Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 15 De lobas hambrientas, el "Six-Pack" de la Profecía y el Reality Show
El aire en las Gargantas Silenciosas se había vuelto tan denso que podías cortarlo con un cuchillo de taquero mal afilado. El ambiente entre Briana y Kaia seguía vibrando con una estática que hacía que los pelos de mis brazos se erizaran, y no precisamente por la magia. Íbamos a paso lento, siguiendo el rastro que Caeris marcaba con una eficiencia que daba miedo. El pequeño elfo, rescatado de la mina de los Goblins de Cobre, se movía entre las rocas como si no pesara nada, sus dagas gemelas brillando con el reflejo de las lunas.
—¡Paren las prensas! —gritó Ringo, saltando de mi hombro hacia una roca plana—. Mi estómago está gritando "¡Auxilio!" más fuerte que Alejandro cuando ve una araña. Si no comemos algo ahora, voy a empezar a morderle las orejas al pitufo guía.
—¡Ya te dije que no me digas pitufo, bola de pelos! —gruñó Caeris, deteniéndose y revisando el perímetro con sus ojos verdes—. Pero tienes razón. Aquí hay buena visibilidad y el viento sopla a nuestro favor. Descansamos quince minutos.
Nos sentamos en un círculo improvisado. Saqué de mi mochila lo que quedaba de las provisiones que nos dieron las hadas: una especie de cecina de venado con especias que olía a gloria.
—Toma, Alejandro —dijo Briana, ofreciéndome un trozo de fruta cristalizada con una sonrisa que intentaba ignorar la presencia de la guerrera de negro—. Necesitas recuperar fuerzas. Has estado cargando demasiado peso.
—Yo puedo revisar su equipo si está muy pesado —intervino Kaia de inmediato, acomodándose el cabello negro, que ahora le caía por los hombros en una melena mucho más larga y salvaje que al inicio de nuestro viaje. Sus ojos ámbar se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo tragar saliva—. Un guerrero no debe sobreesfuerzos antes de la batalla.
—Él no es solo un guerrero, Kaia. Es alguien que necesita cuidados, no solo correcciones de postura —respondió Briana, su voz violeta cargada de un veneno sutil mientras me pasaba el agua, rozando mis dedos deliberadamente.
Sentí el calor subirme a la cara. Estaba atrapado en un sándwich de celos mágicos.
—Chavas, de veras, estoy bien. Me siento más fuerte que nunca —dije, tratando de aligerar el ambiente—. El entrenamiento de Bastian no fue en balde.
Mientras tanto, a leguas de distancia, en las ruinas del Templo del Sol, Bastian no compartía mi optimismo. El entrenador de armadura dorada estaba de pie frente a un altar agrietado de donde emanaba un humo negro y aceitoso.
—La integridad del sector sur está colapsando más rápido de lo previsto —murmuró Bastian, su voz perdiendo por un momento ese brillo motivador habitual—. El Rey Sombra no está solo infectando la tierra; está despertando a los Desterrados.
Apretó el hito de su espada. Sus ojos brillaron con una luz divina, pero una sombra cruzó su rostro.
—Si Alejandro no llega a las Colinas de Cristal antes del próximo eclipse, no habrá "glow-up" que lo salve. El archivo de este mundo está a punto de ser formateado.
Bastian se giró y vio una figura moviéndose entre las columnas rotas. No era un monstruo. Era un mensajero del Sabio.
—Dile a la tortuga que el sello se rompió. Voy a interceptar a los perseguidores. Gánenle tiempo al chilango.
De vuelta en nuestro campamento, un crujido entre los arbustos cercanos nos puso a todos en alerta. Briana tensó su arco y Kaia ya tenía la mano en su espada negra.
De entre las sombras de un pino de cristal, salió una loba. Pero no era una loba de las que te quieren arrancar la yugular. Era blanca como la nieve, con un pelaje largo y descuidado que arrastraba por el suelo. Se veía demacrada, con las costillas marcadas y una pata trasera que arrastraba ligeramente. Sus ojos, extrañamente, eran de un color rosa pálido que nunca había visto en National Geographic.
—¡Mírenla, pobre cosita! —exclamé, bajando la guardia—. Parece que no ha comido en una semana. Y la expulsaron de algún lado, miren cómo la dejaron.
—Alejandro, ten cuidado —advirtió Kaia, entrecerrando los ojos—. En este mundo, nada que se vea "lindo" es inofensivo.
—¡Ay, por favor! —Ringo se acercó un poco, olfateando el aire—. Huele a perro mojado y a derrota. Déjala, flan, igual y nos sirve de alfombra si se petatea aquí mismo.
