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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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Capítulo 11: La Gala de las Sombras

La preparación para la gala no fue un acto de vanidad, sino un ritual de guerra. En el vestidor principal de la Mansión Norte, Elena permanecía inmóvil mientras tres estilistas terminaban de ajustar su atuendo. Ethan había seleccionado personalmente cada pieza. El vestido era una obra maestra de seda negra medianoche, con un escote que rozaba el límite de lo permitido y una espalda totalmente descubierta hasta la base de la columna. Era elegante, pero enviaba un mensaje claro: ella era una joya prohibida.

Ethan, ya vestido con un esmoquin a medida que resaltaba su figura imponente, se acercó a ella por detrás. Los estilistas se retiraron de inmediato, conociendo bien el aura de exclusión que el joven CEO proyectaba cuando estaba con su esposa.

Él abrió una caja de terciopelo negro. Dentro descansaba el “Corazón de Acero”, un collar de diamantes negros y platino que era la pieza central del tesoro de los Steelwood. Ethan lo colocó alrededor del cuello de Elena. Sus dedos fríos rozaron la piel sensible de su nuca, provocándole un estremecimiento.

—Esta noche, todos te mirarán —susurró él contra su oído, su reflejo en el espejo devolviéndole una mirada de una intensidad devoradora—. Querrán ver una grieta. Querrán ver a la niña asustada por el escándalo de su padre. Pero tú les darás hielo. Eres mi esposa, Elena. Camina como si fueras la dueña de sus almas, porque, financieramente, lo eres.

Elena ajustó el collar, sintiendo el peso de las piedras contra su pecho.

—¿Y qué pasa si Christian está allí? Dijiste que habías reforzado la seguridad.

—Christian estará allí. Lo he invitado yo mismo —la sonrisa de Ethan fue gélida—. No hay mejor lugar para destruir a un hombre que frente a sus iguales. Leo y doce hombres más estarán infiltrados entre los camareros y el personal. No podrás dar un paso sin que yo lo sepa.

Elena lo miró a través del espejo. A sus 19 años, se sentía como una reina guerrera siendo preparada para un sacrificio.

—A veces me pregunto si me vistes así para que yo me sienta poderosa, o para recordarme que todo lo que llevo puesto, incluso mi piel, tiene tu firma.

Ethan no respondió con palabras. La giró bruscamente y la besó con una pasión posesiva que amenazaba con arruinar su maquillaje. Fue un recordatorio mudo de lo que había pasado en el jet, un reclamo que se renovaba cada día

La llegada al Gran Teatro de la Ópera fue un bombardeo de flashes. La seguridad de los Steelwood formó un pasillo humano, bloqueando a la prensa mientras Ethan y Elena descendían del coche blindado. Ethan mantenía su mano firmemente anclada en la cintura de Elena, una posición que no solo era protectora, sino que marcaba su propiedad ante las cámaras del mundo.

Al entrar al salón principal, el murmullo de mil quinientos invitados cesó por un instante. Eran la pareja perfecta: jóvenes, obscenamente ricos y rodeados de un aura de peligro.

—Mantén la cabeza alta —ordenó Ethan, mientras saludaban a embajadores y magnates.

En medio de la recepción, apareció Christian Vane. Lucía impecable, pero sus ojos azules tenían un brillo de locura contenida. Se acercó a ellos con una copa de champán en la mano.

—Ethan. Elena. Realmente te has superado esta vez, Ethan. El collar es exquisito, aunque parece un poco pesado para un cuello tan delicado —dijo Christian, su mirada bajando deliberadamente hacia el escote de Elena.

Ethan sintió cómo la rabia tensaba cada músculo de su cuerpo. Dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Christian.

—Vane. Sorprendido de que tuvieras el valor de venir después de que liquidara tus posiciones en el mercado asiático esta tarde. Deberías estar más preocupado por tus cuentas que por el cuello de mi esposa.

Christian se rió, pero fue un sonido tenso.

—El dinero viene y va, Steelwood. Pero los recuerdos… esos son inmarcesibles. Elena, ¿todavía guardas la corona de flores?

Elena sintió la mano de Ethan apretarse en su cintura hasta casi causarle un moretón.

—Esa niña murió hace mucho tiempo, Christian. Te sugiero que encuentres un nuevo pasatiempo antes de que mi esposo decida que tu presencia es un inconveniente permanente.

La cena transcurrió bajo una calma tensa. Sin embargo, durante el intermedio de la ópera, Elena aprovechó un momento en que Ethan fue abordado por el Ministro de Finanzas para retirarse al tocador. Sabía que Leo la seguía a distancia, pero necesitaba un minuto de silencio.

Al salir del área de descanso, en un pasillo lateral menos iluminado, una mano la tomó del brazo y la arrastró hacia una de las alcobas ocultas tras pesadas cortinas de terciopelo. Elena estuvo a punto de gritar, pero una mano enguantada cubrió su boca.

