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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 4

El beso en el balcón no fue una liberación; fue una declaración de guerra contra mi propia conciencia. Cuando mis labios se despegaron de los suyos, el aire frío de la noche me golpeó la cara, recordándome quién era yo y dónde estaba. Estaba en el balcón del hijo de los hombres que me habían dado techo cuando el mío se derrumbó. Estaba besando al hermano de la única persona que se había quedado a mi lado en el cementerio.

Julián no me soltó de inmediato. Sus manos, grandes y cálidas, seguían ancladas en mi cintura, manteniéndome pegada a la piedra fría de la pared de la casa y al calor abrasador de su cuerpo. Su respiración era errática, un eco de la mía. En la penumbra, sus ojos parecían dos carbones encendidos, analizándome, buscando cualquier rastro de arrepentimiento para pisotearlo con su seguridad.

—Vuelve adentro —susurró él, su voz era un roce áspero contra mi cuello—. Antes de que pierda la poca decencia que me queda y no te deje salir de mi habitación hasta mañana.

No esperé a que lo dijera dos veces. Salté de vuelta a mi balcón con el corazón en la garganta y me encerré en mi cuarto, echando el pestillo como si eso pudiera mantener fuera el deseo que ya llevaba instalado en la sangre.

Me desplomé sobre la cama. El silencio de mi habitación se sentía diferente ahora. Ya no era un silencio de paz, sino un silencio de expectativa. Me toqué los labios; estaban hinchados, con el rastro del tabaco y la urgencia de Julián todavía presentes. Cerré los ojos e, inevitablemente, el luto volvió a reclamar su espacio. La imagen de mis padres sonriendo en la última cena que tuvimos juntos se proyectó en mi mente como una película de terror. Sentí una náusea súbita. ¿Cómo podía haber disfrutado de ese beso? ¿Cómo podía mi cuerpo responder con tanta intensidad mientras ellos estaban en el frío depósito de mármol de la memoria?

Esa noche, el sueño no fue un refugio, sino un campo de batalla.

Soñé con pasillos infinitos en casa de los Martínez. Yo caminaba descalza, vestida con el mismo camisón de seda negro del primer día. Las paredes de la casa goteaban agua, como si la estructura estuviera llorando. Buscaba a mis padres, llamándolos por sus nombres, pero la única respuesta era el sonido de unos pasos pesados detrás de mí. Sabía quién era. No necesitaba girarme.

En el sueño, Julián me alcanzaba en medio de una oscuridad absoluta. No decía nada. Simplemente me tomaba de las manos y me arrastraba hacia una habitación que no era la suya ni la mía, sino un espacio atemporal donde solo existíamos nosotros. Allí, la fantasía se volvía explícita, sin las ataduras de la realidad social o moral. En el sueño, él me despojaba de la ropa con una lentitud tortuosa, sus manos recorriendo cada centímetro de mi piel como si estuviera memorizando un mapa. Yo me entregaba con una desesperación que me asustaba, buscando en su placer una forma de acallar mi dolor.

Me desperté empapada en sudor a las tres de la mañana. Mi respiración era corta y pesada. Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. El intruso ya no solo estaba al otro lado de la pared; estaba dentro de mi cabeza, colonizando mis sueños, convirtiendo mis miedos en deseo.

No pude volver a dormir. Me quedé mirando la pared que nos separaba. Sabía que él estaba ahí. Podía olerlo, o quizás era mi mente jugándome pasadas. Me levanté y, movida por un impulso masoquista, pegué la oreja a la superficie fría del tabique.

Al principio, solo oí el silencio de la noche. Pero luego, un sonido rítmico, casi imperceptible. Un gemido bajo, un roce de sábanas. Mi pulso se aceleró. ¿Estaba él haciendo lo mismo que yo? ¿Estaba él también despierto, consumido por el recuerdo de ese beso? La idea de Julián, solo en su cama, pensando en mí de la misma forma en que yo pensaba en él, me provocó un escalofrío que terminó en un espasmo de placer doloroso en mi bajo vientre.

Me alejé de la pared como si quemara. "Basta, Elena", me dije en un susurro. "Mañana tienes que mirar a Sofía a la cara".

La mañana llegó con una luz grisácea y una lluvia fina que golpeaba los cristales. Bajé a desayunar con la armadura puesta: una sudadera cerrada hasta el cuello y el cabello recogido en un moño tirante. Quería parecer invisible, quería que Julián viera a la "huérfana protegida" y no a la chica que había saltado su balcón.

Pero Julián no jugaba bajo mis reglas.

Cuando entré en el comedor, él estaba solo, tomando café negro mientras leía unos documentos. Al verme, no hubo saludo formal. Simplemente dejó la taza sobre la mesa y me sostuvo la mirada hasta que sentí que me faltaba el aire.

