Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 20: El sótano de la biblioteca
Julio no supo por qué bajó.
La ambulancia ya se había llevado a Daniel. Lucía estaba sentada en la parte trasera de una patrulla, con una manta térmica sobre los hombros y la mirada perdida. Mario estaba al teléfono con la central, informando, pidiendo más unidades.
Nadie miraba la pequeña puerta de madera al fondo de la biblioteca. Esa que llevaba al sótano.
Pero él sí.
Algo le tiraba desde allí abajo. No era curiosidad profesional. No era el deber. Era otra cosa. Un instinto primario, animal, que le decía que la respuesta a todo —Daniel herido, Lucía desencajada, el cuchillo en el cuello de Mario— estaba ahí, bajo sus pies.
Bajó sin linterna. Sin pistola. Sin decírselo a nadie.
Las escaleras crujieron bajo sus botas. Eran de madera vieja, sin barandilla, tan estrechas que apenas cabía un hombre. A cada paso, el olor se hacía más denso. Humedad. Tierra. Y algo más.
Tabaco.
Cigarro. Malboro.
Julio reconoció el olor al instante. Su padre fumaba Malboro. El olor le había acompañado toda la infancia. Y ahora, en aquel sótano oscuro, ese olor familiar se volvía amenaza.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó, bajando la voz.
Silencio.
Llegó al final de la escalera. El sótano era más grande de lo que esperaba. Un espacio rectangular, de techo bajo, con vigas de madera carcomida. El suelo era de cemento agrietado. En las paredes, estanterías polvorientas con cajas de archivos muertos. En el rincón, una mesa metálica. Y sobre la mesa…
Julio entrecerró los ojos. No veía bien. La única luz venía de una bombilla desnuda que colgaba del techo, cubierta de telarañas, que parpadeaba como si estuviera muriéndose.
Avanzó despacio. Sus pasos resonaban en el silencio. El olor a tabaco se intensificaba.
—Sé que estás aquí —dijo, con más seguridad de la que sentía.
Nada.
Llegó a la mesa. Vacía. Pero las marcas de algo reciente estaban ahí. Un círculo quemado en la madera. Cenizas. Y un olor que no era solo tabaco.
Metal. Sangre vieja. Y algo dulzón, nauseabundo, que no supo identificar.
Se giró.
El sótano estaba vacío. Cajas. Polvo. Telarañas. Bombilla parpadeante. Y él, solo, con el corazón latiéndole en las sienes.
—Debe de haberse ido —murmuró para sí mismo.
Pero entonces, en el borde de su visión, algo se movió.
Detrás de él.
No tuvo tiempo de girarse. No tuvo tiempo de pensar. No tuvo tiempo de gritar.
El golpe seco llegó desde atrás. Directo a la nuca. Un sonido sordo, húmedo, que resonó en el sótano como una fruta al caer.
Julio sintió el dolor antes de perder el conocimiento. Un dolor blanco, cegador, que le recorrió la espina dorsal hasta los dedos de los pies. Las piernas le fallaron. Las rodillas chocaron contra el cemento. La cabeza le pesaba como plomo.
Y antes de que la oscuridad lo devorara por completo, alcanzó a ver unas botas. Negras. Con barro seco. Y una sombra que se inclinaba sobre él.
—Debiste quedarte arriba, policía —dijo una voz grave, apenas un susurro—. Aquí abajo, las reglas las pongo yo.
Un pitido agudo en los oídos. La bombilla parpadeó tres veces.
Y luego, nada.
Julio yació inmóvil en el suelo de cemento. La sangre comenzó a brotar de su nuca, mezclándose con el polvo y las cenizas del cigarro.
La sombra se agachó a su lado. Algo metálico brilló en su mano. Un cuchillo. El mismo que había acariciado el cuello de Mario.
—No te preocupes —susurró la sombra—. No voy a matarte. Aún.
El filo rozó la mejilla de Julio. Solo un roce. Una promesa.
—Todavía no.
La bombilla se apagó del todo. El sótano quedó a oscuras. Solo se oía la respiración de dos hombres: uno consciente y sonriente; otro inconsciente y ensangrentado.
Luego, pasos que subían las escaleras. Crujidos. Y el silencio.
Mario, arriba, seguía al teléfono.
Nadie sabía que Julio había bajado.
Nadie sabía que no volvería a subir por su propio pie.