Ignoré los comentarios y me acerqué con un trozo de carne. La lobita temblaba. Me miró con esos ojos rosa llenos de una tristeza profunda, casi humana.
—Tranquila, bonita. No te voy a hacer nada. Ten, come.
La loba devoró el trozo de carne con una desesperación absoluta. Le di otro, y otro. Briana me miraba con una mezcla de ternura y sospecha, mientras que Kaia mantenía la mano en el pomo de su arma, vigilando cada movimiento.
Después de que la loba terminó de comer, se sentó frente a mí y soltó un aullido suave, casi melódico. Entonces, empezó a suceder. El pelaje blanco comenzó a retraerse, la estructura ósea cambió con chasquidos que me recordaron a cuando te truenas la espalda después de diez horas de oficina.
—¡No mames! —gritó Ringo, saltando detrás de mi cabeza—. ¡Es un Transformer!
En lugar de la loba, frente a nosotros apareció una mujer que me dejó el cerebro en blanco. Era preciosa, con una piel extremadamente blanca que parecía brillar bajo las lunas. Su cabello blanco era una cascada larguísima que le llegaba por debajo de las nalgas, cubriendo estratégicamente su cuerpo desnudo. Tenía unas orejas de lobo (o perro, según como lo vieras) asomando entre su melena, y unos rasgos faciales finos: nariz pequeña, labios carnosos y un cuello largo que la hacía ver increíblemente esbelta. Sus ojos seguían siendo de ese rosa irreal, y su físico... bueno, digamos que tenía unos pechos enormes y unas piernas gruesas que harían que cualquier modelo de fitness se retirara.
—Gracias... humano —dijo ella con una voz suave, acercándose a mí y frotando su mejilla contra mi brazo—. Me llamo Iris. Mi manada me dejó morir por ser... diferente. Pero tú me viste.
—¡Súper diferente! —exclamó Ringo, asomándose—. ¡Tiene dos argumentos muy grandes para quedarse en el equipo! ¡Aceptada por unanimidad!
Briana y Kaia se levantaron al mismo tiempo, sus rostros pasando de la sorpresa a una furia territorial que casi hace que el bosque se incendie.
—¿Nueva integrante? —preguntó Briana, su voz vibrando con una nota alta de magia—. Alejandro, no sabemos quién es. Podría ser una espía del Rey Sombra.
—O algo peor —añadió Kaia, dando un paso al frente y evaluando el cuerpo de Iris con una envidia mal disimulada—. Las cambiaformas son traicioneras. Y esta... parece estar demasiado "agradecida".
Iris me rodeó el cuello con sus brazos, ignorando por completo a las otras dos. Su piel estaba fría, pero la forma en que se pegaba a mí me estaba haciendo perder la cuenta de mis neuronas.
—Él me salvó. Yo soy de él ahora —dijo Iris, lamiéndome la mejilla con un cariño animal.
—¡Chale! —susurré, sintiéndome el hombre más afortunado y más en peligro del mundo—. Iris, tranquila. Aquí somos un equipo. Los Flanecitos.
—¡Equipo de tres y una loba buchona, querrás decir! —masculló Ringo, riendo por lo bajo—. Esto se va a poner mejor que el final de temporada de Acapulco Shore.
Un par de horas después, impulsados por Caeris que ya no aguantaba el drama, llegamos a una cascada que parecía salida de un sueño. El agua caía desde una altura impresionante, rompiéndose en una poza de cristal rodeada de flores bioluminiscentes. Lo más loco es que la luz se refractaba de tal forma que había arcoíris permanentes rodeando la caída de agua.
—Es el momento perfecto para limpiarnos —anunció Briana, mirando de reojo a Iris—. Algunas necesitamos quitarnos el olor a perro.
—Y otras el olor a envidia —respondió Iris, ya con una túnica sencilla que le había prestado Briana (y que le quedaba cortísima), mientras me guiñaba un ojo rosa.
Me alejé un poco hacia una zona de rocas planas para quitarme la ropa. Ya era hora. Llevaba semanas con la misma playera rota de "Staff" de un evento de 2019. Me la quité con un suspiro de alivio.
Cuando me quedé solo en pantalones, se hizo un silencio sepulcral en la cascada. Briana, Kaia, Iris e incluso Caeris me estaban mirando.
