La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 08
El Distrito de los Muelles Norte de Solis no se parecía en nada a la elegancia decadente de la Villa de las Sombras. Aquí, el aire era una mezcla densa de salitre, pescado podrido, brea y el sudor de miles de hombres que movían la economía del reino por unas pocas monedas de cobre. Sin embargo, bajo esa capa de miseria, se escondía el verdadero pulso de la ciudad. Quien controlaba los muelles, controlaba el estómago de Solis; y quien controlaba el estómago, terminaba por controlar el corazón del pueblo.
Helios caminaba con paso firme, vestido con una túnica de lana basta sobre su armadura ligera. A su lado, Caius mantenía los sentidos alerta, con la mano siempre cerca del puñal oculto. La información de Mirea los había conducido hasta "La gaviota ciega", una taberna que olía a vino agrio y a conspiración.
—Recuerda, Helios —susurró Caius mientras se acercaban a la puerta desvencijada—, estos hombres no son soldados. No tienen honor, tienen intereses. Si huelen debilidad, te venderán al Canciller antes de que termine la noche. Si huelen demasiada fuerza, huirán por miedo a las represalias de Valerius.
—No busco su amor, Caius —respondió Helios, sus ojos ámbar brillando bajo la capucha—. Busco su codicia. Es la única lealtad en la que se puede confiar plenamente.
Entraron. El bullicio de la taberna murió casi al instante. En una mesa circular al fondo, tres hombres corpulentos, vestidos con pieles costosas y sedas extranjeras manchadas, detuvieron su conversación. Eran los Capitanes de la Flota Libre: Kaelen, un hombre de piel curtida por el sol del sur; Maros, un contrabandista con más cicatrices que dedos; y Thorne, un mercader cuya riqueza dependía de las especias prohibidas.
Helios no esperó a ser invitado. Se acercó a la mesa y arrastró una silla de madera pesada, sentándose frente a ellos.
—Habéis estado hablando del "Impuesto del Sol" —dijo Helios, sin preámbulos. Su voz cortó el aire como un látigo—. Valerius os está quitando el cuarenta por ciento de vuestros fletes para pagar a sus hechiceros y fortificar los muros de un palacio al que nunca entraréis.
Kaelen, el más veterano, entornó los ojos y escupió al suelo.
—¿Y quién eres tú para meterte en los asuntos de la Flota, forastero? ¿Otro mendigo con ínfulas de héroe tras lo que pasó en la plaza?
Helios se echó la capucha hacia atrás. La luz de las antorchas de la taberna pareció intensificarse repentinamente, reflejándose en sus ojos dorados con una intensidad antinatural. Los tres capitanes retrocedieron instintivamente.
—No soy un forastero —dijo Helios con una calma gélida—. Soy el dueño legítimo de cada grano de arena y cada gota de agua de este reino. Soy Helios Voran.
Un silencio sepulcral descendió sobre el lugar. Maros, el contrabandista, soltó una carcajada nerviosa que se cortó en seco cuando Helios puso su mano sobre la mesa. La madera empezó a humear bajo su palma.
—El príncipe muerto —murmuró Thorne, palideciendo—. Valerius dijo que te habías podrido en las arenas del exilio.
—Valerius dice muchas cosas mientras se bebe vuestro oro —replicó Helios—. He venido a proponeros un trato. Mirea me dijo que vuestras rutas hacia el este han sido bloqueadas por las galeras imperiales que el Canciller ha contratado. Perdisteis tres barcos el mes pasado, ¿verdad, Kaelen? Y tú, Maros, tienes a la mitad de tu tripulación en las mazmorras porque no pudiste pagar el "soborno de protección".
Los capitanes se miraron entre sí. La mención de Mirea cambió el tono de la conversación. En Solis, el nombre de la Dama del Huso era sinónimo de información veraz y peligrosa.
—Supongamos que eres quien dices ser —dijo Kaelen, inclinándose hacia delante—. Y supongamos que nos interesa escucharte. ¿Qué podrías ofrecernos tú que no sea una muerte segura por traición? No tienes ejército, muchacho. Solo tienes un nombre que la mitad de la ciudad ha olvidado.
—Tengo algo mejor que un ejército —respondió Helios, y por primera vez, una sonrisa depredadora asomó a sus labios—. Tengo el control del clima político y, pronto, del místico. Si me apoyáis, si vuestros barcos empiezan a traer suministros para mi causa en lugar de lujos para el Consejo, os prometo que el Impuesto del Sol será abolido. Vuestras rutas serán declaradas libres bajo el sello de los Voran.
—Las promesas no llenan las bodegas —gruñó Maros—. Valerius tiene los "Quemadores". Sus hechiceros pueden hundir nuestras naves antes de que salgan del puerto.