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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:51.9k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: La mañana después y el diablo que no murió.

Despertaron sin tocarse.

Cada uno en su orilla de la cama, lo más lejos posible del otro sin caerse al piso, como dos países que acaban de firmar un alto al fuego y todavía no confían en que el otro respete la frontera. Vincent abrió los ojos primero y se quedó inmóvil mirando la pared durante un minuto entero antes de atreverse a moverse, porque moverse significaba sentir el cuerpo y sentir el cuerpo significaba recordar lo que ese cuerpo hizo anoche.

Todo le dolía. Los muslos, la cadera, la espalda, lugares que no sabía que podían doler de esa manera. Se miró los brazos y encontró moretones en las muñecas donde Antonov la había agarrado durante el forcejeo inicial, y otro en el hombro donde le había mordido en un momento que ahora, a la luz fría de la mañana, parecía pertenecer a otra persona y a otra vida.

Se levantó despacio, con el cuidado de alguien que camina sobre vidrio roto, y se metió al baño sin mirar hacia el lado de la cama donde Antonov seguía acostado fingiendo dormir con la rigidez de un hombre que está tan despierto como ella pero que tampoco quiere ser el primero en hablar.

En el espejo del baño la esperaba un desastre: el maquillaje corrido le había dejado manchas oscuras bajo los ojos como si hubiera perdido una pelea, el peinado de Sofía era ahora un nido de nudos que iban a necesitar tijeras para resolverse, y los moretones le subían por los brazos como un mapa de la noche anterior que no podía borrar con agua ni con jabón.

Lo disfruté.

El pensamiento le llegó antes de que pudiera frenarlo, directo, honesto, sin la capa de negación que llevaba horas intentando construir.

Sí. Lo disfruté. Fue bueno. Fue más que bueno. Fue lo mejor que este cuerpo ha sentido en la vida que lleva y probablemente en la vida de antes también, porque lo que sentí anoche no se parece a nada de lo que conocía cuando era hombre.

Se lavó la cara con agua fría y se miró con ojos duros.

Pero eso no cambia nada. Los hombres no son confiables. Lo sé mejor que nadie porque fui uno durante treinta y cuatro años. Sé cómo piensan, sé cómo funcionan, sé que lo de anoche para él fue exactamente lo que dijo: un cuerpo reaccionando a una situación. No sentimientos. No conexión. No nada que vaya más allá de la piel.

Tommy Gallagher era mi mejor amigo durante tres años y me metió seis balazos por veinte mil dólares. Si mi mejor amigo me traicionó, ¿qué puedo esperar de un marido que me compró por contrato?

Nada. No espero nada. Y así va a ser.

Se vistió con la ropa que alguien del hotel había dejado doblada en una silla: pantalón oscuro, blusa sencilla, zapatos planos. Los moretones de las muñecas los cubrió con las mangas largas de la blusa. El del hombro quedaba oculto por la tela. Nadie tenía que saber nada.

Cuando salió del baño, Antonov ya estaba vestido, de pie junto a la ventana con el teléfono en la mano y la chaqueta puesta, convertido de nuevo en el hombre de siempre: frío, controlado, impenetrable. La miró un segundo, un solo segundo, y en ese segundo Vincent buscó algo en sus ojos —no sabía qué, no quería saber qué— y no encontró nada. La coraza estaba de vuelta, pulida y reluciente, sin una sola grieta que delatara que anoche ese hombre le había besado el cuello con una ternura que no le correspondía y le había dicho "despacio" con una voz que no sonaba a contrato de negocios.

—El auto te espera abajo para llevarte a la mansión —dijo Antonov, guardándose el teléfono en el bolsillo—. Yo me voy a la empresa.

—Bien.

—Sobre lo de anoche...

—Fue la droga.

—Sí.

—No va a volver a pasar.

—No.

Se miraron durante tres segundos que pesaron como tres años y luego Antonov se fue, cerrando la puerta con un clic suave que sonó más definitivo que un portazo.

Vincent se quedó sola en la suite con las sábanas revueltas, la lámpara rota en la alfombra, el vestido rojo muerto en la entrada y la certeza incómoda de que las mentiras que nos decimos a nosotros mismos son las que peor suenan.

El auto la esperaba en la entrada del hotel: negro, largo, con el chofer de siempre abriéndole la puerta con esa cara neutral de los empleados que no preguntan por qué su jefa sale de un hotel a las diez de la mañana con ropa que no es la de anoche y cara de no haber dormido.

