Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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La marea Aseria
Salí de Apameias y me reuní con el ejército en las afueras de la ciudad.
El ambiente era muy diferente al de las últimas veces que habíamos partido. Ya no sentía aquella tranquilidad que había tenido durante los meses anteriores. Sabía que nos dirigíamos nuevamente hacia una batalla y, después de lo ocurrido contra los Aserios, no podía dejar de pensar en todos los hombres que había perdido.
Al llegar al punto de reunión encontré a Kallias junto a Iséro, Milena y Kállos.
—Llegas justo a tiempo —me dijo el general.
—¿Ya estamos listos?
—Casi.
Kallias señaló a un grupo de soldados que se encontraba detrás de nosotros.
—Cien de tus nuevos soldados tienen caballos. Eso significa que esta vez contarás con doscientos de infantería y cien jinetes.
Miré a los hombres.
—No sabía que ellos contaran con caballos.
—Ahora lo sabes.
Iséro sonrió mientras acomodaba su lanza.
—Parece que tu compañía está creciendo rápido.
—Todavía somos pocos.
—Pocos, pero suficientes para meterlos en problemas al enemigo —respondió Milena.
Kállos soltó una pequeña risa.
—Eso parece ser algo que se le da bastante bien al capitán.
Negué con la cabeza.
—Me alegra ver que todos tienen tanta confianza en mí.
Empezaron a reír.
—No te preocupes. Si las cosas salen mal, estamos contigo.
La miré durante un instante.
—Eso espero.
Poco después comenzamos la marcha.
Nuestro destino era el campamento Gálata, donde nos reuniríamos con Brokta y un par de caudillos que habían decidido participar en la lucha contra los Aserios.
Después de varias horas llegamos al campamento.
Había miles de soldados por todas partes. Los Gálatas habían levantado tiendas, preparado fogatas y colocado guardias alrededor de la zona. Algunos caudillos se encontraban reunidos cerca de una gran
carpa.
Brokta nos vio y salió a recibirnos.
—Me alegra verlos de nuevo.
—A nosotros también, Brokta.
Desmontamos y estrechamos sus manos.
—Tenemos mucho de qué hablar.
—Eso parece.
El caudillo miró a Kallias y después al resto de nosotros.
—Algunos Señores Gálatas más se han unido. Todos quieren acabar con los invasores antes de que continúen
avanzando hacia nuestros reinos.
—¿Sabemos dónde están? —preguntó Kallias.
—Sí.
Brokta hizo una pausa.
—Y también sabemos cuántos son.
Su expresión cambió.
—Envié una avanzadilla para observarlos, pensábamos que serían unos pocos miles, quizás diez o quince mil.
—¿Cuántos encontraron? —pregunté.
—Ochenta mil.
Nadie respondió.
Por unos segundos solo se escuchó el ruido de los soldados preparando sus equipos.
—¿Ochenta mil? —preguntó el general Kallias finalmente.
—Así es, ochenta mil soldados marchan hacia nuestros territorios.
En ese momento sentí un nudo en el pecho.
Los Gálatas apenas habían logrado reunir quince mil hombres, Wilders solo aportaba otros diez mil.
Veinticinco mil contra ochenta mil, nunca había visto un ejército de ese tamaño.
—Entonces estamos en una clara desventaja —dijo otro de los caudillos.
—Sí. Pero no tenemos otra opción —respondió Brokta.
Kallias observó el campamento.
—No necesitamos derrotarlos en una batalla convencional.
Brokta asintió.
—Por eso debemos hablar.
Entramos en la carpa de los caudillos mientras nuestros soldados comenzaban a levantar el campamento junto al de los Gálatas.
Dentro había varios hombres reunidos alrededor de una mesa sobre la que se había colocado un mapa gigante de la región.
Brokta señaló una zona marcada cerca de un río.
—Los Aserios avanzan hacia aquí, este río es el único obstáculo importante antes de que puedan continuar hacia nuestros territorios.
Kallias observó el mapa.
—¿Hay algún lugar donde podemos enfrentarlos?
—Sí, un puente de piedra. El terreno alrededor está rodeado de árboles.
El general levantó la mirada.
—Entonces ahí los enfrentaremos.
Uno de los caudillos demostró su descontento y dudas.
—¿Con veinticinco mil hombres?
—No, solo con una parte —respondió Kallias.
Señaló el otro lado del puente.
—Wilders se colocará directamente frente a ellos junto con cinco mil soldados Gálatas.
Brokta entendió inmediatamente.
—El resto permanecerá oculto en los bosques.
—Exactamente.
Kallias movió unas piezas sobre el mapa.
—Cuando los Aserios lleguen, creerán que estas son todas nuestras fuerzas. Avanzarán para destruirnos y, cuando estén completamente comprometidos en la batalla...
Señaló el bosque.
—El resto del ejército Gálata saldrá de aquí y atacará ambos flancos.
—Los rodearemos —dijo un caudillo Gálata.
—No completamente. Pero podemos reducir su número tanto como sea posible.
Otro de los caudillos señaló otra zona del mapa.
—¿Y sus arqueros?
—Tenemos que ocuparnos de ellos —dije.
Todos me miraron.
—Si dejamos que continúen disparando desde lejos, nuestras líneas sufrirán demasiado antes de que podamos acercarnos.
Kallias asintió.
—Un contingente de caballería tendrá que atacar a sus arqueros y reducir el hostigamiento a distancia.
Brokta acarició su barba mientras pensaba.
—¿Creen que funcionará?
Kallias observó el mapa durante unos segundos.
—No lo sé.
La respuesta provocó silencio.
—Pero es nuestra mejor oportunidad.
También había otra ventaja.
