Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 10
VICTORIA
Ismael condujo en silencio hasta la mansión. El aire dentro del auto se sentía un poco extraño, pero los motivos ahora eran distintos. Nos habíamos sincerado a la orilla de la carretera, dejando salir a flote los verdaderos temores de ambos, los cuales no tenían nada que ver con falta de atracción, sino que siempre giraron en torno a ella, a mi precioso ángel. Aunque yo creía que no significaba nada para él, me lo aclaró muy a su estilo, con una sinceridad directa y sin rodeos, dejando en evidencia la razón más dulce: su principal prioridad es Ismara. Demostró una vez más lo que sé desde hace mucho tiempo: que tiene un gran corazón, incapaz de herirla. Fue por eso por lo que reaccionó así, intentando frenar sus deseos primitivos de hombre.
¡Gracias al cielo, solo me equivoqué en la interpretación!
Aclarada la situación, florecieron los auténticos sentimientos con un beso que no esperaba, dejando bien claro que este caballero de brillante armadura no es de hule. Con palabras elocuentes y contundentes, como todo en él, no me permitió dudar de que yo también lo deseo con todas mis fuerzas. Aunque me avergüence un poco, he fantaseado tantas ocasiones con estar entre sus brazos que, a estas alturas, no tengo nada que perder. Estamos bien grandecitos, aunque creo que tal vez un poquito oxidados por todos estos años fuera de servicio...
Al llegar, demostró su faceta de honorable hidalgo abriendo la puerta con una cortesía impecable para ayudarme a bajar. Sin embargo, apenas cruzamos el umbral y la puerta se cerró tras nosotros, la compostura se desmoronó en cuestión de microsegundos. Como un león a su presa, me acorraló contra la pared con un ímpetu que me robó el aliento. Sus besos eran apasionados, urgentes, de esos que cortan la respiración de manera exquisita.
En ese instante, poco importaba nuestra madurez; nos buscábamos con la intensidad de dos adolescentes cuyas hormonas dictan las reglas, devorándonos con la libertad de quien se sabe a salvo de miradas ajenas. La temperatura subió como el sol del desierto al mediodía. Nuestras lenguas se encontraron en una danza perfecta, en una sincronía que solo el tiempo y el deseo conocen. Las manos perdieron la timidez iniciando una exploración detallada de nuestros cuerpos, los cuales gritaban a voces por placer y con premura. Ya no podíamos, ni queríamos, contener este remolino de sensaciones.
La ropa empezó a estorbarnos, sintiéndose como una armadura innecesaria en medio de nuestro escrutinio de caricias descaradas, roces y suspiros hambrientos. Caminamos torpemente hacia la sala y, en menos de un parpadeo, terminamos entrelazados en el sofá, fundidos en un abrazo tan estrecho que era imposible saber dónde terminaba su cuerpo o iniciaba el mío. En ese instante, bajo la luz de la mañana que entraba por los ventanales, no existía nada más que nosotros dos y la electricidad retenida durante tantos años de soledad.
No fueron necesarias las palabras. Sus besos húmedos sobre mi piel tenían su sello personal, con un recorrido que iniciaba en mi boca y descendía sin prisa, lento y tortuoso, provocando suspiros que inundaban el salón con arqueos involuntarios de placer. Él tenía claro lo que estaba haciendo, mientras yo solo disfrutaba de sus refinados conocimientos. Al final... ¡Ummm!, ¿quién era yo para detenerlo? Una inexperta de cuarenta y tantos años.
Los pequeños mordiscos sobre mis pechos me reclamaban como suya, como territorio conquistado, mientras sus manos los amasaban como si siempre le hubiesen pertenecido. Con urgencia experta me despojó de los pantalones, dejándome en ropa interior. Su mirada recorrió lo poco que quedaba a la imaginación con una suficiencia que me incendió. Sus dedos largos buscaron mi centro, corriendo con simpleza lo que estorbaba, presionando con una lentitud provocadora que me hizo descubrir un placer desconocido, agudo y asfixiante. Poco a poco daba giros lentos que arrancaron gemidos entrecortados.
Aquel placer desconocido me golpeó con la fuerza de un secreto guardado a voces por demasiado tiempo. Aquellos siete días que duró mi matrimonio —que debieron ser el inicio de todo, pero terminaron siendo un sepulcro de seda y promesas rotas— dejaron guardado mi cuerpo como un santuario que nadie llegó a habitar hasta ahora. Bajo el peso de este amor que coleccioné por tantos años en silencio, el calor de este hombre y su avidez en cada roce hacen que la virginidad que una vez fue una ofrenda a mi primer amor se sienta como una cadena rota. Ahora no es solo el placer lo que sus dedos despiertan; es la vida reclamando su lugar tras años de luto y silencio.
