Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 15
Lelia se le quedó mirando; su espalda era ancha, esos músculos y esos brazos eran algo que llamaba la atención.
No era la primera vez que lo miraba así, pero era agradable ver ese cuerpo perfecto y no pudo evitar quedarse parada solo viéndolo; deseaba tocarlo, sentir su piel.
Dio unos pasos al frente guiada por su deseo; en ese momento lo escucho decir.
—Si quieres tocar, solo hazlo, no me molesta, aunque mejor sería que compartiéramos este baño; yo también deseo poder tocar tu piel, todo tu cuerpo.
Puedes quitarte la ropa y entrar a la tina, déjame verte como Dios te trajo al mundo.-
Lelia se puso roja; aunque él se lo dijera, se sentía como una pervertida, suelta la ropa y sale corriendo.
Estaba sin saber por qué lo había mirado de esa manera, por qué se había quedado parada viéndolo; se sentía acalorada y avergonzada.
Se sentó en la orilla de la cama para esperar que saliera; para su tranquilidad, tardó en salir del baño, pero en el momento que lo mira, se quedó algo sorprendida al verlo.
Estaba solo con esos pantalones que tenían el estilo de los calzoncillos; lo miro de pies a cabeza y no puedo evitar quedarse viendo la entrepierna, curiosa de ese bulto que tenía y que no era nada pequeño.
Era imposible no ver ese bulto que tenía y no era por estar excitado, solo era su hombría.
Ella había escuchado que los hombres y mujeres eran diferentes, pero no sabía cuál era esa diferencia; ni siquiera había mirado a un bebé desnudo.
Estaba curiosa de saber qué era ese bulto en su entrepierna; deseaba ver qué había debajo de ese pantalón, entender qué era la intimidad entre hombres y mujeres.
Lo miraba con curiosidad y Apolo se dio cuenta; su mirada era tan intensa que sentía que lo desnudaba.
Era algo intimidante, pero a la vez le subía el ego porque una mujer tan hermosa como ella lo estaba mirando con deseo, como si fuera lo mejor que ha visto en esta vida y, curiosamente, a diferencia de esa noche donde sintió vergüenza, ya empezaba a acostumbrarse a su mirada.
Se giró y sonó la campana para llamar a uno de los empleados; una vez que llegó, le ordenó que preparara la tina para su esposa.
Lelia sacude su cabeza para salir de ese transe y toma su bata con una de las frazadas para secarse el agua. Espero un poco y, una vez que la tina estuvo lista, entró a bañarse.
Al cerrar la puerta, se empezó a quitar toda la ropa; al estar completamente desnuda, se mete en la tina. El agua estaba caliente, perfecta para ella.
Estaba disfrutando de ese baño; la temperatura era perfecta, mucho mejor que en la casa de sus padres.
Empezó a frotar su cuerpo para limpiarlo, mientras pensaba: «Qué rápido pasa el tiempo; desde que salí del convento no había tenido tiempo de pensar en las monjitas, en lo bien que me la pasaba con ellas.
Desde que llegué a la ciudad no he tenido nada de paz: mi madre, que todos los días me mostraba lo que tenía que hacer para suplantar a mi hermana, y luego está él.
Este hombre que no deja de acosarme, de tratar de humillarme y de hacer cosas tan raras, que solo hacen que me confundan.
Como ese día en el kiosco, realmente nunca esperé que él tuviera esa sensibilidad para consolarme y lo mejor fue que me dio espacio.
Realmente no entiendo nada. Este hombre será bueno o malo y también estoy curiosa de saber, ¿por qué él habla tan mal de mi hermana? Tengo que decir que no lo hace solo porque lo haya abandonado; lo hace como si ella fuera así, con ese comportamiento indecente y cruel, como lo que me dijo hace rato de castigar a los empleados.
Realmente, ¿quién es mi hermana? Creo que hay algo más aquí y quiero saber, necesito saber qué pasaba con Aelia.>
Suspiró profundamente al momento de abrazar sus pies, quedando en una posición fetal, pensando en todo lo que le estaba pasando, en lo que tenía que hacer, pero por más que pensaba en una solución, no encontraba qué hacer.
Se dio un largo baño y no tenía ganas de salir, pero ahí estaba Apolo tocando la puerta, preguntando si estaba bien.
Le pareció que se escuchaba algo preocupado; soltó el aire con fuerza y, sin nada de ganas, sale de la tina al mismo tiempo que le grita.
—Estoy bien, no hagas escándalo, ya salgo. -
Secó su cuerpo y se cambió mientras pensaba.
Una vez que estuvo cambiada, sale del baño, pero nunca se esperó verlo parado enfrente de la puerta; apenas levantó la cabeza al salir del baño y se encontró con ese rostro serio, esa mirada molesta.
Se sorprende al verlo; su instinto la hizo retroceder y rápido dio un paso atrás, pero en el suelo había agua y ella, por su reacción tan repentina, no estaba bien equilibrada, termina resbalando.
Lelia siente cómo su cuerpo se cae; sus manos las empieza a mover de un lado a otro para sujetarse, pero no logró sujetarse de la puerta ni de la pared; lo primero que sostuvo fue el brazo de Apolo.
Mientras se sujetaba de su brazo, se imaginó una escena romántica, donde terminaría en sus brazos, tal vez con algunas bonitas palabras; un beso pensó que sería lo mejor.
Un pensamiento que pasó en segundo y se terminó cuando sintió que su cuerpo ya estaba en el aire y lo peor era que él se le venía encima.
Lo siguiente que sintió fue un fuerte dolor al momento en que su espalda golpeó con el suelo mojado y ese golpe en la cabeza la hizo cerrar los ojos porque el dolor fue mucho más fuerte.
También estaba el peso del cuerpo de Apolo que estaba sobre su cuerpo; esos pensamientos románticos se habían espumado al sentir ese dolor en todo su cuerpo, pero lo más triste de todo fue que ni siquiera obtuvo ese beso que por un momento deseó.
Después de unos segundos siente que el dolor estaba pasando; al abrir sus ojos se encontró con la mirada de Apolo.
Por un momento se quedaron así hasta que siente que presiona su pecho y al mismo tiempo lo escucha decir.
—Las tienes firmes, me gustan. -
Lelia no entendía a qué se refería con esas palabras, pero antes de preguntarle algo, vuelve a sentir cómo su pecho es presionado y eso fue suficiente para saber que nuevamente ese hombre estaba tocando, haciendo algo que no debía, que la hizo quedarse quieta, tratando de concentrarse para saber qué hacer ante su atrevimiento.