Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 18: El Sabor del Desafío
La sala privada del restaurante The Grill, en el histórico edificio Seagram, estaba impregnada de la fragancia densa del roble envejecido, carnes maduradas y el humo sutil de puros caros que los delegados alemanes del consorcio de Hamburgo consumían con calculada lentitud.
Tres horas después del incidente del parque y con los trillizos a salvo bajo la custodia reforzada de la señora Miller —con instrucciones estrictas de mantener a Mateo alejado de cualquier objeto con más de diez centímetros de elevación—, Valeria Sterling había vuelto a enfundarse en su armadura de guerra.
Y la armadura de esta noche era una provocación intencionada.
Llevaba un vestido de satén de seda en color petróleo, de escote halter asimétrico que dejaba al descubierto sus hombros torneados y una generosa porción de su espalda pulcra hasta la cintura. La tela caía con una fluidez líquida que abrazaba la línea de sus caderas antes de abrirse en una discreta pero letal abertura lateral en el muslo. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y pulida, y en sus labios ardía el mismo carmín borgoña que parecía desafiar las leyes de la gravedad.
Frente a ella, al otro lado de la inmensa mesa de caoba cubierta por un mantel de lino belga que caía casi hasta el suelo, Bastian Thorne no escuchaba una sola palabra del informe financiero sobre los peajes del Elba.
Llevaba un traje negro cruzado de seis botones, una camisa blanca inmaculada sin un solo pliegue fuera de lugar y una corbata de seda oscura. El corte impecable de sus hombros y la rigidez de su postura ocultaban a la perfección los rasguños en sus manos y la resina del árbol que aún ardía en su memoria reciente. Pero en sus ojos grises no había un ápice de concentración corporativa. Había fuego. Una intensidad líquida y hambrienta que devoraba cada centímetro expuesto de la piel de Valeria con la paciencia de quien ya ha saboreado la victoria.
—Nuestras estimaciones para el tránsito en la terminal de Hamburgo dependen de que la señorita Sterling garantice la descarga automatizada en doce horas —explicaba Herr Manfred Ziegler, un sexagenario corpulento con gafas de montura de oro, gesticulando con una copa de coñac en la mano.
Valeria apoyó el mentón sobre una mano engalanada con un anillo de esmeralda, dedicándole al inversionista una sonrisa profesional que no llegó a sus ojos.
—La automatización en Newark no es una promesa teórica, Herr Ziegler. Es una realidad operativa —respondió Valeria con voz melosa pero cargada de una autoridad incuestionable—. Si Thorne Maritime aporta la capacidad de calado de sus buques clase Pánamax, nosotros reduciremos sus costos portuarios en un dieciocho por ciento. Es un monopolio de facto en la ruta del Atlántico Norte.
—Siempre tan implacable en los números, señorita Sterling —intervino Bastian. Su voz profunda cortó el murmullo de los banqueros alemanes con la precisión de una cuchilla.
Bastian levantó su copa de Burdeos, sosteniéndole la mirada a Valeria a través de la llama temblorosa del candelabro central. Sus labios se curvaron en una media sonrisa que destilaba peligro puro.
—Aunque en la logística naval —continuó el magnate europeo, arrastrando las sílabas con una deliberada sensualidad velada—, el mayor riesgo no son las cifras en el papel. Es la resistencia imprevista de la contraparte. Hay ciertas posiciones que requieren una penetración más agresiva... para comprobar si el terreno es capaz de soportar la presión.
Ziegler y sus dos socios asintieron con la cabeza, convencidos de que estaban escuchando una metáfora sobre el dragado de canales marítimos.
Valeria, en cambio, sintió una llamarada de calor líquido estallar en la boca del estómago. Sabía perfectamente a qué presión se refería.
Por debajo del pesado mantel de lino, Valeria descruzó las piernas con calculada lentitud. Deslizó la puntera de su tacón de aguja de charol negro —un Louboutin de once centímetros con la icónica suela carmín— hacia adelante, cruzando la frontera invisible del territorio neutral.
La punta afilada de su zapato rozó el dobladillo del pantalón de Bastian. Subió con una lentitud perversa por la tela de su espinilla derecha, ejerciendo una presión medida, firme y descarada justo contra la pantorrilla del magnate.
Bastian detuvo la copa de vino a medio camino hacia sus labios. Sus pupilas se dilataron al instante, oscureciéndose hasta parecer dos abismos de tormenta.
Valeria ni pestañeó. Tomó un sorbo de agua mineral, ladeó la cabeza y miró a Ziegler con una inocencia maquiavélica.
—Herr Thorne tiene razón en un punto —dijo ella, mientras la suela de su tacón subía un par de centímetros más por el músculo tenso de Bastian—. Si una de las partes intenta una penetración demasiado agresiva sin haber asegurado primero el consentimiento de la otra, corre el riesgo de sufrir una avería catastrófica en sus sistemas.
