Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 17: La Arquitectura del Desprecio.
El trayecto de regreso al hotel fue un funeral en movimiento. El interior del sedán de lujo olía a una mezcla tóxica de mi perfume caro y el aroma persistente de Adrián que se había quedado impregnado en su chaqueta, esa prenda que ahora reposaba sobre mis rodillas como un trofeo de guerra que yo no quería ganar.
París pasaba por la ventanilla como una mancha borrosa de luces doradas, pero yo ya no veía la ciudad. Solo veía el sudor en su espalda, el movimiento rítmico de sus hombros y aquella mirada fija en mí, despojándome de mi dignidad mientras poseía a otras.
Al llegar a la suite, el silencio me recibió como una bofetada. Las mucamas habían pasado durante nuestra cena; las cortinas estaban echadas y la iluminación era tenue, perfecta para un romance que ya no existía.
Me arranqué el vestido rojo con manos temblorosas, escuchando el sutil desgarro de la seda como si fuera mi propia piel.
Me metí en la ducha y abrí el grifo del agua fría, dejando que el impacto me hiciera tiritar. Necesitaba lavar el olor, la imagen, la sensación de ser un mueble en aquella habitación roja.
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A las tres de la mañana, la puerta principal de la suite se abrió.
Escuché sus pasos pesados y seguros sobre el parqué. Me quedé inmóvil en la cama, con las sábanas subidas hasta la barbilla, fingiendo un sueño que estaba a kilómetros de distancia. La puerta de mi habitación se abrió con una lentitud deliberada.
No encendió la luz... Adrián entró y se sentó en el borde de mi cama y el colchón cedió bajo su peso imponente. Pude oler el aire frío de la noche y un rastro de tabaco.
—Sé que estás despierta, Laura —dijo. Su voz era un murmullo profundo que cortó la oscuridad—. No intentes esconderte tras el silencio. Es una herramienta que solo yo sé usar con eficacia.
Me incorporé lentamente, apoyando la espalda en el cabezal de la cama. En la penumbra, su silueta era la de un gigante, una sombra que lo devoraba todo.
—¿No ha tenido suficiente por hoy, señor Valdez? —mi voz sonó más rota de lo que pretendía—. Ya me ha demostrado lo que quería. Ya me ha roto. ¿Qué más busca en esta habitación?
Él se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Extendió la mano y, con una delicadeza que me resultó insultante después de lo que había presenciado, apartó un mechón de pelo húmedo de mi frente.
—No te he roto, Laura. Te he purificado —susurró—. Te he quitado esa idea absurda de que esto es un cuento de hadas. Te he enseñado la diferencia entre la necesidad carnal y la importancia que tienes para mí. Aquellas mujeres de hoy... eran ruido. Tú eres el silencio en el que quiero vivir.
—¿Y por eso me obligó a mirar? ¿Por eso me trató como si fuera nada?
—Te obligué a mirar para que entendieras que mi cuerpo es una herramienta, pero mi mente es solo tuya. Quiero que cuando te toque "porque te voy a tocar," va a ser el fin de todo lo que conoces... No busques amor, quiero que busques la misma rendición que sentiste hoy mientras llorabas en ese club.
Se levantó con una agilidad que contrastaba con su tamaño. Se quitó la camisa, dejándola caer al suelo, y por un momento me quedé hipnotizada por la visión de su torso desnudo bajo la luz de luna que se filtraba por las cortinas. Era una obra de arte brutalista.
—Mañana salimos hacia Lyon a primera hora. Tenemos la firma final —dijo, dándome la espalda—. Ponte el traje gris más severo que tengas. Quiero que parezcas la asistente más eficiente del mundo. Quiero que nadie sospeche que hace unas horas estabas en un antro de Le Marais viendo cómo tu jefe se perdía en otras pieles.
Se detuvo en el umbral de la puerta y me miró por encima del hombro.
—Y Laura... guarda el vestido rojo. No volverás a usarlo. Ese color ya cumplió su función: te hizo sangrar por dentro.
La puerta se cerró. Me quedé sola, temblando bajo las sábanas, con el corazón latiendo con una fuerza que me asustaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, y sin embargo, mientras escuchaba sus pasos alejarse hacia su propio cuarto, sentí una soledad devastadora. Él me había enseñado el infierno y luego me había dejado allí, esperando a que fuera él quien me rescatara.
Adrián Valdez no estaba escribiendo en una hoja en blanco. Estaba tallando su nombre en mi memoria con un cincel ardiendo, y yo, por más que intentara negarlo, estaba empezando a amar el dolor de la marca.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará