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17: el nuevo horario
La luz de la mañana entraba cruel por las rendijas de las persianas. Yougmin se había incorporado en la cama con dificultad, la cabeza latiéndole como un tambor lejano, el cuerpo recordándole cada embestida de la noche anterior con dolores sordos y profundos. Sauching ya estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, abotonándose la camisa con movimientos precisos. El anillo de platino en su dedo izquierdo captaba la luz y la devolvía en destellos fríos.
Yougmin tragó saliva. La boca le sabía a whisky rancio y a arrepentimiento.
Sauching se giró. Lo miró un segundo, evaluando el estado en que lo había dejado: moretones frescos en las caderas, labios hinchados, ojos enrojecidos por el alcohol y las lágrimas.
—Te acostumbrarás —dijo sin preámbulos, voz neutra como si hablara del clima—. Ya no vendré tan seguido. Mi esposa no puede sospechar. Necesito mantener la apariencia.
Yougmin sintió que algo se hundía en su estómago, pero no fue sorpresa. Era la confirmación de lo que ya sabía desde hacía semanas. Asintió despacio. No gritó. No lloró. No reclamó.
—Entendido.
Sauching lo observó unos segundos más, como esperando una reacción que no llegó. Luego asintió una vez, satisfecho con la respuesta sumisa.
—Descansa hoy. No vayas al trabajo si no puedes. Sobre la mesa están los analgésicos. Toma los.
No hubo beso de despedida. No hubo caricia. Solo el sonido de la puerta cerrándose con suavidad.
Yougmin se quedó mirando el espacio vacío donde había estado Sauching. El anillo ya no brillaba en la habitación. Solo quedaba el eco de sus palabras.
En el penthouse principal, Minji esperaba.
Había pasado la noche en vela, alternando entre furia y llanto silencioso. El vestido de novia seguía tirado en el suelo del vestidor como un cadáver blanco. Cuando oyó la llave en la cerradura a las nueve de la mañana, se levantó del sofá donde había estado sentada con los brazos cruzados y los ojos enrojecidos.
Sauching entró sin mirarla. Directo al baño principal.
Minji lo siguió hasta el umbral.
—¿Dónde coño estabas toda la noche? —preguntó, voz temblando de rabia contenida—. ¿Te fuiste después de nuestra boda y ni siquiera te dignaste a volver a dormir aquí?
Sauching no respondió. Se quitó la camisa arrugada de la noche anterior, la dejó caer al suelo y abrió la regadera. El agua empezó a caer con fuerza.
Minji entró al baño detrás de él, ignorando el vapor que ya empezaba a empañar los espejos.
—¡Contéstame! —gritó—. ¡Soy tu esposa! ¡No puedes desaparecer la noche de bodas y volver como si nada! ¿Con quién estabas? ¿Con alguna puta barata? ¿O es que ni siquiera puedes fingir que no me deseas una sola maldita noche?
Sauching se metió bajo el chorro caliente sin mirarla. El agua le corría por el cabello, por la espalda, lavando el sudor y el olor a whisky del apartamento de Yougmin.
Minji siguió hablando, la voz cada vez más alta, más rota.
—Siempre fuiste un hijo de puta frío. Pero pensé que al menos después de casarnos… pensé que cambiarías. Que me verías como algo más que una socia comercial. ¡Pero ni siquiera puedes mirarme sin que se te note el asco en la cara!
Sauching apagó la regadera. Tomó una toalla, se secó sin prisa. Se puso un albornoz negro y salió del baño pasando por su lado sin rozarla.
Minji lo siguió hasta la oficina privada del penthouse.
—¿No vas a decir nada? ¿Nada? ¡Habla, maldita sea!
Sauching abrió el cajón del escritorio, sacó una carpeta delgada con documentos y la metió en su maletín de cuero. No levantó la vista ni una sola vez.
—No tengo tiempo para esto.
Minji soltó una risa amarga, casi histérica.
—¿No tienes tiempo? ¡Eres mi marido! ¡Me debes respeto! Me debes… algo. ¿O es que desde el principio esto era solo un maldito contrato para ti? ¿Que nunca ibas a tocarme? ¿Que nunca ibas a quererme?
Sauching cerró el maletín con un clic seco. Se puso la chaqueta del traje que ya tenía preparada en el perchero. Caminó hacia la puerta.
Minji se plantó frente a él, bloqueándole el paso.
—No te vas a ir así. No después de dejarme plantada en nuestra cama de bodas.
Sauching la miró por fin. Ojos negros, fríos, sin una sola emoción visible.
—Muévete.
Minji temblaba.
—No.
Sauching la rodeó sin tocarla. Abrió la puerta del penthouse y salió.
La puerta se cerró con un clic suave.
Minji se quedó sola en el pasillo inmenso. El silencio era ensordecedor. Se miró en el espejo del pasillo: el maquillaje corrido de la noche anterior, los ojos hinchados, el cabello revuelto. Parecía una versión rota de la diosa que había sido el día anterior.
Gritó. Un grito largo, crudo, que rebotó en las paredes de cristal.
Luego se derrumbó contra la pared, abrazándose el cuerpo como si quisiera contenerse entera.
Sauching no volvió la cabeza.
Bajó en el ascensor privado. Subió al auto. Arrancó hacia la oficina.
El anillo pesaba en su dedo, pero no tanto como el silencio que dejaba atrás en dos lugares distintos: uno con una esposa furiosa que empezaba a derrumbarse, y otro con un amante que había aprendido a asentir sin reclamar.
Y en ambos, el vacío era el mismo.