Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 18: Trono
Nocturne – Piso -7. 20:00.
No hubo ascensor. Esta vez la puerta se abrió sola al fondo del club del piso -7, detrás de la barra de obsidiana. Escalera de caracol, piedra negra, luz de velas que no daban calor.
Belial no estaba en el trono. Estaba en una sala redonda más abajo, sin ventanas, con una mesa larga de madera oscura y tres sillas. En la mesa: dos copas, una botella sin etiqueta y un contrato nuevo. Papel real. Tinta plateada.
No había guardias. No hacía falta.
Lía entró primero. Damián un paso atrás. No para protegerla. Para que Belial viera que llegaban juntos.
Belial los miró y sirvió vino solo en una copa. La empujó hacia el centro.
—Siéntense.
Se sentaron uno al lado del otro. No enfrentados. Del mismo lado.
—Directo —dijo Belial—. Me aburre el teatro. —Empujó el contrato hacia Lía—. Renunciás a tu nombre humano, a tu familia, a volver arriba más de una noche al año. A cambio, él se queda con el trono cuando yo me retire y vos con él para siempre. Sin enfermedad, sin vejez. Sin elección después.
Lía no lo tocó.
—¿Y si digo que no?
—Entonces él se queda con el trono igual, pero sin vos. Te borro. Como si no hubieras firmado nunca. Tu hermano vive igual, el trasplante sale. Vos volvés a tu vida sin recuerdo de ninguno de nosotros.
Damián tenía las manos sobre la mesa. Quietas. La marca en la espalda latía bajo la camisa, Lía la sentía en su propio anillo como un segundo pulso.
—Leíste la carta —dijo Belial, mirando a Damián—. Moreau. Qué tierno. Pensé que habías enterrado ese nombre con la universidad.
—No lo enterré —contestó Damián—. Lo guardé.
—Para dárselo a ella. —Belial sonrió sin ganas—. Elena también creyó que eras otra cosa.
Lía apoyó la mano sobre la de Damián. No para pedirle nada. Para que supiera que estaba.
—Yo no soy Elena —dijo.
—No. —Belial bebió—. Ella firmó por amor la primera vez. Vos firmaste por desesperación. Él firmó por orgullo. Los tres perdieron.
—Todavía no —dijo Damián.
Belial dejó la copa.
—Entonces decí que sí. Te doy el trono ahora. No en cien años. No cuando yo me canse. Ahora. Con ella al lado. Para siempre. —Miró a Lía—. Solo tenés que escribir tu nombre y dejar de ser Lía Vargas. Ser Lía Blackwell, sin apellido de antes, sin calle de antes, sin hermano que te llame los domingos.
El anillo de Lía se puso helado. No por miedo. Por cálculo.
Porque una parte de ella, la que llevaba meses sobreviviendo, pensó: es una salida. No más alquiler. No más mirar el teléfono por si llaman del hospital. No más decidir entre comer o pagar la luz.
Damián no la miró. Miraba el contrato. Y por un segundo, Lía vio lo que Malphas había dicho en la galería: al chico que firmó por trabajo y se quedó con el anillo de una muerta.
Después Damián levantó la vista. No a ella. A Belial.
—No.
Belial no se sorprendió. Pero dejó de sonreír.
—Repetilo.
—No. —Más firme—. No quiero el trono si viene con ella encerrada.
—Sin ella te lo doy igual.
—No lo quiero.
Silencio.
Lía sintió la marca en la espalda de Damián apagarse un segundo y volver a encenderse, no roja. Plateada. Igual que la línea nueva en su dedo.
Belial se recostó en la silla.
—¿Desde cuándo me decís que no?
—Desde que ella me dijo mi nombre y no sonó a título —contestó Damián.
Belial miró a Lía como si la viera por primera vez.
—¿Y vos?
Lía no dudó.
—No firmo.
Belial no se enojó. Se quedó mirando el contrato, después lo agarró y lo rompió a la mitad con las manos. La tinta plateada chilló al partirse.
