Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 1: El peso de una deuda
La libreta de pasta desgastada sobre la mesa de la cocina era el único objeto que mantenía un atisbo de orden en la vida de Amanda. A sus dieciocho años, sus dedos finos y pálidos no pasaban páginas de libros universitarios ni acumulaban manchas de tinta de apuntes académicos, sino que contaban con precisión quirúrgica billetes arrugados y monedas de bajo valor. Amanda suspiró, dejando caer el bolígrafo sobre la madera gastada. El sonido sordo resonó en la pequeña y fría cocina de la casa.
—Cincuenta para la electricidad, treinta para el pan y la leche de la semana... y no queda nada para el gas —murmuró para sí misma, frotándose los ojos cansados.
Desde la habitación principal se escuchó el crujido estridente de la cama de resortes, seguido por el andar arrastrado de su padre, Héctor. Amanda no necesitó levantar la vista para saber cómo lucía: la camisa desabotonada, los ojos inyectados en sangre, la barba de tres días y ese olor penetrante a alcohol barato y humo de cigarrillo rancio que parecía impregnado en los poros de la pared.
—¿Dónde está el dinero del cajón, Amanda? —preguntó Héctor con voz rasposa, apoyándose pesadamente en el marco de la puerta.
Amanda alzó la mirada. A pesar de la pobreza y el ambiente asfixiante en el que se había criado, poseía un rostro de una belleza desarmante: facciones delicadas, ojos expresivos y una tez clara que contrastaba con la oscuridad de la casa. Sin embargo, detrás de esa apariencia frágil había un muro de piedra construido tras años de abusos verbales y privaciones.
—No hay dinero en el cajón, papá. Lo usé para pagar la mitad de la cuenta del agua antes de que nos cortaran el servicio —respondió ella con serenidad impostada, cerrando la libreta de un golpe—. Y aunque hubiera, no te lo daría para que lo tires en la mesa de póquer.
Héctor soltó una carcajada amarga, un sonido sin alegría que se convirtió rápidamente en una tos seca. Se acercó a la mesa y golpeó la madera con el puño.
—¡Es mi casa! ¡Soy el padre en esta familia y me debes respeto! Necesito ese dinero, Amanda. Hoy es mi noche de suerte, lo presiento. Voy a recuperar todo lo que perdí la semana pasada, te lo juro por tu madre.
—No metas a mamá en esto —dijo Amanda, poniéndose de pie. Su estatura era promedio, pero su postura erguida le daba un aire de firmeza insuperable—. Mamá está encerrada en su cuarto llorando porque los cobradores llamaron al teléfono fijo esta mañana amenazando con quemar la fachada. ¿Tienes idea de cuánto debes, Héctor? Porque yo sí. Llevo la contabilidad de tus desastres desde que tenía catorce años.
Héctor desvió la mirada por un segundo, un destello de culpa cruzó sus ojos antes de ser sofocado por la desesperación de su adicción. Las apuestas lo habían consumido por completo. Había perdido su empleo de contador hacía tres años, había hipotecado la casa en secreto y había recurrido a prestamistas de la peor calaña para financiar su vicio.
En ese momento, Lorena, la madre de Amanda, entró a la cocina. Era una sombra de la mujer que alguna vez fue, con arrugas prematuras marcadas alrededor de la boca y una mirada perpetuamente asustada.
—Por favor, no griten —suplicó Lorena con voz temblorosa, mirando hacia la ventana como si temiera que las paredes tuvieran oídos—. Los vecinos están mirando. Héctor, por favor, dime que pagaste la cuota de este mes a la gente de la zona baja.
Héctor no respondió. Simplemente comenzó a registrar con torpeza los cajones de la alacena, tirando cubiertos y frascos vacíos en su búsqueda desesperada de algún billete olvidado.
—No busques más —dijo Amanda, sujetándole el brazo con fuerza—. No hay nada. Absolutamente nada. Se acabó.
Héctor la sacudió con brusquedad para liberarse de su agarre.
—¡Tú no entiendes nada! —gritó él, con los ojos fuera de sus órbitas—. ¡No son los prestamistas del barrio! ¡Esta vez es diferente! Pedí un préstamo grande... un dinero que me iba a salvar. Pero las cartas no salieron bien.
—¿A quién le pediste dinero? —preguntó Lorena, llevándose las manos a la boca.
El silencio que siguió en la cocina fue denso, pesado, helado. El color pareció desaparecer por completo del rostro de Héctor.
—A los Smirnov —susurró el hombre, y el nombre pareció congelar el aire de la habitación.
Amanda sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Incluso ella, que vivía aislada del mundo exterior intentando estirar cada centavo, había oído hablar de los Smirnov. No eran simples prestamistas; eran la cúspide del crimen organizado en la ciudad, un clan ruso de impecable fachada empresarial y métodos implacables cuando se trataba de cobrar lo que les pertenecía.
—Estás loco —susurró Amanda, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo se hundía bajo sus pies—. Nos has sentenciado a todos.