Vincent se subió, se hundió en el asiento trasero y cerró los ojos.

Tengo que pensar. Harold está vivo. Valentina me drogó. Me acosté con mi bisnieto. Los Mendoza quieren dinero. Natasha quiere venganza. Y en algún lugar de esta ciudad hay un viejo con un agujero en la cabeza que me manda notas amenazantes.

Mi vida anterior era más simple. Contrabandear whisky y matar gente era más simple que esto.

El auto salió del estacionamiento del hotel y se incorporó al tráfico de Manhattan con la lentitud habitual de una ciudad que tiene más autos que paciencia. Vincent miraba por la ventanilla sin ver, perdida en un laberinto de pensamientos que no llevaban a ninguna salida, cuando el auto frenó de golpe.

El chofer maldijo entre dientes y tocó la bocina. Un auto gris se había cruzado delante de ellos, frenando en seco en medio de la calle, bloqueándoles el paso. Antes de que Vincent pudiera procesar lo que estaba pasando, las puertas traseras del auto gris se abrieron y dos hombres bajaron caminando hacia ellos con la velocidad y la coordinación de gente que ha hecho esto antes.

Esto no es tráfico. Esto es una emboscada.

El instinto de Vincent reaccionó antes que el cuerpo de Emilia: se tiró hacia el lado contrario del auto buscando la puerta para salir por el otro lado, pero antes de que sus dedos tocaran la manija la puerta de su lado se abrió de golpe y una mano enorme la agarró del brazo con una fuerza que le arrancó un grito.

El primer hombre era grande, con la cara cubierta por una capucha y guantes negros. El segundo era más bajo pero más rápido, y llevaba algo en la mano que Vincent reconoció con la claridad helada de alguien que ha visto armas toda su vida: una pistola.

—No grites y no te pasa nada —dijo el grande, arrastrándola fuera del auto.

Vincent intentó pelear. Le metió un codazo al grande que le dio en las costillas y lo hizo gruñir, pero el otro le puso la pistola en la espalda y la empujó hacia adelante con un golpe seco entre los omóplatos que le cortó el aire.

—Dije que no te muevas, gorda.

Gorda. Hasta los secuestradores me insultan.

Escuchó un golpe detrás de ella: el sonido inconfundible de algo pesado contra un cráneo. Se giró a tiempo para ver al chofer desplomarse contra el volante, inconsciente, con un hilo de sangre bajándole por la sien. El segundo hombre guardó lo que parecía una porra extensible y le hizo un gesto al grande.

—Muévete. Ya.

La metieron en el auto gris a la fuerza, empujándola al asiento trasero como si fuera un bulto. Le pusieron una capucha negra en la cabeza que le apestaba a sudor viejo y a tela sucia, y antes de que pudiera arrancársela sintió las esposas de plástico cerrándose en sus muñecas, sobre los moretones de anoche, y el dolor le subió por los brazos como un recordatorio cruel de que este cuerpo ya había tenido suficiente castigo para una mañana.

El auto arrancó con un acelerón que la pegó contra el asiento y las puertas se cerraron con un sonido que Vincent conocía de memoria: el sonido de una trampa cerrándose.

Piensa. No entres en pánico. Piensa como pensabas en los muelles cuando algo salía mal. ¿Cuántos son? Dos, al menos. ¿Armados? Sí, al menos uno. ¿A dónde van? No lo sé. ¿Quién los manda?

Pero la última pregunta ya tenía respuesta y Vincent lo sabía en los huesos, lo supo desde el momento en que el auto gris se cruzó en la calle, porque solo había una persona en el mundo que tendría razones para secuestrar a Emilia Mendoza de Antonov a plena luz del día en una calle de Manhattan.

El auto viajó durante lo que pareció una eternidad. Vincent contó los minutos dentro de la capucha, intentando seguir las curvas y los giros para calcular la dirección, pero las vueltas eran demasiadas y el ruido del tráfico fue reemplazado gradualmente por silencio, lo que significaba que estaban saliendo de la ciudad. Una hora. Hora y media. Tal vez más, era difícil saberlo con la capucha y el corazón latiéndole como un tambor de guerra.

El auto se detuvo. La sacaron a tirones, la hicieron caminar sobre grava, luego sobre cemento, luego sobre algo que sonaba a madera vieja. Una puerta que se abría. Interior. Frío. La sentaron en una silla que crujió bajo su peso y le amarraron los tobillos a las patas con cinta.

Y luego le quitaron la capucha.

