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Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

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CADENAS

...Reino de Zayon....

El duque Sorak entró al salón del trono.

Amaia, Leyanna y Enzo Valmar ya estaban ahí, los guardias del duque los rodeaban mientras algunos pocos guardias reales intentaban resistir.

Sorak caminó hacia el trono.

Amaia no entendía por qué su padre quería reclamarlo.

Todos sabian que solo respondía a la sangre real, pero ella jamás se atrevería a cuestionarlo.

Leyanna no entendía nada, solo trataba de comprender lo qie escuchaba.

—El elixir —pidió Sorak.

Un sirviente se acercó con un cofre pequeño que tenía cerradura.

Sorak lo abrió y sacó un frasquito transparente, lleno con un líquido oscuro.

Lo tomó, los ojos le brillan.

—Por fin… podré tomar mi trono. — Afimó mientras as contemplaba el frasco.

Abrió el frasco y todos lo miraban sin comprender.Habia perdido totalmente la cordura.

Sorak lo observó un segundo.

Luego se lo bebió de un trago.

Sintió el líquido deslizarse y quemar un poco su garganta.

El efecto fue inmediato: una sombra oscura recorrió sus venas, haciéndolas marcarse en un negro bajo la piel, para después volver a su color normal.

Tembló un poco por el efecto del elixir, pero despues pudo continuar.

Las hijas de Enzo dieron un paso atrás.

Cuando el efecto terminó, Sorak levantó la mano y llamó al sumo sacerdote.

—Tu.. — Lo señaló — Lleva a cabo la ceremonia de coronación.

—Tú no eres de la familia real —se atrevió a decir el obispo.

—Morirás ahora mismo si no lo haces —lo sentenció Sorak sin levantar la voz con una sonrisa espeluznante.

—Si me matas, nadie podrá coronarte como rey —replicó el sacerdote, temblando.

Sorak sonrió de lado.

—No me provoques, aún no sabes de lo que soy capaz. Inocentes morirán si no lo haces.

Chasqueó los dedos y uno de sus guardias arrastró a una joven.

El sacerdote la reconoció enseguida.

Una mujer consagrada. Pero tambien familiar suyo, su sobrina quien era como su hija.

Su rostro se llenó de horror.

—Si no haces la ceremonia, ella pasara a conocer a tu Dios.—dijo Sorak.

La chica lloraba mientras un par de guardias la sostenían.

El obispo cerró los ojos, duda entre sus deber, y su amor por un ser querido, pero al final termina siendo un hombre y comete errores.

—De acuerdo… lo haré. — Decidió finalmente. — Pero suéltala. Exigió

—Cuando termines —prometió Sorak.

El obispo colocó sobre el suelo un manto rojo extendido, justo frente al trono.

Luego sacó un pequeño cuenco de plata y lo llenó con agua de las fuentes internas del castillo. Agua sagrada.

Comenzó con la oración y mientras as tanto sus manos temblaban preguntándose si hacia lo correcto.

—Arrodíllate… majestad —dijo con voz quebrada.

Sorak se arrodilló sin dejar de mirarlo.La mirada fija en el.

El obispo tomó el agua tomo un poco con los dedos e hizo un símbolos con el agua en sus frente, terminando en una línea recta que bajó hasta la punta de su nariz.

—El agua reconoce a quien gobernará estas tierras —murmuró el sacerdote.

Luego levantó la corona real.

Era pesada, hecha de oro y cristal azul.

—Yo, sumo sacerdote de Zayon, nombro a Sorak Halverok… rey de estas tierras. Que los Dioses nos oigan.

Colocó la corona sobre su cabeza.

El salón entero guardó silencio.

¿Seria posible que el hombre pudiera encender el trono?

Sorak se puso de pie y avanzó hacia el trono.

Sorak se tomó un momento pero finalmente se sentó.

Al principio, nada pasó. Pero de pronto…

El trono brilló. Un azul intenso, un azul fosforescente, tan brillante.

Nadie podía creerlo , Sorak sonrió.

El trono lo había reconocido. Había funcionado.

La magia recorrió su cuerpo. Sus ojos negros se volvieron azules, y los de Amaia tambien. Pero no los de leyanna, sus ojos permanecieron aún blancos.

Amaia apretó la mano de Leyanna.

Una chispa cálida recorrió su cuerpo también, no sabía por qué, pero la sintió.

Leyanna no sintió magia, pero sí notó a su hermana tensarse.

—Amaia… ¿qué pasa?

—No lo sé… es extraño —susurró ella, sin entender.

Enzo estaba estupefacto, no creyó que Sorak a pesar de todo, pudiera realmente encender el trono.

Sorak abrió los ojos por completo.

Tenía la mirada encendida.

Era el rey de Zayon.

Miró al obispo con desprecio y dio una orden apenas levantando la mano.

— Liberen a la mujer.

El guardia obedeció la orden sin dudar, pero Sorak le hizo una señal nueva.

El guardia camino hacia el obispo.

Blandió su espada y, de un solo golpe, la hoja cayó sobre el cuello del obispo, separando su cabeza del resto del cuerpo.

La mujer a quien acababan de liberarla gritó con horror.

Enzo cerró los ojos con pesar.

