"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 20: El Nudo de la Traición
Este capítulo destapa las cloacas de la traición. El plan maestro de Elena sale a la luz en la oscuridad de sus encuentros con Juan, mientras Andrés se ve acorralado por una responsabilidad que lo asfixia, ignorando que el verdugo duerme en su propia cama.
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San Judas despertó con dos noticias que corrieron como pólvora: la partida de Gaby, que dejó a Santiago vagando como un alma en pena por la plaza, y el rumor de que algo grande estaba ocurriendo en la mansión Urrieta.
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La Confesión de la Víbora
Lejos de los ojos de los guardias, en un rincón olvidado de la bodega de Juan Aguilar, Elena se entregaba a un triunfo amargo. Entre los brazos de Juan, Elena soltó una risa que helaba la sangre. Ya no tenía que fingir más frente a su aliado.
— Fue perfecto, Juan —susurró Elena, mientras se ajustaba el vestido—. Todo salió tal cual lo planeé aquella noche en que le disparaste a Andrés.
Juan la miró con una ceja levantada, disfrutando del cinismo de la mujer.
— Así que finalmente admites que el plan siempre fue ese.
— Por supuesto —respondió ella con desprecio—. Yo sabía que Andrés le daría el dinero a Bianca. Y sabía que, si él estaba herido de muerte, Bianca elegiría a su hermana. Ella es predecible en su bondad. Solo tuve que esperar a que ella se fuera para aparecer yo como la santa, la que limpió su sangre, la que nunca lo abandonó. El intento de asesinato no era para matarlo, Juan... era para desterrarla a ella.
Elena le reveló a Juan que ella misma había dado las coordenadas y los horarios para que el atentado pareciera real, asegurándose de que Andrés sobreviviera lo suficiente para ver la "ingratitud" de Bianca.
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El Chantaje del Heredero
En la mansión, el ambiente era fúnebre. Andrés estaba sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos. No recordaba nada, pero Elena se encargó de llenar los huecos con una actuación digna de una tragedia.
— No puedes simplemente ignorar lo que pasó, Andrés —dijo Elena, cruzándose de brazos, con una frialdad nueva—. He estado a tu lado años. Fui tu primera mujer y he sido la única leal. Lo que pasó anoche... siento que ha cambiado algo en mí.
— No recuerdo haberte tocado, Elena —gruñó Andrés, con la voz quebrada.
— ¡Claro que no! La fiebre de la recuperación y el alcohol te nublaron, pero yo estaba ahí. Y si llego a estar embarazada, no permitiré que mi hijo sea un bastardo que crezca en las sombras del club.
Andrés la miró con un asco que ella ignoró. Elena dio el paso final.
— O nos casamos y le das a este niño el apellido Urrieta, o me voy de aquí y le cuento a todo el pueblo, y a tus socios, que el gran Don Andrés abusa de sus empleadas y luego las desecha. Tu reputación ya es frágil después del atentado. Un escándalo así te hundiría.
Andrés se sintió acorralado. Por primera vez en su vida, el Dueño no tenía salida. Si ella estaba embarazada, su honor y su legado estaban en juego.
— Está bien —dijo él, con una voz que sonaba a derrota absoluta—. Si hay un niño, nos casaremos. Pero no esperes que comparta mi cama o mi vida contigo. Serás una Urrieta de papel.
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El Anuncio en el Pueblo
Esa tarde, Elena bajó al pueblo con una superioridad renovada. Entró a la Repostería Primavera con una sonrisa que era una declaración de guerra. Bianca estaba atendiendo a unos clientes cuando la Madame se detuvo frente al mostrador.
— Qué lindo lugar tienes aquí, Bianca —dijo Elena en voz alta, para que todos escucharan—. Es una lástima que pronto estarás muy ocupada haciendo pasteles para mi boda.
El local quedó en silencio. Bianca sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
— ¿Boda? ¿De qué hablas?
— Don Andrés y yo nos casamos el próximo mes —anunció Elena, tocándose el vientre de forma deliberada—. Por fin ha decidido darme mi lugar, ahora que vamos a formar una verdadera familia. Parece que después de que lo abandonaste por unas monedas, finalmente se dio cuenta de quién es la mujer que realmente lo ama.
Bianca sintió una punzada en el corazón tan fuerte que tuvo que apoyarse en el mostrador para no caer. Miró a Elena y vio en sus ojos una maldad pura. No le dolía el matrimonio tanto como la idea de que Andrés la hubiera olvidado tan rápido en los brazos de la mujer que siempre la odió.
El Dolor de la Espina
Cuando Elena salió, Bianca se encerró en la cocina. Lucía intentó consolarla, pero Bianca no podía escuchar nada. La imagen de Andrés con Elena, la idea de un hijo entre ellos... era un veneno que corría por sus venas.
Sin embargo, en medio del dolor, una duda empezó a crecer en su mente. Ella conocía a Andrés. Sabía que él no era un hombre de impulsos fáciles. Algo no encajaba. Pero mientras Bianca lloraba en silencio sobre la harina, Santiago caminaba por la carretera hacia el pueblo vecino, buscando a Gaby, y Juan Aguilar preparaba el cargamento que usaría la boda de Andrés como la distracción perfecta para su golpe final.