Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 11: Filo contra acero
El aire acondicionado del pasillo zumbaba con una monotonía metálica que de pronto pareció ensordecedora.
Aleksandra no retrocedió un solo centímetro. Sus plantas de los pies se afirmaron sobre el linóleo antiséptico, distribuyendo el peso con la geometría exacta de una guardia de combate: rodillas apenas flexionadas, torso angulado para reducir la superficie de impacto y las manos a la altura de la cintura, con los dedos sueltos pero listos para cerrar el puño hacia la garganta o trabar una muñeca en palanca.
—Señor Moretti —dijo ella. Su voz salió con una calma glacial, tan pulida y aséptica como el bisturí que acababa de soltar en el quirófano—. Esta es un área restringida para cirujanos de planta. Si busca el informe sobre su pariente, debe esperar en la sala de terapia intermedia como cualquier familiar.
Dante dio un paso hacia ella. Despacio. Con esa cadencia depredadora de quien no necesita apresurarse porque sabe que el territorio le pertenece. La luz fría del techo acentuaba las líneas duras de su rostro: la cicatriz tenue sobre el pómulo, la barba oscura perfectamente recortada y esos ojos grises que parecían capaces de desarmar a un hombre con una mirada.
—¿Señor Moretti? —repitió él, deteniéndose a menos de dos pasos. Una sonrisa torcida, peligrosa y cargada de ironía se dibujó en sus labios—. Qué memoria tan selectiva tiene la dottoressa. La última vez que estuvimos así de cerca, me llamabas por mi nombre mientras hundías tus dedos en mi carne para salvarme la vida. Y luego... en mi cama, no usabas un tono tan formal.
Una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal a Aleksandra, pero no dejó que el menor temblor delatara el impacto en sus ojos.
—Esa noche no era un hombre; era un herido de bala desangrándose en una cocina —replicó ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Hice lo que cualquier médico con dos dedos de frente habría hecho para evitar que se muriera en mi piso. Y usted pagó su cuenta dejando un billete arrugado en la mesada y huyendo antes del amanecer. Considérese saldado, señor Moretti. Mi turno terminó y me voy a casa.
Hizo el amago de avanzar hacia el ascensor del estacionamiento, pero Dante se desplazó con una velocidad felina que contradecía su envergadura, cerrándole el paso y plantando su espalda contra la puerta de acceso.
La cercanía fue instantánea y abrumadora.
El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió de golpe, mezclado con ese aroma a madera de cedro, tabaco fino y cuero que Aleksandra había creído enterrado bajo miles de kilómetros de desierto. Dante apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de ella, inclinándose apenas lo suficiente para obligarla a levantar la barbilla.
—Cuarenta y dos meses, Aleksandra —murmuró él, y el tono de su voz bajó una octava, volviéndose áspero, íntimo, cargado de una furia contenida que amenazaba con quebrar el vidrio blindado de su control—. Te busqué por cada rincón de Lombardía. Di vuelta Milán piedra por piedra. Y resulta que mi salvadora tomó un vuelo diplomático al otro lado del planeta sin dejar una sola huella.
Aleksandra sintió el pulso golpeándole con fuerza en los oídos, pero la sangre fría de los Volkov tomó el control de su cuerpo. Deslizó sutilmente su pie izquierdo hacia adelante, ganando el espacio entre las piernas de Dante; si él intentaba atraparla o ponerle una mano encima, un golpe seco de talón a la rótula lo dejaría de rodillas antes de que pudiera parpadear.
Dante bajó la vista hacia la postura de ella. Sus ojos grises se entrecerraron, registrando la tensión calculada en los hombros de la cirujana, la forma en que su cuerpo no buscaba acurrucarse ni huir como lo haría una víctima aterrorizada, sino plantar una trinchera.
—No tienes miedo —dijo él, fascinado, dejando escapar un suspiro que rozó los mechones sueltos de la frente de Aleksandra—. La mayoría de los hombres se arrodillan cuando me paro frente a ellos. Tú estás buscando un punto de apoyo para partirme la pierna.
