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Soberano De Las Cenizas

Soberano De Las Cenizas

Status: Terminada
Genre:Venganza / Demonios / Apocalipsis / Completas
Popularitas:501
Nilai: 5
nombre de autor: Choly Flores

​Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
​Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
​Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
​Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos

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El Despertar del Ejército de Oro

El aire del Sector Medio se saturó de un zumbido metálico, una nota sostenida que hacía vibrar los huesos. Kaelen emergió a la Gran Vía Celestial, un puente de cristal de un kilómetro de largo que conectaba los distritos residenciales con la Torre del Consejo. Pero el camino estaba bloqueado.

​Frente a él, en una formación geométrica perfecta, se alzaba el Ejército de Oro. Cinco mil legionarios con armaduras rúnicas que brillaban con la intensidad de un sol cautivo. No eran simples soldados; eran guerreros cuyos cuerpos habían sido purificados con esencia de Clase A hasta que sus almas se fundieron con el metal.

​—[ADVERTENCIA: Nivel de amenaza colectivo: S] —el sistema parpadeó en un rojo frenético—. [Probabilidad de victoria en combate frontal: 0.04%].

​—Odio esas estadísticas —masculló Kaelen.

​Desde el cielo, naves de transporte rebeldes descendieron, rompiendo la cúpula de cristal del sector. Sora saltó desde una de ellas, aterrizando junto a Kaelen con su rifle de asalto cargado de munición abisal. Detrás de ella, cientos de guerreros de la Vanguardia de Hierro y Hijos del Vacío tomaron posiciones.

​—No dejaré que te lleves toda la gloria, Soberano —dijo Sora, mostrando una sonrisa feroz a pesar del terror que inspiraba la legión dorada.

​—Es una misión suicida, Sora —respondió Kaelen sin apartar la vista del frente.

​—Todo lo que hacemos en el desierto es suicida. Al menos aquí hay buena iluminación.

​El general del Ejército de Oro, un coloso llamado Aurelius, levantó su espada flamígera. Con un movimiento seco, los cinco mil soldados golpearon sus escudos al unísono, creando una onda de choque que derribó los edificios de cristal cercanos.

​—¡POR EL ORDEN! ¡POR AETHELGARD! —rugieron.

​La carga fue devastadora. Un río de oro líquido se lanzó contra la marea de sombras y acero oxidado de los rebeldes. Kaelen no esperó el impacto. Se lanzó al centro de la formación enemiga como un meteoro negro.

​—[Dominio del Soberano: Gravedad Aplastante] —gritó.

​El suelo bajo sus pies se hundió. La gravedad en un radio de treinta metros aumentó drásticamente. Las armaduras doradas, diseñadas para ser ligeras y resistentes, se convirtieron en prisiones. El metal comenzó a doblarse hacia adentro, aplastando los huesos de los legionarios bajo su propio peso.

​Kaelen giró la Segadora de la Deidad. La cadena de hueso se extendió en un arco infinito, decapitando a una docena de soldados de un solo tajo. Pero el Ejército de Oro era inagotable. Por cada diez que caían, veinte más ocupaban su lugar, disparando rayos de luz purificadora que quemaban la piel de Kaelen.

​—¡Elara, ahora! —gritó Kaelen por el enlace.

​—¡Inyectando virus de frecuencia! —respondió la doctora desde la nave de mando.

​De repente, el brillo de las armaduras doradas comenzó a parpadear. La red de energía que conectaba a los soldados fue saboteada. En ese instante de vulnerabilidad, los rebeldes cargaron, usando armas imbuídas de la energía oscura que Kaelen emanaba.

​Fue una carnicería. Sangre roja manchaba el oro pulido. Kaelen avanzaba hacia el General Aurelius, abriendo un camino de cadáveres a su paso. Su cuerpo estaba cubierto de cortes, y el humo negro de su armadura de sombras se volvía cada vez más errático.

​—¡Tú no eres un dios! —gritó Aurelius, chocando su espada contra la hoz de Kaelen—. ¡Solo eres un error en el sistema que será borrado!

​—Si soy un error —dijo Kaelen, atrapando la hoja flamígera con su mano desnuda mientras el fuego le carbonizaba la carne—, ¡entonces soy el que va a formatear este mundo!

​Kaelen tiró del general hacia él y hundió su otra mano en el pecho de la armadura rúnica. No buscaba matarlo rápido. Buscaba la fuente.

​—[EXTRACCIÓN TOTAL] —rugió.

​Una columna de energía dorada y negra estalló hacia el cielo, visible desde toda la ciudad. El General Aurelius se marchitó en segundos, y su poder fluyó hacia Kaelen, quien sintió que su divinidad alcanzaba un nuevo pico de inestabilidad.

​El Ejército de Oro, al perder a su líder y su fuente de energía, comenzó a desmoronarse. Pero en medio de la victoria, un sonido ensordecedor llegó desde los niveles superiores. Un crujido metálico que hizo que todos se detuvieran.

​—Kaelen... —la voz de Sora sonó aterrorizada—. Mira hacia abajo.

​Kaelen se acercó al borde del puente roto. Uno de los grandes sectores residenciales, el Sector Siete, se estaba desprendiendo de la base de la ciudad, cayendo lentamente hacia el Abismo con millones de personas gritando en su interior.

​El Consejo había decidido sacrificar a los pobres para detener el avance de la sombra.

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