La luz le golpeó los ojos como un puñetazo y tardó unos segundos en enfocar, parpadeando, mientras la habitación se materializaba a su alrededor: paredes de concreto sin pintar, una mesa de metal, una silla frente a ella, una bombilla desnuda colgando del techo como el ojo de un cíclope aburrido.

Y sentado en la silla de enfrente, con las piernas cruzadas y un bastón entre las manos y una sonrisa que era la cosa más obscena que Vincent había visto en dos vidas, estaba Harold Whitmore.

No estaba muerto. Obviamente no estaba muerto, eso ya lo sabía por la nota, pero verlo en persona era otra cosa. Estaba más viejo de lo que recordaba, más flaco, con una cicatriz rosada y gruesa que le cruzaba la sien izquierda como un río seco —el recuerdo de la lámpara de bronce que debería haberlo matado y que aparentemente solo lo había cabreado— y unos ojos que brillaban con la lucidez turbia de un hombre que ha pasado semanas planeando este momento y que está disfrutando cada segundo.

—Cariño —dijo Harold, y la palabra le salió como baba—. Me extrañaste.

Vincent lo miró desde la silla, atada de manos y pies, con moretones sobre moretones, el pelo revuelto, la ropa arrugada, y una expresión que no era de miedo sino de una furia tan fría y tan concentrada que Harold debería haberla reconocido como lo que era: la misma expresión que tenía el hombre que le partió la cabeza con una lámpara hace semanas.

Pero Harold no la reconoció porque Harold no veía a Vincent Moretti. Veía a una gorda asustada atada a una silla, y eso era exactamente lo que quería ver.

Error número uno, viejo. Y va a ser el último.

La llamada entró al teléfono de Vicente Antonov a las diez cuarenta y siete de la mañana.

Estaba en su oficina del piso cuarenta y dos, detrás del escritorio, revisando los números del trimestre con la concentración de un hombre que usa el trabajo para no pensar en lo que no quiere pensar, cuando el teléfono vibró y la pantalla mostró el número de su jefe de seguridad.

—Señor Antonov, tenemos un problema.

Las palabras que siguieron le llegaron como balas: secuestro, auto interceptado, dos hombres armados, conductor inconsciente, hospital, su esposa desaparecida, ningún rastro, ningún testigo útil, cámaras de tráfico revisándose, diez cuarenta y dos de la mañana de un martes en plena Manhattan y su esposa se había evaporado como si nunca hubiera existido.

Antonov no gritó. No tiró el teléfono. No hizo ninguna de las cosas que un hombre desesperado haría, porque Vicente Antonov no se desesperaba, no era de los que perdían el control, no era de los que dejaban que las emociones dictaran sus acciones.

Pero la mano que sostenía el teléfono le tembló.

Fue un temblor mínimo, de medio segundo, que nadie habría notado excepto él mismo, y que le dijo algo que llevaba semanas negando con la misma terquedad con la que su esposa negaba que lo de anoche había significado algo.

Me importa.

Maldita sea, me importa.

Se levantó del escritorio con la velocidad de un hombre que acaba de pasar de empresario a depredador.

—Quiero a todo el equipo de seguridad en la sala de operaciones en cinco minutos. Quiero las cámaras de tráfico de toda la ruta desde el hotel hasta la mansión. Quiero que rastreen el teléfono de Emilia, el GPS del auto, las llamadas de los últimos tres días de todo el que tenga acceso a su itinerario. Quiero saber quién sabía que mi esposa iba en ese auto a esa hora por esa calle.

—Señor, la policía...

—La policía no. Esto lo resolvemos nosotros. Y lo resolvemos hoy.

Colgó. Se quedó de pie detrás del escritorio mirando la ciudad a través del ventanal con la mandíbula apretada y los ojos de un hombre que está haciendo una lista mental de todas las personas que van a pagar por lo que acaba de pasar.

Y debajo de la rabia, debajo del cálculo, debajo de la coraza que se puso esta mañana como se pone un traje y que juró no quitarse nunca más, estaba la imagen de Emilia mirándolo anoche con esos ojos enormes que la droga había convertido en algo salvaje y que, en algún momento, entre el forcejeo y la rendición, se habían suavizado hasta convertirse en algo que no era lujuria ni droga sino algo más viejo y más frágil que ninguno de los dos supo nombrar.

Encuéntrala. Encuéntrala antes de que sea tarde.

El reloj de la pared marcaba las diez cuarenta y nueve. Habían pasado siete minutos desde el secuestro.

La cuenta atrás había comenzado.

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
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