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NICOTINA Y NIEVE

NICOTINA Y NIEVE

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / ABO / CEO
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.

En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.

Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.

A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.

No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: Menos veinte

El bus llegó a Montreal a las seis de la mañana y yo pensé que me había equivocado de ciudad.

No era frío como el frío de mi ciudad. Era otro tipo de frío. Un frío que te pega en la cara como una cachetada y no te deja respirar. Me bajé del bus con mi mochila grande y mi bolsa de supermercado con los dos libros de mi papá y al tiro se me congeló la nariz por dentro. Me dolió.

La terminal olía a café quemado y a calefacción muy fuerte. Afuera todo era blanco. No blanco bonito de postal. Blanco sucio, con barro negro en las orillas y montañas de nieve dura donde la gente había estacionado. Eran menos veinte grados. Lo vi en un letrero grande que decía -20°C y pensé que era una broma.

Yo tenía mi parka delgada, la que usaba allá. No servía para nada aquí. Tenía las manos metidas en los bolsillos y igual se me congelaban. Me puse a caminar sin saber para dónde. Tenía ochocientos dólares en la cajita de zapatos y mi celular con poca batería.

No conocía a nadie. Nunca había venido. Solo sabía que aquí nadie me iba a cobrar por existir.

Caminé como dos horas. Me metí a un McDonald's a calentarme las manos con un café chico que me costó tres dólares y que me quemó la lengua. Le pregunté a la niña de la caja si sabía de alguna pieza barata. Me miró raro. Me dijo que mirara en Kijiji.

No tenía internet. Le pedí la clave del wifi y me dijo que era solo para clientes. Le mostré mi café y me dijo que ya, que me la daba.

Me senté en una mesa al lado de la basura y busqué con los dedos congelados. Pieza Montreal barata. Me salieron muchas que eran estafas. Una que decía 400 al mes sin calefacción. Otra que decía solo para chicas. Otra que decía solo vegetarianos.

Hasta que vi una que decía Hochelaga, estudio 3x3, 550 al mes, disponible ahora. Con foto de una ventana chica y una cocina de una hornilla.

Le escribí al número. Me contestó al tiro un señor que escribía muy mal, con puras mayúsculas. ME DIJO VEN AHORA.

Tomé el metro. Me perdí dos veces. La gente aquí habla francés muy rápido y yo entendía a medias. Decía Hochelaga y me miraban como si dijera una grosería.

Llegué a una calle que se llamaba Sainte-Catherine. Había nieve por todos lados. El edificio era de ladrillo café, de tres pisos, con las escaleras por fuera todas oxidadas y llenas de hielo. Toqué el timbre. No funcionaba. Llamé al señor y bajó en pantuflas.

Era un señor mayor, con un gorro de lana hasta las cejas. Olía a cigarro. Me miró de arriba abajo, miró mi mochila y me dijo tú eres el del teléfono, no.

Le dije que sí.

Me hizo subir. Las escaleras crujían. El olor a sopa vieja estaba en todo el pasillo.

Abrió una puerta con una llave que se trababa. Y ese era el estudio.

Era chico. No, era muy chico. Entrabas y ya estabas en todo. La cama era una colchoneta en el suelo. La cocina era un mueble con una hornilla eléctrica y un refri chico que hacía un ruido como si estuviera enfermo. El baño era una ducha al lado de la taza, sin puerta, con una cortina de plástico que tenía hongos.

La ventana no cerraba bien. Entraba un chiflete helado por abajo. Le puse la mano y sentía el aire.

El señor me dijo quinientos cincuenta, primer y último mes. Mil cien total.

Yo tenía ochocientos.

Le dije que tenía ochocientos nomás. Que podía pagarle después el resto cuando encontrara pega.

Me miró. Se rascó la cabeza con la llave.

Me dijo que por ser diciembre y que nadie quiere esta pieza en diciembre, me la deja en ochocientos por los dos meses y después vemos. Pero que no le hiciera problemas.

Le dije que sí al tiro. Que no iba a hacer ningún problema.

Me pasó la llave. La llave estaba caliente porque la tenía en el bolsillo.

Se fue y me quedé solo.

Me senté en la colchoneta. Tenía olor a humedad. La calefacción del edificio sonaba como si tosiera, como una persona vieja tosiendo cada cinco minutos. Cla, cla, cla.

Saqué mis cosas. Puse los dos libros de mi papá en el suelo porque no había repisa. Puse su reloj malo al lado. Lo miré. Seguía sin funcionar. Marcaba las cuatro y diez de un día que ya no existía.

Me acosté con toda la ropa puesta porque hacía frío igual adentro. Con parka y todo. Y me tapé con mi polerón.

Por la ventana se veía la calle y la nieve que caía. No paraba nunca de caer. La gente caminaba apurada, toda tapada hasta los ojos. Nadie miraba para arriba.

Me puse a llorar otra vez pero esta vez no era tristeza fuerte. Era como un alivio raro. Estaba muerto de frío, estaba en una pieza que olía a hongo, no tenía plata para comer mañana, pero era mía. Nadie me iba a anotar en un cuaderno cuánto debía por dormir ahí.

Saqué mi celular y tenía 5% de batería. Le escribí a Tomás, mi amigo de allá, estoy en Montreal, llegué. No me contestó al tiro. Debe haber estado durmiendo.

Apagué el celular para que no se muriera.

Esa primera noche no dormí nada. Por el frío y por el ruido de la calefacción que tosía. Y porque cada vez que pasaba un camión quitando nieve, la pieza temblaba entera y sonaba como un terremoto.

Como a las cinco de la mañana me paré a mirar por la ventana que no cerraba. La calle estaba vacía, blanca, con las luces amarillas de los postes. Un señor con una pala gigante estaba sacando nieve de la vereda. Lo hacía lento, sin apuro.

Pensé, aquí estoy. A menos veinte. Solo. Con ochocientos dólares menos. Sin saber qué voy a comer mañana.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me dio miedo. Me dio un poco de paz.

Al día siguiente tenía que buscar pega. Lo que fuera.

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