"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 12: La Noche en Su Territorio
(POV Lola)
La habitación de Damián olía a él.
Era imposible escapar de ese olor. Bosque después de la lluvia, tormenta eléctrica, algo oscuro y peligroso. Estaba en las sábanas, en las almohadas, en el aire mismo. Cada vez que respiraba, lo inhalaba. Cada vez que inhalaba, mi cuerpo respondía.
Llevaba una hora sentada en el borde de su cama, sin atreverme a moverme. Mis cosas habían llegado hacía rato, apiladas en una esquina, pero no había tenido valor para empezar a colocarlas. Esto era su territorio. Su espacio sagrado. Y yo era una intrusa.
La puerta se abrió sin aviso.
Damián entró con el rostro tenso y los ojos más fríos que nunca. Detrás de él, Marcus asomó un momento y luego desapareció.
—¿Encontraste algo? —pregunté.
—No.
La palabra fue un golpe seco. Se acercó al armario, sacó una manta y una almohada, y las lanzó al sofá que había junto al ventanal.
—¿Qué haces?
—Preparar mi cama.
—¿Tu cama? Pero esa es tu cama —señalé la que tenía detrás—. Es enorme. Podemos...
—No.
Su negativa fue tan inmediata, tan tajante, que me quedé sin aire.
—Damián...
—Duermo en el sofá. Tú en la cama. No hay discusión.
Lo miré. Su espalda era una línea recta e inflexible mientras arreglaba la manta. A través del vínculo, solo sentía vacío. Lo había bloqueado otra vez.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja.
—Porque es lo correcto.
—¿Desde cuándo te importa lo correcto?
Se volvió. Sus ojos dorados me atravesaron.
—Desde que tú estás aquí.
El silencio cayó entre nosotros. Largo. Incómodo. Eléctrico.
—Voy a ducharme —dijo al fin, y desapareció en el baño.
Me quedé allí, con su olor envolviéndome, con sus palabras resonando en mi cabeza.
Desde que tú estás aquí.
¿Qué significaba eso?
(POV Lola - Noche)
No pude dormir.
Las sábanas olían a él. Las almohadas olían a él. Cada vez que cerraba los ojos, lo imaginaba a mi lado, su pecho contra mi espalda, su brazo rodeando mi cintura.
Pero no estaba.
Estaba en el sofá, a varios metros de distancia. Podía oír su respiración, lenta y controlada. Podía sentirlo a través del vínculo, aunque él lo bloqueara. Su presencia era un imán que me atraía sin remedio.
—¿Duermes? —susurré en la oscuridad.
Silencio.
—Damián, ¿duermes?
—No.
Su voz sonó grave, cansada.
—Yo tampoco.
Otro silencio.
—¿De qué tienes miedo? —pregunté—. Para no querer dormir en tu propia cama.
Pasaron varios segundos. Pensé que no iba a responder.
—De ti.
La palabra flotó en el aire como una brasa.
—¿De mí?
—De despertarme y tenerte demasiado cerca. De no poder controlarme. De hacer algo que ninguno de los dos quiere.
Mi corazón se aceleró.
—¿Y si yo sí quiero?
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Duérmete, Lola.
Y no volvió a hablar.
Pero yo me quedé despierta, con sus palabras quemándome la piel, preguntándome qué demonios me estaba pasando.
(POV Lola - Mañana)
Desperté con el sol entrando por el ventanal.
La cama olía a él. La almohada donde había apoyado la cara, también. Me incorporé lentamente y busqué el sofá con la mirada.
Estaba vacío.
La manta, doblada. La almohada, colocada. Como si nunca hubiera estado allí.
Un golpe suave en la puerta.
—¿Lola? —la voz de Elara—. ¿Estás despierta?
—Sí, pasa.
Entró con una bandeja de desayuno y los ojos brillantes de curiosidad.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Es solo que... ¿dormiste aquí? ¿En su cama?
—Sí.
—¿Y él?
—En el sofá.
Elara arqueó una ceja.