Nosotros llevamos armaduras y escudos mucho más resistentes que gran parte del ejército Aserio. Muchos de ellos combaten con ropa ligera, lanzas y escudos de mimbre o madera.
Eso no significaba que fueran débiles, eso ya lo habíamos aprendido la última vez.
Los Aserios eran rápidos, numerosos y capaces de atacar desde diferentes posiciones, pero si lográbamos obligarlos a luchar cuerpo a cuerpo en un lugar donde no pudieran aprovechar toda su movilidad y capacidad, podríamos hacerles mucho daño.
Kallias volvió a señalar el bosque.
—Hay algo más. Las tropas ocultas no pueden salir demasiado pronto.
—¿Por qué? —preguntaron ellos.
—Porque si aparecen antes de tiempo, tendrán la oportunidad de darse cuenta de la trampa y organizarse.
El general los miró.
—Deben esperar.
—Hasta que estén completamente comprometidos —agregó Brokta.
—Exactamente.
La reunión terminó poco después.
Kallias y yo regresamos a nuestro campamento.
Mientras caminábamos, ninguno de los dos dijo una palabra.
Cuando llegábamos, el general se detuvo.
—Mélon.
—Sí.
Me miró seriamente.
—Necesito pedirte algo.
—Dime.
Kallias se acercó un poco y me indicó una misión que serviría para poner fin al ejército Aserio.
Sin decir nada más, se retiró y lo observé alejarse.
Durante un rato permanecí junto a mis soldados. Algunos estaban comiendo, otros revisaban sus armas y varios preparaban los caballos.
Yo no podía dejar de pensar en lo que me pidió el general.
—¿Estás pensando en la joven que vive contigo?
Levanté la mirada.
Milena estaba frente a mí.
—¿Eh?
—Emira.
—Ah, no.
Kállos, que estaba cerca, la miró con molestia.
—Milena...
Iséro se acercó sonriendo.
—Quizás está pensando en la princesa.
—¿Ustedes dos no tienen nada más que hacer? —pregunté.
Ambos comenzaron a reír.
Kállos se cruzó de brazos.
—Déjenlo tranquilo.
—Solo estamos bromeando —respondió Iséro.
—Pues dejen los chistes y preparen todo para lo que se viene —dijo Kállos.
Su tono cambió.
—La batalla será dura.
Todos guardaron silencio.
Respiré profundamente.
—Kallias nos pidió que hiciéramos algo.
—¿Qué cosa? —preguntó Milena.
—Quiere que tomemos a los cien jinetes y nos escondamos en el bosque a la retaguardia enemiga.
Los tres me observaron.
Kállos frunció el ceño.
—¿Detrás?
—En el bosque, debemos permanecer ocultos mientras el ejército principal lucha contra ellos.
Iséro sonrió.
—¿Y cuál es nuestra misión?
Miré hacia la fogata.
—Ser la daga.
—¿La daga?
Asentí.
—Kallias no confía completamente en que los Gálatas cumplan las órdenes y esperen el momento adecuado. Quiere que nosotros permanezcamos detrás del enemigo y, cuando llegue el momento, ataquemos donde menos lo esperan.
Milena comprendió.
—Nosotros seremos la daga que decapite a la serpiente.
Kállos sonrió ligeramente.
—Entonces será mejor que no fallemos.
—No pienso hacerlo.
Esa noche casi no dormimos.
Al amanecer emprendimos la marcha.
Después de varias horas conseguimos interceptar el camino de los Aserios.
El lugar era perfecto, un río atravesaba la región y solo un puente de piedra permitía cruzarlo. A ambos lados se extendía un bosque lo suficientemente denso como para ocultar a miles de hombres.
Nos dividimos según lo acordado.
Kallias y Brokta liderarían el ejército que se colocó frente al puente, las falanges de Wilders junto a arqueros se posicionaron delante del puente junto a cinco mil Gálatas.
El resto de las fuerzas Gálatas comandadas por los dos caudillos se escondieron entre los árboles.
Nosotros llevamos a los cien soldados de caballería un poco más lejos entre los árboles. Avanzamos hasta encontrar un
lugar desde donde podríamos observar el combate sin ser descubiertos.
Los soldados desmontaron y ocultaron los caballos.
—No hagan ruido —ordené.
Me acerqué lentamente hasta el borde del bosque acompañado por Milena, Iséro y Kállos.
Desde allí podíamos ver todo.
Kallias y Brokta ya se encontraban preparados, miles de hombres esperaban en silencio.
Miré hacia el horizonte, al principio no había nada.
Entonces escuché un sonido que me atemorizó.
Pasos de una marcha, pero también pisadas pesadas que no eran de camellos o caballos.
El suelo comenzaba a vibrar.
Kállos se colocó a mi lado.
—Ya vienen.
Entrecerré los ojos.
A lo lejos apareció una nube de polvo cada vez más grande.
Detrás de ella comenzaron a distinguirse miles de figuras, lanzas, escudos, caballos y camellos.
Aunque algo más acompañaba a esos miles de guerreros, unas bestias enormes que rugían desde sus trompas.
Eran elefantes.
Ocho grandes bestias venían junto a un carro de combate.
Apreté con fuerza el escudo que había pertenecido a mi padre, nunca ninguno de nosotros había visto tan colosales
animales en persona.
Kallias había dicho que teníamos que esperar, no importaba cuánto tardaran, no importaba lo aterrador que pareciera
el ejército enemigo, nuestra oportunidad dependía de poder alcanzar al general enemigo.
Miré a los soldados y volví a mirar al enemigo, los Aserios continuaban avanzando hacia el puente.
La verdadera batalla estaba a punto de comenzar.