—Has tenido pesadillas —dijo. No era una pregunta.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté, sentándome lo más lejos posible de él.

—Te oí moverte. Te oí despertarte a las tres. Y te oí acercarte a la pared —una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios—. Yo también estaba pegado a ella, Elena. Estaba esperando a que tocaras, a que me dieras una excusa para tirar la puerta abajo.

Me quedé helada. Él sabía. Lo sabía todo. Mi vulnerabilidad era su terreno de juego.

—No podemos seguir así, Julián —dije, tratando de que mi voz sonara firme—. Sofía es mi hermana, tus padres son mi familia ahora. Lo que pasó ayer fue un error producto del estrés y la tristeza.

Julián se levantó. Rodeó la mesa con pasos lentos, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Se detuvo justo detrás de mi silla e inclinó su cuerpo sobre el mío. Sus manos se apoyaron en mis hombros, apretando ligeramente. El peso de su presencia era abrumador.

—¿Un error? —susurró cerca de mi oído—. Un error es olvidar las llaves o equivocarse de calle. Lo que pasó ayer fue la verdad saliendo a flote después de años de estar enterrada. No me uses de excusa para tu duelo, Elena. No me besaste porque estuvieras triste. Me besaste porque me deseas desde que tenías quince años y ahora, por fin, tienes la edad suficiente para que yo pueda hacer algo al respecto.

Sentí que las lágrimas acudían a mis ojos, pero no eran de tristeza, sino de frustración pura. Me giré bruscamente para enfrentarlo, quedando a escasos centímetros de su rostro.

—¡Eres un arrogante! —le espeté en un susurro furioso—. Crees que porque estoy aquí, atrapada, puedes manejarme a tu antojo. Mis padres han muerto hace una semana, ¿tienes idea de lo que siento?

La expresión de Julián cambió instantáneamente. Su mirada se suavizó, pero no perdió su intensidad. Pasó de ser el atrevido al protector en un parpadeo. Me tomó la cara con ambas manos, obligándome a mirarlo.

—Sé perfectamente lo que sientes, Elena. Sientes un vacío que parece que te va a tragar entera. Y sientes que si te permites sentir placer, les estás fallando. Pero la vida no se detiene porque el corazón se rompa. Yo no soy el enemigo. Soy el único que te mira y no ve a una víctima. Veo a una mujer. Una mujer que me vuelve loco.

Me soltó cuando oímos los pasos de Sofía bajando las escaleras. Se alejó hacia la ventana, mirando la lluvia con las manos en los bolsillos, recuperando esa máscara de indiferencia que tan bien se le daba frente a los demás.

—¡Buenos días! —gritó Sofía, entrando con su energía habitual—. Qué día tan feo hace, ¿verdad? Elen, hoy tenemos que ir a la universidad a recoger unos apuntes para ti, no quiero que pierdas el semestre por esto. Los estudios te ayudarán a distraerte.

—Tienes razón, Sofi. Me vendrá bien salir —dije, evitando mirar a Julián.

Durante todo el desayuno, Sofía planeó nuestra semana como si todo fuera normal. Hablaba de clases, de chicos de la facultad y de fiestas a las que deberíamos ir cuando yo "me sintiera mejor". Julián intervenía de vez en cuando, con comentarios ácidos sobre los pretendientes de Sofía, actuando como el hermano mayor perfecto. Era un actor consumado. Me asustaba lo fácil que le resultaba mentir con la mirada.

—Por cierto, Juli —dijo Sofía mientras terminaba su zumo—, papá dice que si puedes llevar a Elena a la biblioteca esta tarde. Mi coche está en el taller y yo tengo entrenamiento de voleibol.

Julián me miró por encima de su taza. Hubo un destello de triunfo en sus ojos oscuros.

—Será un placer —respondió él, marcando la palabra "placer" con una entonación que me hizo estremecer.

El resto de la mañana fue una tortura de normalidad. Intenté estudiar en mi cuarto, pero las palabras de los libros de texto se borraban, sustituidas por las imágenes de mi sueño. Cada vez que oía un ruido en el pasillo, mi cuerpo se tensaba, esperando que fuera él.

La fantasía real estaba empezando a desgastarme. La división entre lo que debía ser y lo que deseaba que fuera se estaba volviendo borrosa. Julián era el intruso en mis sueños, pero también era el único que me hacía sentir que todavía había sangre corriendo por mis venas, y no solo cenizas.

Al llegar la tarde, me preparé para el viaje a la biblioteca. Sabía que ese trayecto en coche, solos y bajo la lluvia, no iba a ser un simple favor de hermano. Iba a ser el siguiente paso en un camino del que no había retorno.

Me puse el abrigo, miré la pared una última vez y salí al encuentro del hombre que estaba destruyendo mi paz para darme algo mucho más oscuro y excitante.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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