensó ella mientras bajaba del avión, es un plato que se sirve frío. Pero no sabía que los Montenegro siempre comían caliente.

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monita
🤔🤔🤔🤔🤔 no entendí esta novela 🤔🤔🤔 corta como me gustan perooooo??
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