Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 19 – Entre la vida y la sospecha
El silencio de la habitación era opresivo, pesado como una lapida sobre su pecho. Solo el tic-tac del reloj antiguo en la pared rompía la quietud, acompañado por el crujido ocasional de la madera bajo el ataque del viento nocturno. Valeria abrió los ojos lentamente. La cabeza le pesaba y un dolor agudo en la frente la obligó a llevarse la mano a la herida. No era un sueño. El accidente en la cocina había sido real, y su cuerpo adolorido era la prueba más cruel de ello.
Junto a la cama, en un sillón, Adrián permanecía inmóvil. Su postura recta, los codos apoyados en los reposabrazos y los ojos grises clavados en ella lo hacían parecer más un guardián que un esposo. O quizás, pensó Valeria con un estremecimiento, un carcelero.
—No debiste estar en la cocina —murmuró él, su voz grave cargada de reproche.
Ella tragó saliva. Una parte de sí quiso agradecerle por haberla salvado, por estar a su lado, por cargarla en brazos cuando el humo la asfixiaba. Pero algo más fuerte la detuvo: el recuerdo del sobre. Esa amenaza escrita con letras recortadas, dejada sobre la mesa de su despacho después del incendio. No estás a salvo ni en tu propia casa.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Qué pasó realmente, Adrián? —preguntó al fin, su voz temblorosa pero firme—. ¿Fue un accidente… o alguien quería matarme?
Por primera vez, él desvió la mirada hacia la ventana. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para encender una alarma en su pecho.
—No es la primera vez que intentan atacarme —admitió en voz baja—. Pero juro que no permitiré que te toquen.
Aquellas palabras, que deberían haberla reconfortado, se clavaron como veneno. ¿Intentan atacarme? Entonces, ¿ella solo era un daño colateral? ¿Una ficha sacrificable en una guerra que desconocía? ¿O peor aún… estaba pagando por los secretos que él se negaba a confesar?
Las lágrimas le nublaron la vista, aunque se negó a dejarlas caer.
—Si sabes quién está detrás, ¿por qué callas? —susurró con la voz quebrada—. ¿Qué es lo que me escondes?
Adrián se levantó y se inclinó sobre ella. Durante un instante, Valeria creyó ver un destello de vulnerabilidad en sus ojos, una grieta en su coraza. Pero enseguida regresó esa máscara de frialdad impenetrable.
—Hay cosas que es mejor que no sepas.
Las palabras la atravesaron como una puñalada. Le robaron el aire, le arrebataron la certeza de todo lo que había creído seguro. Sí, lo amaba. Pero en ese instante, lo temió. ¿Y si el verdadero peligro no estaba afuera, escondido en la finca, sino dentro de la misma cama que compartía con él?
Un teléfono sonó a lo lejos. Adrián salió de la habitación con paso rápido, dejándola sola con el eco de sus pensamientos. El reloj siguió marcando los segundos, cada uno más pesado que el anterior.
Valeria se abrazó a sí misma, incapaz de contener las lágrimas.
—¿En quién puedo confiar… si ni siquiera en él? —murmuró.
En la mesa de noche, el sobre descansaba como un recordatorio cruel. Sus dedos temblaron al rozarlo. Y mientras la oscuridad cubría la habitación, comprendió lo más aterrador de todo: los enemigos podían estar en las sombras, sí… pero quizá también demasiado cerca de ella.