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En Todo Mi Esplendor

En Todo Mi Esplendor

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Venganza / Completas
Popularitas:6.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.

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Capítulo 16: La frialdad de la cama vacía

Eran casi las dos de la madrugada cuando Eric abrió la puerta de su departamento. Sus pasos eran pesados, como si cada tramo de escalera le hubiera exigido arrastrar una carga invisible de plomo. Llevaba el maletín hinchado de cédulas de notificación y la corbata deshecha, colgando alrededor del cuello como una soga floja.

Adentro, la oscuridad era absoluta.

No había ninguna lámpara encendida en la sala, ni olor a comida casera, ni el murmullo sereno de una tetera silbando en la cocina. El aire estaba cargado de un olor rancio a comida rápida pedida por encargo, a cajas de sushi a medio consumir abandonadas sobre la encimera y al persistente vaho a tabaco rubio que Patricia fumaba en el balcón antes de salir.

Eric dejó caer las llaves en la consola de entrada con un ruido metálico que sonó hueco en el silencio. Apretó el interruptor de la luz.

El desorden lo golpeó como una bofetada cotidiana. Sobre la alfombra que alguna vez estuvo impecable había dos pares de sandalias de tacón arrojadas con descuido, revistas de moda abiertas por la mitad y copas de vino tinto a medio terminar, con los bordes manchados de lápiz labial reseco. En el respaldo del sillón de cuero descansaban varias bolsas de compras de boutiques exclusivas, los recibos asomando con cifras que hacían que a Eric se le encogiera el estómago.

Caminó hacia la cocina y abrió la heladera en busca de algo para calmar la punzada de hambre que le quemaba las tripas. Estaba casi vacía: un frasco de mostaza francesa, un cartón de leche vencido y una botella de champaña abierta sin gas.

Apoyó la frente contra el frío del electrodoméstico y cerró los ojos.

La memoria, caprichosa y despiadada, lo transportó de golpe a un año y medio atrás. Recordó aquellas noches agotadoras en las que regresaba derrotado de un juicio largo y encontraba la mesa servida con una bandeja cubierta para que no se enfriara, una jarra de limonada fresca y a Aurora esperándolo en el sofá, con un libro en la falda, levantando la mirada para dedicarle esa sonrisa dulce y protectora que le quitaba todo el cansancio de un solo golpe.

«Come algo caliente antes de bañarte, Eric. Yo me encargo de ordenar los autos para mañana», solía decirle ella, pasando sus dedos tibios por la nuca de él para aflojarle la tensión.

Ahora no había nadie. Solo el zumbido del motor del refrigerador y el eco de su propia respiración.

El sonido de un automóvil deportivo frenando frente al edificio cortó sus pensamientos. Eric se asomó por el ventanal de la sala, oculto tras la cortina.

Abajo, bajo la luz mortecina de la farola, un convertible negro de alta gama acababa de detenerse. Desde el interior se escuchaban risas estridentes y música electrónica. La puerta del copiloto se abrió y Patricia descendió con paso vacilante, envuelta en un minivestido plateado que destellaba contra la noche. Se inclinó sobre la ventanilla para despedirse del conductor —un hombre de cabello engominado que Eric jamás había visto— con dos besos ruidosos en la mejilla y una carcajada que resonó en toda la calle vacía.

El vehículo arrancó con un chirrido de neumáticos, perdiéndose en la avenida.

Dos minutos después, la puerta del departamento se abrió de par en par. Patricia entró tambaleándose ligeramente, con una cartera diminuta colgando de la muñeca y el cabello revuelto. Olía a ginebra, a humo de discoteca y a un perfume almizclado que no era el habitual.

Al encender la luz del pasillo y ver a Eric de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados y la mirada clavada en ella, se detuvo, soltando un resoplido de hastío.

—Por Dios, Eric, qué manía de quedarte parado en las sombras como un espantapájaros —dijo con la voz pastosa, quitándose los tacones y dejándolos caer de cualquier manera en el piso flotante—. Casi me matas del susto.

—¿Dónde estabas, Patricia? —preguntó él. Su tono era bajo, pero vibraba con una mezcla peligrosa de celos, humillación y desgaste extremo—. Son más de las dos de la mañana de un miércoles. ¿Quién era el del coche?

Patricia rodó los ojos con un descaro absoluto. Caminó hacia la barra de la cocina, se sirvió un vaso de agua mineral y bebió la mitad antes de dignarse a mirarlo.

—Era Fernando, el hermano de una amiga de la escuela de diseño. Estábamos en una cata privada en la zona norte, celebrando el cumpleaños de una decoradora importante. Me ofreció traerme porque no había taxis disponibles a esta hora. ¿O acaso pretendías que volviera caminando con estos zapatos?