—¿En el sofá? ¿Con una cama enorme al lado? ¿Ese hombre es de piedra o qué?
—Parece que sí.
Se sentó en la cama y me pasó la bandeja.
—Bueno, al menos desayunas como una reina. Esto es de otro nivel.
Sonreí. Elara siempre conseguía sacarme una sonrisa.
Mientras desayunábamos, ella miraba hacia la puerta de vez en cuando, como esperando algo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada. Es que... hoy temprano, mientras paseaba por el jardín, vi a una sirvienta. Salía de la zona de servicio con una bolsa. No era la hora de sacar la basura.
Me incorporé, interesada.
—¿Y?
—Y cuando me vio, se puso nerviosa. Aceleró el paso. Desapareció por la puerta trasera.
—¿Reconoces quién era?
—Morena, delgada, unos treinta años. ¿La chica que limpia los pasillos?
Lo pensé. Sí, la recordaba. Siempre bajaba la mirada cuando pasaba junto a mí.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—A Damián no. Pero...
—¿Pero?
—Se lo dije a Marcus. Él estaba cerca.
Asentí. Marcus era de confianza. Si había algo raro, él lo investigaría.
—Hiciste bien —dije.
Elara sonrió, aliviada.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora esperamos.
(POV Lola - Tarde)
Damián apareció a la hora de comer.
Su rostro seguía siendo una máscara impasible, pero noté algo diferente en sus ojos. Algo que no supe interpretar.
—¿Cómo fue el interrogatorio? —pregunté mientras comíamos en su habitación (ya no me atrevía a bajar al comedor).
—Duro.
—¿Encontraste algo?
—Nadie confesó. Pero hay una mujer... la de la limpieza... que estuvo más nerviosa que las demás.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿La morena? ¿Delgada, unos treinta años?
Damián me miró con atención.
—¿Cómo lo sabes?
—Elara la vio. Esta mañana, saliendo con una bolsa a una hora extraña.
Damián dejó los cubiertos.
—¿Y no me lo dijiste antes?
—Acabo de saberlo.
Se levantó. Su cuerpo estaba tenso, alerta.
—Marcus —llamó.
Marcus apareció en segundos.
—La sirvienta morena. La de limpieza. Tráela a mi despacho. Ahora.
Marcus asintió y salió.
—¿Crees que fue ella? —pregunté.
Damián me miró.
—Lo voy a descubrir.
Salió de la habitación sin añadir nada más.
Me quedé sola, con la comida a medio terminar, con el vínculo latiendo en mi pecho.
Y con la certeza de que algo estaba a punto de cambiar.
(POV Lola - Noche)
Damián no volvió hasta muy tarde.
Cuando entró en la habitación, su rostro era una máscara de hielo. Pero a través del vínculo, sentí algo que no esperaba: satisfacción.
—¿La encontraste? —pregunté desde la cama.
—Sí.
—¿Y?
—Confesó. Kael le pagó para que pusiera la cámara. También para que dejara la caja en el jardín.
Un escalofrío me recorrió.
—¿Y ella? ¿Dónde está?
—Fuera. Le hemos quitado el acceso a la mansión. Si vuelve a acercarse, lo pagará caro.
—¿Eso es todo? ¿Solo la echaron?
Damián se acercó a la cama. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra.
—No —dijo en voz baja—. Le hicimos pagar antes de irse.
No pregunté cómo.
No quería saberlo.
—Gracias —susurré.
Me miró un largo momento. Largo. Intenso. Como si quisiera decir algo.
Pero no dijo nada.
Se giró y se dirigió al sofá.
—Damián.
Se detuvo.
—¿Qué?
—¿Vas a dormir ahí otra vez?
—Sí.
—¿Por qué?
No respondió. Solo se tumbó en el sofá, de espaldas a mí, y se cubrió con la manta.
Me quedé mirando su silueta en la oscuridad, preguntándome qué demonios había entre nosotros.
Y por primera vez, deseé que mi loba despertara.
Para saber, de una vez, qué escondía ese hombre.