Mi cuerpo ya no era el de Alejandro el Godín. Los meses de entrenamiento brutal, la magia del Sabio y la dieta de supervivencia habían esculpido mi torso. Tenía los cuadritos del abdomen perfectamente definidos, mis brazos estaban mucho más musculosos y los tatuajes de mis brazos, especialmente el león, resaltaban con una nitidez casi mágica sobre mi piel morena clara. Mi cabello, ahora más largo y despeinado, me daba un aire de guerrero que ni yo mismo me reconocía.
—¡Santo Dios del Gimnasio! —exclamó Ringo—. ¡Mírenlo! ¡El flan se convirtió en gelatina de dieta! ¡Estás bien mamey, Alejandro! ¡Hasta a mí me dieron ganas de pedirte un autógrafo en las nalgas!
Iris fue la primera en acercarse, tocando mis pectorales con sus dedos de piel blanca.
—Eres... fuerte. Me gusta tu aroma ahora. Es acero y sol.
Kaia se mordió el labio, sus ojos ámbar recorriendo cada músculo de mi espalda.
—Bastian hizo un buen trabajo. O tal vez... tenías ese potencial escondido bajo tanto papeleo de oficina.
Briana se puso roja como un tomate, pero no apartó la vista.
—Estás... muy bien, Alejandro. Muy bien.
Para romper la tensión (o alimentarla, ya no sé), las tres decidieron que el baño sería una competencia.
—A ver —dijo Kaia, entrando al agua con una gracia letal—. ¿Quién de nosotros es la más hermosa de este bosque? Porque una cosa es ser una loba rescatada y otra ser una guerrera del sol.
—La belleza está en la pureza de la magia —dijo Briana, soltándose el cabello plateado que brillaba bajo los arcoíris—. Y en saber quién estuvo aquí desde el principio.
Se pusieron a competir. Primero fue ver quién se veía mejor bajo el agua. Iris ganaba en curvas, Kaia en presencia imponente y Briana en elegancia mística. Luego pasaron a la cocina; improvisamos una fogata y cada una preparó algo con las bayas y la carne. Briana hizo un guiso delicado, Kaia algo rudo pero sabroso, e Iris... bueno, Iris simplemente trajo una presa fresca que ella misma cazó, lo cual le ganó puntos con Ringo.
—¡A ver, a ver! —gritó el mono, sentado en un trono de piedras como si fuera juez de Miss Universo—. En la categoría de "Belleza que me hace querer ser humano", es un empate técnico. En cocina, la loba gana por frescura, la elfa por sabor y la morena por... bueno, por la forma en que usa el cuchillo. Pero ahora, ¡quiero verlas pelear! ¡Combate de exhibición!
Kaia e Iris se enfrentaron en un duelo de práctica. Kaia con su espada y su técnica militar; Iris con sus garras y una agilidad animal sobrehumana. Briana lanzaba hechizos de distracción para nivelar el campo. Yo me senté en una roca, disfrutando del espectáculo, sintiendo el aire fresco en mi pecho descubierto y la satisfacción de que, por primera vez, no era yo el que estaba recibiendo los golpes.
—¿Te diviertes, Alejandro? —preguntó Caeris, sentándose a mi lado con una sonrisa cínica—. Tienes a las tres mujeres más peligrosas del continente peleando por tu atención. Si sobrevivimos a las Colinas de Cristal, vas a necesitar un seguro de vida muy caro.
—Solo disfruto la vista, Caeris. Después de tanto Excel, me lo merezco —respondí, viendo cómo Iris me lanzaba un beso mientras esquivaba un tajo de Kaia.
El erotismo sutil de la escena, con el agua salpicando sus cuerpos, la luz de los arcoíris y la competencia feroz, me recordaba que la vida en las Tierras Salvajes era peligrosa, sí, pero tenía sus recompensas.
Sin embargo, el giro llegó cuando el sol se ocultó por completo.
Un grito sordo vino del bosque. No era un monstruo. Era un silbido metálico que ya conocía.
—Bastian... —susurré, levantándome y buscando mi playera.
Una flecha de color negro, igualita a las que usaba el Rey Sombra pero con una runa que reconocí como el sello personal de mi entrenador, se clavó en el árbol justo encima de mi cabeza. Tenía un mensaje amarrado.
"La actualización falló. Vienen por el archivo fuente. No confíes en la sombra que camina a plena luz. Corre."
Miré a mis compañeras. Iris, Briana y Kaia se detuvieron, sintiendo el cambio en el aire. El suspenso regresó con una fuerza gélida. El equipo Flanecitos estaba completo, pero el Rey Sombra acababa de hacer su jugada.
—Cámara, banda —dije, sintiendo al león de mi brazo rugir bajo la piel—. La fiesta se acabó. Vámonos.