Era Christian.

—No grites, Elena. Solo tengo un minuto antes de que tus perros falderos me encuentren —susurró él, con una urgencia febril—. Ethan no te ama. Te tiene en una vitrina. Tengo documentos, Elena. Documentos que prueban que él mismo provocó la caída de tu padre para obligarte a casarte con él antes de lo previsto. Él orquestó el fraude de las navieras.

Elena sintió que el mundo se detenía.

—Mientes. Él salvó a mi padre.

—Él creó el incendio para poder venderte el extintor —siseó Christian—. Ven conmigo. Tengo un avión esperando. Puedo sacarte de esta jaula.

Antes de que Elena pudiera responder, la cortina fue arrancada de sus ganchos con una violencia brutal. Ethan estaba allí. Su rostro no era el del CEO educado; era el de un depredador que acababa de encontrar a otro animal tocando su territorio.

Ethan no habló. Su primer movimiento fue un puñetazo devastador que envió a Christian al suelo. Elena soltó un grito mientras Leo y otros dos hombres de seguridad aparecían de la nada, bloqueando el pasillo para que nadie viera la escena.

Ethan se lanzó sobre Christian, tomándolo por la solapa y estrellándolo contra la pared de mármol.

—¡Te advertí! —rugió Ethan, su voz era un sonido gutural de rabia pura—. ¡Te advertí que no la tocaras!

—Dile… dile la verdad sobre su padre, Steelwood —escupió Christian, con la boca ensangrentada.

Ethan golpeó la cabeza de Christian contra el mármol una vez más, dejándolo casi inconsciente, antes de soltarlo como si fuera basura. Se giró hacia Elena. Su mirada era aterradora; el control que tanto se esforzaba por mantener se había evaporado.

—¡Fuera! —ordenó Ethan a sus hombres—. Llévense a este despojo y asegúrense de que no pueda caminar durante un mes.

Se quedó solo con Elena en el pasillo oscuro. Ella estaba temblando, sus manos apretadas contra su pecho.

—¿Es verdad, Ethan? ¿Tú destruiste a mi padre para tenerme?

Ethan se acercó a ella, su respiración agitada, sus nudillos manchados con la sangre de Christian. La acorraló contra la pared, poniendo una mano a cada lado de su cabeza.

—Hice lo que tenía que hacer para asegurar que fueras mía. Tu padre era un imbécil que iba a perderlo todo de todos modos. Yo solo aceleré el proceso para que la caída ocurriera bajo mi control.

—¡Me manipulaste! —gritó ella, intentando golpearlo—. ¡Todo este tiempo, la boda, la protección… todo fue un plan tuyo!

Ethan atrapó sus manos y las inmovilizó sobre su cabeza contra la pared. Se pegó a ella con una fuerza que le recordaba que no tenía escapatoria.

—¡Sí! ¡Lo planeé todo! Porque sabía que era el único que podía darte la vida que mereces. Porque te amo con una oscuridad que tú no puedes ni imaginar. No me arrepiento de nada, Elena. Ni de una sola mentira, ni de un solo contrato.

Él la besó con una ferocidad que sabía a sangre y a posesión absoluta. No fue un beso de amor, fue un beso de dominio, destinado a silenciar sus protestas y a recordarle a quién le pertenecía su cuerpo y su lealtad, sin importar las verdades que salieran a la luz.

Diez minutos después, Ethan y Elena regresaban al salón principal. Elena llevaba el maquillaje retocado por una asistente que no se atrevió a hacer preguntas sobre sus ojos rojos. Ethan caminaba a su lado, con la mano de nuevo en su cintura, luciendo impecable, excepto por los nudillos vendados discretamente bajo el puño de su camisa.

Para el resto del mundo, nada había pasado. Pero entre ellos, el velo se había roto. Elena miraba a los invitados y solo veía sombras. Sabía que regresaría a la mansión con el hombre que había destruido su pasado para construirle un futuro de seda y acero.

Al subir al coche al final de la noche, Ethan cerró la puerta blindada y la atrajo hacia su regazo.

—No llores más, Elena —susurró, su voz volviendo a ser esa caricia posesiva—. Christian ya no es un problema. Y tu padre está a salvo porque yo lo permito. Todo lo que necesitas está en este coche, en esa mansión y en mí.

Elena cerró los ojos, sintiendo el aroma de Ethan envolviéndola. Estaba atrapada en una red de amor y traición tan compleja que ya no sabía dónde terminaba ella y dónde empezaba la obsesión de él. Pero mientras el coche se alejaba en la noche, se dio cuenta de que, a pesar de la verdad, no tenía fuerzas para soltar la mano del hombre que la reclamaba con tanta violencia y devoción.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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