Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 19: El Precio de la Sangre
El brillo de la pantalla del teléfono iluminó el rostro de Kaito en la penumbra de la habitación. El mensaje era un puñal: "Tenemos al cachorro. Queremos al omega. Tienes una hora".
Kaito sintió una presión gélida en el pecho, pero no era miedo; era la calma absoluta que precede a una masacre. Miró a Haru, que dormía profundamente apoyado en su hombro, con los dedos de su mano izquierda aferrados inconscientemente a la camisa del alfa. Haru finalmente había encontrado un refugio, y ahora el pasado de ambos amenazaba con reducirlo a cenizas.
Con una delicadeza infinita, Kaito deslizó su brazo por debajo de Haru y lo acomodó en las almohadas. Al sentir la falta de calor, Haru soltó un pequeño quejido, pero no despertó.
—No voy a dejar que te toquen —susurró Kaito, depositando un beso casi imperceptible en la frente del omega—. Ni a ti, ni a mi hermano.
Kaito salió de la habitación y cerró la puerta con llave. En el pasillo, su expresión cambió. Ya no era el hombre que alimentaba a Haru con ternura; era el líder del clan Kuroda.
—Hana —dijo por el comunicador, su voz era un gruñido bajo—. Bloquea el ático. Seguridad máxima. Si alguien que no sea yo intenta entrar, dispara a matar. Activa el protocolo de búsqueda para el coche de Yuki.
—Kaito-sama, ya lo estamos rastreando —respondió Hana desde la base—. La señal del GPS de Yuki desapareció cerca de un almacén abandonado en el puerto de Yokohama. Es una zona de los Ichijō. Es una trampa obvia.
—Lo sé —respondió Kaito mientras se ponía una chaqueta de cuero negro y revisaba su arma—. Ren no quiere negociar. Quiere que vaya allí para matarme y llevarse a Haru sobre mi cadáver. No sabe que acaba de firmar su sentencia de muerte.
Mientras tanto, en la penumbra del almacén de Yokohama, Yuki Kuroda estaba atado a una silla metálica. Tenía el labio partido y un ojo hinchado, pero mantenía la barbilla alta. Frente a él, Ren Ichijō caminaba de un lado a otro, jugueteando con un encendedor de plata.
—Tu hermano es un hombre predecible —decía Ren, su voz cargada de una locura contenida—. Cree que puede quedarse con lo que es mío. Haru es mi creación, mi lienzo. No dejaré que un animal como Kaito lo ensucie con su "protección".
—No lo conoces —escupió Yuki, tosiendo un poco de sangre—. Kaito no vendrá a negociar. Vendrá a borrarte del mapa. Estás muerto, Ren. Solo que aún no lo sabes.
Ren se detuvo y le propinó un golpe seco en la boca del estómago a Yuki, haciendo que el chico se doblara de dolor. —Cuando tenga a Haru de vuelta, le romperé la otra mano. Así aprenderá que solo existe para servirme.
En el ático, Haru despertó de golpe. El silencio era demasiado pesado. Se sentó en la cama, sintiendo el vacío al lado de su almohada. El aroma de Kaito seguía allí, pero la energía del lugar había cambiado.
Caminó hacia la puerta, pero estaba bloqueada. El pánico empezó a crecer. —¿Kaito? ¡Kaito! —gritó, golpeando la madera con su mano izquierda.
—Haru-sama, por favor, manténgase alejado de la puerta —la voz de Hana sonó a través de los altavoces internos—. Kaito-sama tuvo una emergencia. Usted está seguro aquí.
Haru se quedó helado. "Emergencia". Su mente voló de inmediato a las amenazas de Ren. Sabía que Ren no se detendría. Sabía que sus padres habían vendido su ubicación.
—Es por mí... —susurró Haru, dejándose caer contra la puerta—. Todo el mundo sale herido por mi culpa.
Pero esta vez, algo fue diferente. En lugar de ovillarse y llorar, Haru recordó las palabras de Kaito: "Tu fuerza es tu refugio". Miró su mano derecha, la vendada. El dolor seguía ahí, pero también una rabia que nunca se había permitido sentir.
Se levantó y fue al salón. Vio el cuaderno de bocetos. Vio la caligrafía de Kaito tachando la palabra "ganó". Haru tomó el cuaderno y, con la mano izquierda, escribió con trazos violentos: "No hoy".