—Pretendía que te acordaras de que estás casada —replicó él, dando dos pasos hacia ella y señalando con el dedo las carpetas del escritorio—. Pretendía que tuvieras un gramo de decencia mientras yo me paso el día esquivando a los oficiales de justicia porque no tenemos liquidez para pagar los resúmenes bancarios que generas. ¿Sabes lo que llegó hoy? Una intimación judicial de cobro ejecutivo por las deudas comerciales de este departamento. Si no abono antes del viernes, me traban un nuevo embargo sobre el mobiliario.

Patricia dejó el vaso sobre la mesada con un golpe seco. La aparente debilidad del alcohol desapareció de sus ojos, reemplazada al instante por una mirada viperina, gélida y despiadada.

—¡Y dale con las deudas! —gritó ella, frunciendo los labios con asco—. ¿Hasta cuándo me vas a tener con la misma canción, Eric? ¡Me tienes harta! ¡Harta de tus quejas de muerto de hambre! Salgo justamente para no tener que mirarte esa cara de amargado que tienes desde que tu exesposa te pateó el trasero en los tribunales. Salgo a respirar aire de gente exitosa, gente que no cuenta los centavos para pagar una botella de champán.

—Esa gente exitosa a la que tanto admiras no paga tus vestidos ni tus cuentas —escupió él, temblando de rabia—. ¡Los pago yo! ¡Con el dinero que no tengo, con las horas que le robo al sueño y con el poco honor que me queda!

—¡Pues no los pagues! —le gritó ella en la cara, acercándose con una furia teatral que ya no intentaba disimular—. ¡No los pagues y mira cómo me busco a alguien que sí pueda mantenerme como me merezco! No te olvides de quién eres, Eric. Si volví contigo fue porque me prometiste que serías un grande, no esta sombra patética que tiembla cada vez que le tocan el timbre. Tú me necesitabas para lavar tu orgullo; yo no te necesito a ti para sobrevivir.

La bofetada verbal dejó a Eric sin respiración.

La frialdad en la voz de Patricia era tan descarnada que cualquier resto de ilusión quedó pulverizado en el acto. La mujer que tenía enfrente no lo amaba, no lo respetaba y ni siquiera le guardaba la más básica de las lealtades. Era un parásito devorador que lo despreciaba abiertamente por no poder saciar su codicia insaciable.

Sin decir una palabra más, Patricia se dio media vuelta y caminó hacia el dormitorio principal, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar los cuadros de la pared.

Eric se quedó solo en la cocina. El silencio que siguió fue más opresivo que los gritos. Se sentó en una de las banquetas, apoyó los codos en la mesada y hundió la cabeza entre las manos, sintiendo un nudo de lágrimas secas atorado en la garganta.

Media hora más tarde, entró al dormitorio en puntas de pie.

Patricia ya estaba metida bajo el edredón, con las sábanas de satén subidas hasta el cuello, dándole la espalda. Ni siquiera se había quitado el maquillaje de la fiesta. Fingía dormir profundamente, pero la rigidez de su postura dejaba en claro que no toleraría ningún acercamiento.

Eric se desvistió despacio en la penumbra. Se metió con cautela en el lado izquierdo de la cama, el mismo lado que antes compartía con Aurora.

El contraste fue desgarrador.

Las sábanas estaban heladas. Al estirar la pierna de forma involuntaria, rozó la espalda de Patricia, pero ella se apartó de un tirón violento, pegándose al borde opuesto del colchón con un gruñido de fastidio:

—No me toques. Estoy cansada.

Eric retiró el cuerpo despacio, como si hubiera tocado un bloque de hielo.

Se quedó acostado boca arriba, con la vista fija en las sombras que proyectaban las ramas de los árboles contra el techo. El silencio en esa habitación matrimonial no era de paz: era el silencio de una tumba. A su lado dormía la mujer por la que había sacrificado su reputación, su familia y su estabilidad moral; y sin embargo, jamás en sus treinta y tres años de vida se había sentido tan asquerosamente solo.

En la penumbra de esa cama vacía de amor, la imagen de Aurora volvió a aparecer en su mente con una nitidez insoportable. Vio sus ojos claros, su piel tibia, su voz firme y luminosa recordándole que aferrarse a quien no te valora es destruirse en vida.

Eric cerró los ojos y una lágrima solitaria, pesada y ardiente, rodó por su sien hasta empapar la almohada fría.

Había tenido el paraíso en sus manos y lo había cambiado por un infierno de hielo y vanidad. Y lo peor de todo era la certeza aplastante de que ya no había vuelta atrás.

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Wendy Borges
verdugo no pide clemencia
Wendy Borges
que hombre tan patético
Lilito_lili
Impecable..
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