Amaia apartó la mirada rápidamente, y Leyanna ignoraba lo que sucedía ante sus ojos.

—Quien vuelva a atreverse a retarme… tendrá el mismo destino —advirtió Sorak, con la voz llena de rabia.

Enzo tragó saliva.

Sorak entonces giró para ver a sus hijas.

La expresión le cambió por completo a repugnancia y odio.

Como si verlas le enfermara.

—Lleven a ese… maldito ser fuera de mi vista, —ordenó señalando a Leyanna—. No quiero que vuelva a sentir la luz del sol jamás. Llévenla a los calabozos. Pero no permitan que muera. La quiero viva… viva para una vida llena de miseria.

—¿Qué…? —susurró Amaia, sin entender.

Pero en cuanto vio a qué dirección Sorak señalaba, su corazón se heló.

—¡No, padre! ¡Por favor, no hagas esto! ¡Ella es tu hija! ¡No puedes enviarla al calabozo!

Los guardias tomaron a Leyanna de los brazos.

—¿Padre? —la voz de Leyanna tembló, confundida—. ¿Qué mal he hecho? Yo… yo prometo portarme bien, padre. Pero por favor… no me lleves allí…

—¡No! ¡Suéltenla! —rogó Amaia, lanzándose hacia ellos. —¡Padre, por favor! ¡No le hagas esto! —sollozaba desesperada.

Pero más guardias intervinieron.

La sujetaron por los hombros y la apartaron mientras ella luchaba por alcanzarla.

Leyanna, sin saber hacia dónde la llevaban, solo escuchaba los sollozos de su hermana alejándose.

Cuando llegaron a los calabozos, la arrojaron sin el más mínimo cuidado.

Leyanna cayó de rodillas en el suelo húmedo raspandose las rodillas.

El olor a encierro, a moho, la envolvió de inmediato. Estaba helado. Sintió cómo le cerraban cadenas en los tobillos. Grilletes en las muñecas.

Escucho una reja cerrarse.

—No… no me dejen aquí. Por favor —lloró Leyanna, temblando.

Uno de los guardias se detuvo un segundo, compadecido.

—Lo sentimos, princesa… —murmuró—. Pero no podemos rebelarnos contra su padre.

Y Leyanna quedó sola y encadenada

...****************...

...Reino de Norvak....

En Lyria, la ciudad fronteriza con el reino de Zayon.

Erian y su hermano estaban encadenados dentro de la carreta.

Erian y Kael, supieron que su magia se había ido. Sus ojos se habían tornado a su color original y eso solo podía significar que el trono había dejado de considérles, su favor.

Lo extraño es que los chicos no sentían lo desolación que esta siempre dejaba cuando un cuerpo y más uno que lo tiene desde que nació, ya no la portaba.

Erian y Kael trataban de moverse por l carreta.

Sus ropas finas se habían vuelto arapientas, estaban hambrientos y sucios.

El olor a cloaca flotaba en el aire.

Los rufianes no les permitían bajar y rara vez les daban agua o comida. Apenas un pedazo de pan viejo o un sorbo de algo que sabía peor que la misma tierra.

Ya no estaban solos.

En la misma carreta había otras personas encadenadas, algunas tan débiles que ni siquiera podían levantar la cabeza. En otra carreta más atrás iba otro grupo, igual de agotado y asustado.

Habían pasado trece soles y doce lunas desde que los capturaron.

Cada día que amanecía, había más personas encadenadas. Tan apretados que se sofocaba de tal manera que costaba respirar.

Erian estaba dormido junto a su hermano Kael, encogido por falta de espacio. Olía a humedad, a sudor y a cloaca. Las cadenas no dejaban mover mucho las piernas y hacía horas que no les daban agua.

Entonces un grito horrible lo despertó de golpe.

Era una mujer.

Toda la carreta se estremeció. Los demás esclavos se miraron entre ellos con miedo. Algunas mujeres empezaron a llorar y otros hombres sólo bajaron la cabeza, como si eso pudiera bloquear lo que todos sabían que estaba pasando afuera.

A Erian le ardieron los ojos.

Le temblaba la mandíbula de tanto apretarla.

Odiaba esa sensación de no poder hacer nada. Siempre era lo mismo: los bárbaros tomaban a quien querían, y los demás sólo podían escuchar.

A veces todo terminaba rápido… y eso era lo único “bueno” que podía pasar. Después de que les quitaran la dignidad, las mujeres sólo podían rezar para no quedar preñadas de un monstruo.

Cuando la subieron de regreso a la carreta, todos se hicieron a un lado.

La dejaron caer como si fuera un objeto.

Erian la miró sin poder evitarlo.

La mujer tenía la mirada perdida, como si ya no estuviera ahí. Aun así, algo en su forma de respirar y en su expresión decía que estaba tratando de aguantar, de seguir viva aunque fuera por inercia.

Era bonita, aunque estaba llena de tierra y golpes.

Seguramente tenía el doble de edad que él, pero aun así se veía frágil… o tal vez era la situación.

A pesar de lo que pasó, todavía tenía algo en los ojos. Algo que Erian no sabía describir, pero que lo conmovió y lo llenó de rabia al mismo tiempo.

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