Buscó en los cajones de la cocina hasta que encontró lo que buscaba: un cuchillo de cerámica, pequeño pero afilado. Lo escondió en su ropa. Si alguien venía por él mientras Kaito no estaba, no sería el omega sumiso que Ren recordaba.
Kaito llegó a Yokohama en tiempo récord. No esperó a sus hombres; entró por la puerta principal, disparando con una precisión quirúrgica. Los mercenarios de Ren caían como piezas de dominó. Kaito se movía como una sombra, impulsado por la rabia de ver su familia y su paz amenazadas.
Llegó a la sala central. Ren estaba allí, usando a Yuki como escudo humano, apuntándole a la cabeza con una pistola.
—¡Tira el arma, Kuroda! —gritó Ren, con los ojos desorbitados—. ¡O el chico muere ahora mismo!
Kaito se detuvo. Bajó el arma lentamente, pero sus ojos ámbar nunca dejaron de escudriñar a Ren. —Suéltalo, Ren. Esto es entre tú y yo. Haru ya no te pertenece. Él eligió quedarse conmigo.
—¡Mientes! —chilló Ren—. ¡Tú lo tienes drogado, lo tienes asustado! ¡Él me ama! ¡Él nació para ser mío!
—Él nació para ser libre —replicó Kaito, dando un paso adelante, ignorando el arma que le apuntaba—. Y tú cometiste el error de tocar lo único que me importa.
En ese momento, las luces del almacén estallaron. Los hombres de Kaito, liderados por Hana, habían entrado por el techo. En la confusión, Yuki aprovechó para darle un cabezazo a Ren, liberándose.
Kaito no perdió un segundo. Se lanzó sobre Ren. El enfrentamiento no fue una pelea elegante; fue un intercambio de golpes brutales. Kaito descargó toda la frustración de ver a Haru herido, cada golpe era por la mano rota, por las pesadillas, por el hambre de Haru.
Finalmente, Kaito tenía a Ren en el suelo, con las manos alrededor de su cuello. —Podría matarte aquí mismo —siseó Kaito—. Y nadie encontraría tu cuerpo.
—Hazlo... —jadeó Ren, sonriendo con sangre en los dientes—. Hazlo y confírmale a Haru que eres el mismo monstruo que yo.
Kaito se detuvo. Las palabras de Haru en el ático resonaron: "Eres igual que Ren". Kaito aflojó el agarre. No iba a darle ese gusto. No iba a convertirse en el verdugo que Haru temía.
—No —dijo Kaito, levantándose—. La muerte es demasiado fácil para ti. Vas a vivir, Ren. Pero vas a vivir en una celda donde nadie vuelva a escuchar tu nombre. Voy a desmantelar a los Ichijō pieza por pieza hasta que no quede ni el polvo de tu apellido.
Kaito se giró hacia Yuki. —¿Estás bien?
—Sí, hermano... —dijo Yuki, apoyándose en un poste—. Pero ve a casa. Haru te necesita.
Cuando Kaito regresó al ático, entró esperando encontrar a un Haru aterrorizado. Pero lo que encontró lo dejó sin palabras.
Haru estaba en el centro del salón, con el cuchillo de cocina en la mano izquierda, frente a la puerta bloqueada, con la mirada encendida y los pies firmes. Al ver a Kaito, el cuchillo cayó al suelo y los hombros de Haru se desplomaron.
—Estás vivo —sollozó Haru, corriendo hacia él.
Kaito lo atrapó en el aire, estrechándolo contra su pecho con una desesperación que no podía ocultar. —Estoy aquí, Haru. Yuki está a salvo. Se acabó.
Haru se aferró a él, llorando, pero no era el llanto de una víctima. Era el llanto de alguien que había decidido luchar. —Iba a defenderme, Kaito. No iba a dejar que me llevaran.
Kaito lo apartó un poco para mirarlo a los ojos. Vio la mancha de pintura en sus dedos, vio la determinación en su rostro. —Lo sé, pequeño artista. Lo sé.
Esa noche, el silencio en el ático ya no fue de soledad. Fue el silencio del campo de batalla después de la victoria. Kaito se dio cuenta de que Haru no necesitaba que lo salvaran de todo; necesitaba que le dieran las herramientas para salvarse a sí mismo.
—Mañana —dijo Kaito mientras lo arropaba—, compraremos lienzos nuevos. Y pintaremos sobre todo lo que ese hombre intentó destruir.