Mis gemidos no eran solo de placer; eran la música orquestando la antesala de lo que no conocí en mi juventud. Sus movimientos continuaban con un ritmo hipnótico hasta hacerme escapar una súplica cargada de angustia:
—Ismael, no te detengas, por favor —susurré, y mi propia voz me resultó extraña, cargada de una sed que no sabía que tenía.
Mis manos, antes tímidas, buscaron sus hombros, aferrándome a él como un náufrago a su tabla de salvación. Ya no me importaba nada; lo que me aterraba era que se detuviera. Quería que borrara con su fuego los restos de mi apocamiento, que sus caricias amasaran mi carne hasta que no quedara rastro de la mujer que solo conocía el amor a través de la pérdida.
Él suspiró extasiado ante mi petición. Sus ojos se oscurecieron hasta llevarme directo al cielo, dejándome con las piernas temblando y el corazón acelerado.
—¿Estás bien, pequeña?
—Ummm... —respondí, apenas recuperando el aliento.
—No te lastimé, ¿verdad? Noto que eres muy estrecha; entre lo poco que duró tu matrimonio y la cantidad de tiempo sin intimidad, no me gustaría que no lo disfrutaras plenamente...
—No... Estoy bien... —dije, observando el evidente bulto en sus pantalones.
—¿Quieres que vayamos arriba? Te prometo ir un poco más despacio esta vez...
—¡Sí! ¡Sí, sí! Solo te pido que me guíes para poder complacerte también...
Sujetó mi mano suavemente:
—No te preocupes por eso, Vicky. Poco a poco te irás desinhibiendo. No tengas miedo de pedir, como lo hiciste hace un momento; los dos aprendemos en el camino.
Los colores saltaron a mi rostro. Subimos a su habitación y, al entrar, iniciamos con unos besos no aptos para cardíacos. Sus manos quitaron con cuidado la ropa íntima que aún tenía puesta. Animada por el momento, me aventuré a admirar su cuerpo y me deshice de lo que quedaba de su indumentaria, dejando al descubierto a un amigo robusto y de muy buen ver. Cabe destacar que sus dimensiones eran un poco inquietantes, pero al notar mi intranquilidad por la sorpresa, me preguntó con amabilidad:
—¿Estás bien, Victoria?
—Sí... —respondí, con un hilo de duda en mi tono.
—¿Qué pasa? Puedes decirme sin miedo.
—Nada, Ismael... Solo que no sabía que... —suspiré con cierta zozobra.
—Ummm, eso... No tienes por qué temer, yo te voy a cuidar. Solo relájate... —dijo, besándome con ternura.
Caminamos a la cama y me acosté. Él empezó a subir por mis piernas, acariciándolas y abriéndolas poco a poco para introducir cautelosamente un dedo, moviéndolo con precisión quirúrgica mientras jugaba en mis pechos con su lengua. Cuando se percató de que la excitación era la adecuada, me colocó sobre él para que fuese yo quien controlara la situación.
Me deslicé pausadamente, llenando con suavidad el espacio ante su mirada atenta. Sus caricias fueron cruciales para sentirme cómoda con toda la exuberante belleza de su amigo fiel, que no se intimidó ante el reto de mi pequeña valiente, donde el espacio era muy reducido. Tras un buen rato logramos armonizar el lugar deliciosamente, iniciando una danza sincronizada de acoples perfectos llenos de éxtasis y placer desenfrenado. Fue una de mis primeras cabalgatas, una de muchas que espero seguir teniendo durante el resto de mi vida.
El roce piel con piel, su mirada fija en el subir y bajar de mis senos que no respetaban la gravedad, y sus grandes manos sujetando mi trasero para evitar que me lastimara hicieron que al fin todo se adaptara a la perfección. Nos dejamos llevar. Escucharlo gruñir de regodeo me encendió aún más, y yo no pude evitar gemir sin miedo a que me escucharan en Malasia, hasta llegar junto a él a un orgasmo descomunal en el que creí que me iba a morir de tanto encanto, cayendo rendida sobre su pecho, escuchando su corazón a punto de estallar al igual que el mío.
Nos quedamos quietos. Sus brazos me rodearon disfrutando de esta maravilla y, cuando recuperamos el aliento, repetimos la receta dos o tres veces más, como si el mundo se fuese a acabar, antes de prepararnos para ir a ver a Ismara al hospital con una enorme sonrisa pintada en la cara.