Bastian bajó la copa lentamente hasta el mantel. Una vena saltó con violencia en su mandíbula. Lejos de retroceder, el magnate abrió ligeramente las piernas bajo la mesa. Con un movimiento rápido y certero de sus piernas largas, atrapó el tobillo de Valeria entre sus dos pantorrillas, inmovilizando su pie en una presa de acero.
Valeria contuvo la respiración. Sus dedos se apretaron contra la servilleta en su regazo.
—El consentimiento es fundamental en cualquier tratado de alto impacto —susurró Bastian, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que el aroma a madera quemada de su perfume envolvió los sentidos de Valeria—. Pero cuando ambas partes conocen el valor del activo... la rendición suele ser mutua. Y mucho más placentera.
Bastian no se detuvo ahí. Aprovechando que los tres alemanes discutían acaloradamente sobre los aranceles portuarios entre ellos, Bastian deslizó su propio pie derecho fuera del zapato Oxford. La suave caricia de su calcetín de seda pura se deslizó por el tobillo desnudo de Valeria, subiendo por su pantorrilla, acariciando la piel tibia que asomaba por la abertura de su vestido de satén.
El contacto fue tan inesperadamente íntimo, tan cargado de una posesión eléctrica y descarada en medio de una cena formal de negocios, que a Valeria se le cortó el aire. Un gemido mudo murió en el fondo de su garganta.
Bastian continuó subiendo el tacto de su pie hasta rozar la parte posterior de la rodilla de ella, trazando círculos invisibles que mandaron descargas directas a su vientre.
Valeria apretó los dientes, forzando a su rostro a mantener una expresión de absoluta neutralidad mientras sentía cómo su cuerpo entero comenzaba a arder. Clavó las uñas en su palma bajo el mantel.
—¿No le parece, señorita Sterling? —preguntó Bastian con esa voz aterciopelada y sádica, disfrutando de cada milisegundo del pulso acelerado que podía vislumbrar latiendo con fuerza en la base del cuello de ella.
—Me parece... —Valeria tuvo que tragar saliva para que la voz no le temblara, buscando desesperadamente aire— que su propuesta tiene cláusulas sumamente temerarias, Thorne.
—Solo para aquellos que temen perder el control —repuso él, intensificando la caricia en la curva de su muslo, a escasos centímetros de donde el satén terminaba—. Y usted, Valeria... parece estar al borde de perderlo por completo.
Ziegler se giró repentinamente hacia ellos, golpeando la mesa con entusiasmo germánico.
—¡Fantástico! Si ambos están de acuerdo con los términos de Newark, cerraremos el protocolo preliminar el próximo viernes. Señor Thorne, ¿brindamos por el acuerdo?
Bastian no apartó los ojos de los labios entreabiertos de Valeria. Mantuvo su pie firme contra la piel caliente de su pierna durante tres segundos más de pura tortura antes de retirarlo con deliberada lentitud.
—Brindemos, Herr Ziegler —dijo Bastian, levantando su copa con una mano impecablemente firme—. Por las alianzas que no admiten retirada.
Valeria levantó su copa con dedos que amenazaban con temblar. El cristal tintineó con un sonido seco. Bebió el vino de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol quemaba su garganta casi tanto como la mirada devoradora del hombre frente a ella.
A las once y media de la noche, tras despedir a los alemanes en el vestíbulo del restaurante bajo la llovizna fría de Park Avenue, el personal de aparcacoches trajo el vehículo blindado de Bastian.
Valeria esperaba su propio coche a un lado del toldo, con el abrigo de lana puesto sobre los hombros para protegerse de la brisa húmeda, aunque por dentro sentía que la temperatura de su cuerpo rozaba los cuarenta grados.
Bastian se acercó a ella por la espalda. Su presencia era como una sombra cálida y pesada. Se detuvo tan cerca que el vaho de su respiración rozó el lóbulo de la oreja de ella.
—Cancelé tu coche —susurró Bastian con una calma insolente.
Valeria se giró en redondo, con los ojos echando chispas y el corazón desbocado.
—¿Que hiciste qué?
—Subes a mi camioneta, Valeria.
—No pienso subir a ningún lado contigo después del espectáculo indecente que montaste debajo de ese mantel.
Bastian dio medio paso adelante, acorralándola contra una de las columnas de mármol del edificio Seagram. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, bajando la cabeza hasta que sus frentes casi se rozaron. Sus ojos grises, iluminados por las farolas de Manhattan, eran dos llamaradas vivas.
—Tú empezaste el juego con ese estilete, capitana —murmuró él, y su tono de voz hizo que las rodillas de Valeria flaquearan—. Y si crees que voy a dejar que cruces la ciudad a solas después de cómo me miraste toda la noche, es que todavía no entiendes la clase de hombre con el que estás tratando.
—Bastian... —el nombre salió como una súplica rota de los labios de ella.
—Sube al coche, Valeria —ordenó él en un susurro ardiente contra su boca, rozando sus labios apenas con la punta de los suyos—. O te juro por Dios que terminaré lo que empezamos bajo esa mesa aquí mismo, sobre la acera de Park Avenue y a la vista de todos los porteros de esta calle.