—Bien. —Tiró los pedazos a la mesa—. Entonces se quedan como están: atados entre ustedes, sin trono, sin protección mía y sin mi permiso para respirar si me molesta el ruido. —Se levantó—. Y cuando Malphas venga a cobrar lo que le deben por andar matando sus cascarones, no me llamen.
Damián también se levantó. Esta vez no se arrodilló.
—Nunca te llamé.
Belial sonrió, ahora sí con dientes.
—Por eso me caías mejor cuando eras Moreau.
Salieron.
Ascensor – subida.
Lía tenía la mano temblando. No por Belial. Por lo que casi dice sí medio segundo.
Damián se dio cuenta y le agarró la mano sin preguntar.
—Lo pensaste —dijo. No acusación.
—Sí. —Lo miró—. Medio segundo pensé que si firmaba, mi hermano no volvía a hacer fila nunca. Y vos no tenías que elegir entre el trono y… yo.
—Y elegiste no.
—Elegí no. —Apretó los dedos—. Pero lo pensé.
Damián le llevó la mano a la boca y le besó los nudillos, donde la línea plateada nueva brillaba.
—Gracias por decirlo.
Penthouse – 22:40.
Lilith los esperaba con una botella de tequila y tres vasos.
—Sobrevivieron. Qué decepción. —Sirvió—. ¿Qué les ofreció?
—Todo —dijo Lía.
—Y dijeron que no —completó Damián.
Lilith levantó el vaso.
—Por los idiotas que eligen morirse juntos en vez de reinar separados. —Bebió de un trago—. Ahora viene lo feo: Malphas va a venir a cobrar y Belial no lo va a frenar.
—Que venga —dijo Damián.
Lía no dijo nada. Se levantó, fue hasta la ventana y miró la ciudad. La marca en la espalda de Damián, bajo la camisa, latía suave. Como si la sintiera aunque no la viera.
Damián se paró detrás, no la tocó.
—Moreau —dijo Lía sin girarse.
—¿Qué?
—Así te llamás.
—Ya no.
—Sí. —Se giró—. Damián Moreau me firmó el primer contrato en 1999. Azazel me salvó el hermano. Damián me eligió hoy. Me quedo con los tres si me los das.
Él se quedó quieto un segundo. Después la besó. No cuidado como las otras veces. No desesperado. Firme. Como quien cierra un trato que sí quiere cumplir.
Cuando se separaron, Lía apoyó la frente en su pecho.
—¿Y ahora?
—Ahora dormimos —dijo él—. Mañana vemos quién viene a cobrar.
3:12 am.
Lía se despertó porque el anillo ardía. No rojo. Blanco.
Damián ya estaba sentado en la cama, la marca de la espalda encendida, mirando la puerta del cuarto.
No había nadie.
Pero en el piso, empujado por debajo de la puerta, había un sobre blanco. Sin lacre. Con letra de Elena.
“Para Lía. Cuando elijas.”
Lía lo levantó con manos que no temblaban.
Dentro, una sola foto: Elena joven, no embarazada, en una biblioteca, riendo. Al lado, un chico de traje barato, pelo más largo, sin cuernos, sin sombra. Damián. Humano. Con el brazo por encima de los hombros de ella. Los dos mirando a cámara.
Detrás, con birome:
“1998. Antes del primer sí. Él me dijo que no firmara. Yo firmé igual. – E.”
Lía le mostró la foto a Damián.
Él la miró largo. Después cerró los ojos un segundo.
—Me pidió que no la dejara hacerlo —dijo—. Le dije que no podía prometerlo. Ella firmó igual.
—¿La querías?
—No como te quiero a vos. —Abrió los ojos—. La quise como se quiere lo que no se puede tocar.
Lía dejó la foto sobre la mesita, junto a la máscara de porcelana. No la rompió. No la escondió.
—Gracias por no mentir.
Damián se acostó y tiró de ella para que se acostara también, la cabeza en su pecho, la mano de él en su espalda, justo sobre la cicatriz que no era suya.
No hablaron más.
El sello no se encendió. No hacía falta.