Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capitulo 19 Él ya siguió adelante”
Narra Emely
La vida en la universidad con mi hija de un año era bastante cansona. Tenía que estar pendiente de las clases, los trabajos y, al mismo tiempo, de mi niña. Había días en los que sentía que no me quedaban fuerzas ni para quitarme los zapatos cuando llegaba a la casa.
Por suerte, mi mamá me ayudaba muchísimo. Ella cuidaba a mi hija mientras yo estaba en la universidad y estaba chocha con su nieta. La consentía, jugaba con ella y siempre estaba pendiente de que no le faltara nada.
Mis tíos también estaban muy pendientes de la niña. Santiago y Kiara la querían muchísimo y siempre preguntaban por ella.
Aquella tarde llegué de la universidad cansadísima. Apenas entré a la casa, dejé el bolso sobre una silla y respiré profundo.
—Mami, buenas tardes —dije.
—Buenas tardes, mija. Venga, que están sus tíos en la sala.
Caminé hasta la sala y ahí estaban mis tíos conversando con mi mamá.
—Buenas tardes, tíos.
—Buenas tardes, mija —respondió Kiara.
Me senté un momento con ellos. Estaban hablando tranquilamente mientras yo escuchaba.
Hasta que mencionaron a Ariel.
Sentí que el corazón me dio un vuelco.
Trataba de hacer como si no me importara, pero apenas escuché su nombre, toda mi atención se fue hacia la conversación.
—¿Y Ariel cómo está por España? —preguntó mi mamá.
Kiara suspiró.
—Pues está bien. Sigue con sus cosas de la universidad y el trabajo.
Yo permanecí callada.
Entonces Kiara dijo algo que hizo que mi corazón se partiera.
—Ariel ya tiene mujer. Está feliz con ella.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el pecho.
No dije nada.
Solamente bajé la mirada.
Me quedé viendo mis manos mientras intentaba controlar las lágrimas que comenzaban a acumularse en mis ojos.
Ariel ya tenía mujer.
Y estaba feliz con ella.
Esa frase comenzó a repetirse en mi cabeza.
Yo sabía que él estaba en España. Sabía que habían pasado meses desde que se fue. Pero escuchar que tenía otra mujer era diferente.
Mucho más doloroso.
Respiré profundo y traté de mantener la calma.
—Mami, .. Cuando mis tíos se vayan, ¿me subes a la niña?
Mi mamá me miró.
—Ya está bien, mija.
—Gracias.
No quería que nadie notara que estaba a punto de llorar.
Me levanté y subí rápidamente a mi habitación.
Cuando cerré la puerta, ya no pude aguantar.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¿Por qué me duele tanto? —murmuré.
Me senté en la cama y agarré mi celular.
Abrí la galería.
Ahí estaban todas las fotos.
Las fotos de Ariel y yo cuando estábamos juntos secretamente.
Pasé lentamente una por una.
En una aparecíamos abrazados.
En otra estábamos sonriendo.
En otra Ariel me miraba mientras yo tomaba la fotografía.
Me quedé observando aquella última durante varios segundos.
Recordé nuestras conversaciones a escondidas, las veces que nos encontrábamos sin que nadie supiera, nuestras peleas y después nuestras reconciliaciones.
Recordé cuando me decía que me amaba.
Una lágrima cayó sobre la pantalla.
—¿Entonces ya sos feliz con otra? —susurré.
Me limpié la cara con la manga de mi blusa.
—¿Y yo qué hago con todos estos recuerdos?
No había nadie que pudiera responderme.
Seguí pasando las fotografías.
Cada una parecía abrir una herida diferente.
Entonces escuché unos pasos por el pasillo.
—Mija —dijo mi mamá desde afuera—, aquí está la niña.
Me limpié rápidamente las lágrimas.
—Pásamela, mami.
Mi mamá entró y me entregó a mi hija.
La abracé contra mi pecho.
Ella me miró y comenzó a sonreír.
—Mi princesa...
Le di un beso en la frente.
Mi mamá se quedó mirándome.
—¿Qué te pasa, mija?
Negué con la cabeza.
—Nada, mami. Estoy cansada.
Ella sabía que algo más había pasado, pero no quiso insistir.
Cuando salió de la habitación, volví a mirar mi celular.
La fotografía de Ariel seguía abierta.
Lo miré en silencio.
—Yo todavía te amo, Ariel —susurré.
Miré a mi hija y la abracé un poquito más fuerte.
Quizá él ya había conseguido seguir adelante.
Quizá de verdad estaba feliz con otra mujer.
Pero yo todavía tenía que aprender a vivir con todos aquellos recuerdos que alguna vez fueron nuestros.
Y esa noche entendí que olvidar a Ariel iba a ser mucho más difícil de lo que imaginaba.