—Sé exactamente qué huesos romper para inmovilizar a un cuerpo de noventa kilos en dos segundos, señor Moretti —respondió ella, con una voz tan suave que parecía una caricia envenenada—. Y también sé cómo suturarlos para que duelan durante meses. Apártese de mi camino.
Dante soltó una risa seca, baja, que vibró en su pecho. Lejos de intimidarlo, la ferocidad de ella encendió en sus pupilas una chispa de devoción oscura, casi salvaje.
—El tío Giancarlo me dijo que eras un milagro con el bisturí —dijo Dante, sin moverse un milímetro—. Ahora veo que el milagro es que Milán no haya ardido entera solo para encontrarte. No te salvaste de mí, Aleksandra. Solo alargaste la distancia.
—Su tío sobrevivirá si no contrae una infección hospitalaria en las próximas cuarenta y ocho horas —cortó ella, obligándose a levantar el muro profesional con toda la frialdad de la que era capaz—. El hematoma epidural fue drenado y la arteria meníngea está sellada con titanio. Si de verdad le importa su familia, quédese en la sala de espera y cuide que sus matones no asusten a las enfermeras. Mi vida privada no le pertenece, nunca le perteneció y no le va a pertenecer jamás.
Aleksandra dio un paso decidido hacia un costado, rozando el brazo de Dante con el hombro. El contacto fue breve, pero bastó para que ambos sintieran la sacudida de aquella noche suspendida en el tiempo: el recuerdo de la piel quemando bajo la fiebre, el sabor de la sangre y el aliento compartido en las sombras.
Dante no la detuvo físicamente. Se quedó inmóvil, observándola mientras ella pasaba su tarjeta magnética por la cerradura del ascensor privado. Las puertas de acero inoxidable se abrieron con un tintineo sordo.
Aleksandra entró y se dio vuelta para mirar hacia el pasillo.
Dante continuaba de pie en el centro del corredor, recortado contra la luz fluorescente con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir, mirándola con la paciencia aterradora de un cazador que ya ha colocado el lazo en la madriguera.
—Nos vemos pronto, dottoressa —le dijo él en un susurro que la alcanzó justo antes de que las puertas de acero se cerraran por completo.
En el instante en que quedó sola dentro de la cabina del ascensor, las piernas de Aleksandra temblaron.
Se apoyó contra la pared metálica y cerró los ojos, exhalando todo el aire retenido en una bocanada larga y temblorosa. Se llevó una mano al pecho; su corazón martillaba con una violencia demencial. Dante estaba allí. En Dubái. A solo unos metros de ella. Y lo que era infinitamente peor: estaba despierto, entero y buscándola.
«Dimitri».
El nombre de su hijo resonó en su mente como una alarma de evacuación.
Si Dante descubría la existencia del niño, todo se derrumbaría. La Cosa Nostra no toleraba hijos bastardos en el exilio; un primogénito de los Moretti era un rehén del destino, un blanco para cada enemigo de Italia y un reclamo de sangre del que Dante jamás renunciaría.
Mientras el ascensor descendía hacia el garaje, en el pasillo del piso superior, Lorenzo emergió de la penumbra detrás de una puerta cortafuegos, aproximándose a Dante a paso firme.
—Don Dante. El auto está listo y el perímetro del hospital asegurado.
Dante no apartó la vista de las puertas cerradas del ascensor.
—Cancela el vuelo de regreso a Milán —ordenó, con una voz cargada de un frío absoluto que no admitía réplica—. Despliega a cuatro hombres en civil alrededor de este complejo. Quiero saber a qué hora respira, qué ruta toma para ir a su casa y quién la espera detrás de esa puerta.
Lorenzo arqueó una ceja, sorprendido por la intensidad de la orden.
—¿Sospecha de alguna amenaza contra ella, Don?
Dante se pasó la lengua por el labio inferior, saboreando el recuerdo fantasma de una noche que se negaba a morir.
—No, Lorenzo. La amenaza para ella soy yo. Y no pienso dejarla ir una segunda vez.