Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 13 Pinky y Cerebro
Gaya no volvió a casa.
Cuando salió del colegio, después de asegurarse de que Vanesa quedaba oficialmente eliminada de la lista de personas autorizadas para retirar a sus hijos, se sentó en el coche y se quedó inmóvil durante varios minutos, mirando el parabrisas sin verlo.
Su mente trabajaba a mil revoluciones, procesando todo lo que había ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas: su muerte, su reencarnación, el enfrentamiento con Vanesa, la bofetada a Lauren, la mirada cómplice de Tomás.
Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba contarle a alguien lo que estaba pasando, necesitaba que alguien le creyera, necesitaba sentir que no estaba completamente sola en esta pesadilla.
Y solo había una persona en el mundo que podía cumplir ese papel.
María.
Su mejor amiga. Su hermana de otra madre. La única persona que había estado a su lado en las buenas y en las malas, que la había visto enamorarse de Sebastián, que había sostenido su mano cuando dio a luz, que había llorado con ella cuando Vanesa comenzó a envenenar su matrimonio.
María, que seguramente había sufrido su muerte como si hubiera perdido a un gemelo.
El problema era que María no conocía a Gaya. María despreciaba a Gaya. Porque Gaya era "la nueva esposa de Sebastián", la mujer que había ocupado el lugar de su mejor amiga muerta. ¿Cómo iba a recibirla? ¿Cómo iba a creerla?
Pero tenía que intentarlo.
Gaya arrancó el coche y se dirigió al centro de la ciudad. Conocía bien el camino, aunque hacía cinco años que no lo recorría.
Llegó a una calle estrecha del barrio antiguo, donde los edificios conservaban esa mezcla de decadencia y encanto que tanto le gustaba. Allí, en un local con fachada de ladrillo visto y macetas de flores en las ventanas, estaba el restaurante de María.
"El Rincón de María" rezaba el letrero, con esa caligrafía que ellas mismas habían diseñado una noche de vino y risas, cuando María decidió cumplir su sueño de tener su propio negocio. Gaya sintió un nudo en la garganta al verlo.
Cuántas tardes había pasado allí, sentada en la mesa del fondo, probando los nuevos platos que María inventaba, riendo, llorando, planeando el futuro.
Aparcó el coche y se quedó un momento observando la puerta. Lunes por la mañana, el restaurante aún no había abierto al público.
Perfecto. Necesitaba intimidad, necesitaba tiempo, necesitaba que María la escuchara sin interrupciones.
Salió del coche, respiró hondo y caminó hacia la puerta. Estaba cerrada, como esperaba. Llamó con los nudillos, una vez, dos veces, tres.
Una voz desde dentro, femenina, joven:
—¡Todavía no abrimos! Vuelva en una hora.
—No vengo a comer —dijo Gaya, elevando la voz—. Necesito hablar con María. Dile que es urgente.
Hubo un silencio, luego pasos. La puerta se entreabrió y apareció el rostro de una chica de unos veinte años, una de las camarillas que María solía contratar.
—La dueña no recibe a nadie sin cita —dijo la chica con tono desconfiado—. Si quiere, puedo darle su tarjeta y…
—Por favor —la interrumpió Gaya, y aunque la voz era suave, había una urgencia en ella que la camarilla debió percibir—. Dile que es sobre Luisa. Sobre su amiga Luisa. Ella entenderá.
La chica la miró con extrañeza, pero asintió y cerró la puerta. Gaya esperó, sintiendo cómo los minutos se alargaban como chicles.
El corazón le latía con fuerza en el pecho, ese pecho joven que aún no se había acostumbrado a las emociones fuertes de Luisa.
Finalmente, la puerta se abrió de par en par.
Y allí estaba María.
Era diez años mayor, como era lógico. El cabello, que antes llevaba suelto y alborotado, ahora estaba recogido en un moño desordenado.
Tenía algunas canas nuevas, y las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos se habían acentuado. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: grandes, expresivos, capaces de pasar de la risa a la furia en un segundo.
Y en ese momento, expresaban furia. Furia pura y dura.
—Tú —dijo María, con un tono que helaba la sangre—. La esposa de Sebastián. ¿Qué quieres?
—María, por favor —comenzó Gaya, dando un paso adelante—, necesito hablar contigo. Es importante.
—¿Importante? —María soltó una risa amarga—. ¿Qué puede ser importante para ti? ¿Vienes a presumir de tu mansión? ¿De tu marido? ¿Del hombre que enterró a mi mejor amiga y se volvió a casar como si nada?
—No es eso, te juro que no es eso…
—¿Sabes lo que eres para mí? —la interrumpió María, y su voz temblaba de rabia contenida—. Eres la prueba viviente de que Sebastián no amaba a Luisa. De que todo lo que vivieron, todo lo que compartieron, no significaba nada para él.
Porque si realmente la hubiera amado, no se habría casado con otra. Y menos con una niña rica que no ha trabajado en su vida.
Gaya sintió que las palabras le atravesaban el pecho como cuchillos. No por ella, no por Gaya, sino por lo que revelaban del dolor de María.
Su amiga había sufrido. Su amiga la había llorado. Su amiga seguía llorándola cinco años después.
—María —dijo, con una voz mucho más calmada de lo que se sentía—, te pido cinco minutos. Solo cinco minutos. Si después de eso quieres que me vaya, me iré y no volveré a molestarte nunca más. Pero necesito que me escuches. Por favor.
Algo en su tono, o quizás en sus ojos, debió conmover a María, porque la mujer dudó.
Su expresión de furia se suavizó mínimamente, reemplazada por una curiosidad a regañadientes.
—Cinco minutos —dijo por fin, apartándose para dejarla pasar—. Y no me llames "por favor". Me das asco.
Gaya entró al restaurante. El lugar había cambiado: nuevas mesas, nueva decoración, una barra más moderna. Pero la esencia seguía siendo la misma: ese cálido ambiente que María había creado con tanto esmero.
La cocina seguía estando al fondo, y desde allí llegaba un olor familiar, ese olor a especias que siempre identificaba los guisos de María.