Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Magia 1
Los días fueron pasando poco a poco.
Y Alana comenzó a acostumbrarse a su nueva vida.
Al principio todo le parecía extraño.
Que las doncellas la ayudaran a vestirse.
Que alguien preparara su baño.
Que pudiera desayunar sin tener que pensar en cuánto costaba cada cosa.
Que existieran carruajes esperándola.
Que hubiera una habitación enorme solamente para ella.
Que los vestidos aparecieran mágicamente en su armario.
Aunque, técnicamente, lo verdaderamente mágico era que aparecieran sin que ella tuviera que pagar por ellos.
[Definitivamente esto de ser noble tiene ventajas.]
También comenzó a disfrutar de pequeños placeres que en su primera vida le habían parecido lujos.
Leer durante horas.
Pasear por los jardines.
Tomar té.
Comer dulces.
Dormir después del almuerzo.
Y, por supuesto…
Comprar cosas.
Cada vez que veía algo bonito pensaba:
[¿Lo necesito?]
Después se corregía.
[No.]
Y finalmente..
[Pero soy una baronesa.]
Y lo compraba.
Aunque poco a poco empezó a descubrir que vivir como una señorita noble tenía ciertas obligaciones.
Una de ellas era estudiar.
Y una de las materias que más le interesaban era precisamente la que Alana original había evitado durante años.
La magia.
Debido a que Alana nunca había querido asistir a la academia de magia, sus padres habían contratado a un mago del templo para que acudiera a la mansión Norton una vez por semana.
Ese día llegó finalmente.
Alana estaba esperando en una de las salas de estudio.
Sentada.
Derecha.
Con las manos sobre la mesa.
Y con una expresión de entusiasmo que habría sido completamente desconocida para la antigua Alana.
Cuando el mago entró, esperaba encontrar a la joven distraída.
Quizás incluso aburrida.
Había sido así durante años.
Pero se detuvo apenas cruzó la puerta.
Alana prácticamente brillaba de emoción.
—¡Buenos días!
El hombre la observó.
—Buenos días, señorita Norton.
Alana se levantó.
—¿Hoy aprenderemos magia de madera?
El mago parpadeó.
—Sí.
—¿Y puedo hacer crecer árboles?
—Con suficiente dominio.
—¿Y flores?
—Sí.
—¿Y raíces?
—También.
—¿Y podría hacer que un árbol creciera dentro de una casa?
El mago guardó silencio unos segundos.
—Preferiría que no.
Alana sonrió.
—Entendido.
El hombre la observó nuevamente.
Había algo extraño.
No solamente en su comportamiento.
También en ella.
Entonces vio una pequeña marca sobre su alma.
Una señal que algunos magos experimentados podían reconocer.
Una marca de alma.
El mago comprendió inmediatamente lo ocurrido.
La joven había despertado recuerdos de una vida anterior.
Eso explicaba el cambio.
Pero incluso sabiendo la razón…
El cambio seguía siendo impresionante.
La antigua Alana apenas prestaba atención durante las clases.
La nueva Alana parecía tener suficientes preguntas para llenar diez libros.
El mago tomó asiento.
—Comencemos.
Alana se sentó frente a él.
—Maestro…
—¿Sí?
—Quiero saber cuál es mi nivel de magia.
El mago la miró.
—¿Tu nivel?
—Sí.
Ella sonrió.
—Quiero saber qué tan poderosa soy.
El hombre se quedó en silencio.
Después tomó una pequeña cuchara de azúcar que había sobre la mesa.
Alana la miró.
—¿Qué hace?
El mago levantó la cuchara.
—Imagina que esto representa la cantidad de maná que puede tener una persona extraordinariamente poderosa.
Alana asintió.
—Bien.
—Por ejemplo, un miembro de la familia imperial de alguno de los grandes imperios vecinos.
Levantó un dedo.
—O
Alana escuchaba atentamente.
—Incluso podríamos utilizar como referencia al propio rey.
Ella abrió ligeramente los ojos.
[Entonces esto es muchísimo.]
⸺La mitad de esta cuchara podrían ser los duques de este reino.
El mago dejó la cuchara sobre la mesa.
—Ahora imagina que esta cuchara representa todo su maná.
Alana asintió.
—Entiendo.
El mago tomó entonces un pequeño grano de azúcar.
Lo colocó sobre la mesa.
Alana lo miró.
Después miró la cuchara.
Después nuevamente el grano.
—¿Y eso?
El mago respondió con absoluta tranquilidad:
—Tu maná.
Silencio.
Alana parpadeó.
—¿Mi qué?
—Tu maná.
Ella miró el pequeño grano.
Después la cuchara.
Después al mago.
Y comenzó a reír.
Primero suavemente.
Después más fuerte.
—¡Ja!
El mago no se movió.
Alana continuó riendo.
—¡Es una broma!
El mago negó con la cabeza.
—No.
La risa de Alana disminuyó.
—¿No?
—No.
—¿De verdad?
—De verdad.
Alana miró nuevamente el grano.
[¿Eso es todo?]
[¡ay no!]
El Rey ya está perdido.
Desde ahora debes de vijilarla más 😏🤣