Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mago Jack 1
Entre las personas que Emma había comenzado a tratar con frecuencia estaba el mago Jack.
Era un joven de cabello claro, expresión alegre y una capacidad extraordinaria para convertir cualquier situación incómoda en una broma.
Trabajaba cerca del rey, colaborando con los sistemas mágicos de protección del palacio, investigaciones secretas y asistiendo en asuntos relacionados con el mana.
Para muchos magos, ocupar aquel puesto era un honor extraordinario.
Jack, en cambio, parecía considerarlo una condena.
—¡Capitana Viceroy!
Emma se volvió al escuchar su voz.
El mago caminaba apresuradamente por el corredor, con varios documentos bajo el brazo.
—Buenos días, mago Jack.
—¿Ha visto al consejero real?
—Hace unos minutos. Se dirigía a la sala de reuniones.
Jack se detuvo en seco.
—¿A la sala de reuniones?
—Sí.
El mago miró hacia el extremo del corredor.
Después hacia una puerta lateral.
Finalmente, volvió a mirar a Emma.
—¿Y sabe cuánto tiempo piensa quedarse allí?
Emma arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Jack sonrió.
—Por curiosidad académica.
—¿Curiosidad académica?
—Es una expresión perfectamente respetable.
Emma miró los documentos que llevaba.
—¿Está intentando evitar otra reunión?
Jack se llevó una mano al pecho.
—Capitana, me hiere que piense eso de mí.
—Ayer lo encontré escondido detrás de una estatua.
—Estaba estudiando la acústica del corredor.
—Y anteayer salió corriendo por una puerta de servicio cuando el rey preguntó quién había preparado el informe sobre las barreras mágicas.
—Tenía una cita importante.
—Con su esposa.
—¡Exactamente! Una cita importantísima con mi maravillosa esposa.
Emma soltó una carcajada.
Jack parecía sinceramente convencido de que su matrimonio constituía una justificación válida para escapar de cualquier obligación laboral.
Y, aunque Emma encontraba su comportamiento absurdo, también le resultaba refrescante.
Jack no parecía impresionado por el prestigio del palacio.
No consideraba que estar cerca del rey fuera el mayor honor de su vida.
Lo que deseaba era terminar su trabajo, regresar a casa y pasar tiempo con la mujer que amaba.
Emma, que había dedicado tantos años a perseguir el reconocimiento militar, encontraba aquella actitud curiosamente admirable.
—¿Nunca se siente honrado por trabajar tan cerca de Su Majestad?
Jack la miró como si hubiera planteado una cuestión filosófica de extraordinaria complejidad.
—Por supuesto que me siento honrado.
—No lo parece.
—Estoy honrado durante el horario laboral. Después del horario laboral, deseo recuperar mi libertad.
Emma se echó a reír.
—¿Y si el rey lo convoca?
Jack palideció.
—Entonces recordaré que soy un servidor leal de Sunderland.
—Qué noble.
—Y después buscaré una manera de convencerlo de que el asunto puede esperar hasta mañana.
Emma volvió a reír.
Le simpatizaba Jack.
No porque fuera particularmente disciplinado, sino porque parecía haber comprendido algo que ella todavía estaba aprendiendo.. el trabajo podía ser importante sin convertirse en la totalidad de una vida.
Y, además, cada vez que lo veía escapar de una reunión, Emma encontraba una nueva razón para alegrarse de que no todos los hombres del palacio fueran tan solemnes como los oficiales del ejército.
Aquella tarde, Emma se encontraba en una pequeña oficina del palacio revisando los planos de seguridad de una ruta que lady Alana debía recorrer al día siguiente.
El despacho era modesto, pero estaba bien organizado. Tenía un escritorio, varias estanterías y una ventana desde la que se veía parte de los jardines interiores.
Emma había comenzado a apreciar aquel espacio.
Era suyo.
Bueno, en realidad pertenecía al palacio, pero ella tenía permiso para utilizarlo y nadie había intentado convertirlo en un salón de bordado.
Lo consideraba una victoria personal.
Estaba marcando una posible modificación en la ruta cuando escuchó voces en el corredor.
Al principio no prestó atención.
El palacio estaba lleno de conversaciones, órdenes y discusiones administrativas.
Sin embargo, una de las voces le resultó familiar.
—¡No pienso aceptar eso!
Emma levantó la cabeza.
Era Jack.
El mago hablaba con una irritación que ella jamás le había escuchado.
No estaba bromeando.
No estaba riéndose.
Y, desde luego, no parecía tener ninguna intención de escapar.
Emma dejó la pluma sobre el escritorio y se acercó a la puerta.
En el corredor encontró a Jack frente a un hombre alto, de cabello blanco y expresión burlona.
El desconocido tenía una apariencia elegante, vestía ropa de noble y llevaba la clase de sonrisa que Emma había aprendido a desconfiar desde sus primeros días en la academia militar.
Era de la edad de Eric, quizá.
Su postura transmitía seguridad, y sus ojos parecían divertirse con la irritación del mago.
—No puedes seguir haciendo esto.. Tengo trabajo.
—Lo sé.
—Entonces deja de venir a molestarme.
—Pero si precisamente he venido a verte.
—No has venido a verme. Has venido a fastidiarme.
El hombre se llevó una mano al pecho.
—Qué manera tan cruel de tratar a tu hermano.
Emma se detuvo.
[¿Su hermano?]
Jack se pasó una mano por el cabello.
—Jared, por todos los dioses, tengo asuntos que atender.
—Y yo tengo derecho a visitar a mi hermano menor.
—Puedes visitarme en casa.
—Tu casa está demasiado lejos.
—Vives a menos de una hora.
—Exactamente. Demasiado lejos.
Jack lo miró con una expresión de profundo cansancio.
El desconocido sonrió todavía más.
Emma comprendió entonces que aquella discusión no era una disputa entre dos funcionarios.
Era una batalla familiar.
Y, por alguna razón, el hombre de cabello blanco parecía estar disfrutándola muchísimo.
—¿Qué quieres?
—Conversar.
—Ya estamos conversando.
—No. Tú estás gritando y yo estoy intentando mantener una relación fraternal saludable.
—¡Estás disfrutando de esto!
—Muchísimo.
Emma tuvo que contener una sonrisa.
Aquello explicaba bastantes cosas.
Jack tenía un humor alegre, pero aquel hombre parecía haber perfeccionado el arte de irritarlo hasta convertirlo en una disciplina.
—Tengo que regresar al trabajo
—Entonces regresa.
—¡Deja de seguirme!
—No te estoy siguiendo. Estoy caminando en la misma dirección.
Jack levantó las manos hacia el techo.
—¡Majestad, concédeme paciencia!
El hombre de cabello blanco soltó una carcajada.