Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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La Huida Calculada
La mañana siguiente despuntó helada y gris sobre la ciudad. Ana regresó a la residencia Karénin con el rostro sereno y la mirada enmarcada en una frialdad matemática. El silencio en la gran casa vacía resultó ensordecedor; la ausencia brusca de Alexéi Karénin llenó los corredores de una atmósfera tóxica de abandono y sospechas no dichas entre los sirvientes. Sin perder un solo minuto en contemplaciones, Ana ordenó a las doncellas empacar sus pertenencias más valiosas en voluminosos baúles de viaje.
—¿Saldrá la señora de la ciudad? —preguntó la sirvienta con voz vacilante, al ver la prisa desenfrenada con la que empacaron abrigos y vestidos.
—Voy a alcanzar a mi esposo —respondió Ana con una firmeza impecable, manteniendo la actuación de la esposa abnegada—. Un matrimonio no puede permanecer separado en momentos de tanta incertidumbre.
La estrategia de Ana no buscó el refugio ni el perdón de Karénin. Todo formó parte de un maquiavélico juego de persecución. Ana supo con absoluta certeza que si permanecía en San Petersburgo esperando sumisamente la llamada del Zar, Alejandro II perdería el interés rápidamente; para un depredador imperial como él, lo que se obtenía sin resistencia carecía de valor. Necesitaba alimentar esa obsesión tóxica, desesperarlo, obligarlo a cruzar todos los límites de la razón y del poder.
Ana subió al carruaje junto a su pequeño hijo Seriozha y se dirigió a toda prisa hacia la estación central de trenes. Compró los billetes para el tren con destino a las provincias del norte, el mismo trayecto helado por donde enviaron a Karénin unas horas antes. Subió al vagón de primera clase, se acomodó junto a la ventanilla y apretó las manos cubiertas por guantes de piel.
El silbato del tren resonó en la estación y la enorme máquina de vapor comenzó su marcha sobre los rieles helados. Ana miró hacia atrás, observando cómo la capital se alejó lentamente entre la niebla. Sonrió para sus adentros; el anzuelo quedó lanzado y la bestia no tardaría en morderlo.
Mientras tanto, en el Palacio de Invierno, el Zar Alejandro II despertó en su alcoba imperial buscando a la mujer que lo enloqueció la noche anterior. Al encontrar la cama vacía, un ataque de furia desmedida invadió su pecho. Vistió su uniforme militar a toda prisa y caminó a grandes zancadas hacia el despacho donde Ivanov revisó informes oficiales.
—¿En dónde está Ana Karénina? —demandó el Zar con la voz alterada por un deseo enfermizo y desbordado—. ¡Dije que la vigilaran cada segundo!
Ivanov se levantó de inmediato, palideciendo ante la mirada siniestra del monarca.
—Señor... la señora Karénina abandonó su residencia esta misma mañana. Tomó sus maletas, subió al tren de las diez de la mañana y se dirigió tras los pasos de su esposo.
—¡Maldita sea! —gritó el Zar, golpeando con rabia la mesa de caoba y derribando el tintero de plata—. ¡Ella me pertenece a mí! ¡No voy a permitir que regrese con ese infeliz!
La fijación del soberano se volvió completamente enfermiza. No toleró la sola idea de que la mujer que probó en sus brazos se escapara hacia los brazos de otro hombre o pretendiera jugarle a la esposa fiel.
—Toma a mi guardia personal de inmediato —ordenó Alejandro II con la mirada inyectada en rabia y obsesión—. Alcanza ese tren. Haz detener la máquina en medio de los rieles si es necesario. Quiero que la bajen a la fuerza, que la aprensen como a una criminal y la traigan directamente a mi presencia.
Ivanov lo miró sorprendido ante el escándalo público que semejante acto generaría.
—Señor... ¿con qué pretexto detendremos un tren de la red oficial y bajaremos a una dama de la alta aristocracia a la vista de todos los pasajeros?
—¡Invenáse cualquier mentira! —bramó el Zar fuera de sí—. Digan que robó algo de incalculable valor del palacio imperial. Digan que es una ladrona que debe ser interrogada por la guardia de la corona. ¡No me importa lo que piense la plebe, pero tráiganme a esa mujer ahora mismo!
La orden se ejecutó con una brutalidad e impunidad absolutas. Tres horas más tarde, en medio de la desolada estepa cubierta de nieve, el tren redujo la velocidad bruscamente entre chirridos metálicos hasta detenerse por completo. La confusión y el pánico se apoderaron de los vagones.
Un escuadrón de la guardia personal del Zar, vistiendo sus imponentes uniformes y portando armas largas, abordó el vagón de primera clase. Los pasajeros gritaron asustados mientras los soldados avanzaron a grandes zancadas hasta el asiento donde permaneció Ana.
—Señora Ana Karénina —anunció el oficial al mando con voz potente, resonando en todo el vagón—. Queda usted arrestada por orden directa de Su Majestad Imperial.
Ana fingió un profundo terror, cubriéndose el rostro con las manos y dejando escapar un sollozo contenido. Los pasajeros murmuraron horrorizados ante la escena.
—¿De qué se me acusa? —preguntó Ana con la voz quebrada, temblando visiblemente ante la mirada de todos.
—Ha sido acusada formalmente de robar una valiosa joya de los aposentos del palacio —declaró el oficial sin pestañear—. La guardia imperial tiene órdenes de aprehenderla y trasladarla de inmediato ante el Zar para su interrogatorio privado.
Los murmullos en el vagón aumentaron. Las damas de la nobleza susurraron detrás de sus abanicos, preguntándose qué clase de delito cometió aquella elegante mujer para desatar semejante persecución por parte de la guardia del soberano.
Los soldados la tomaron firmemente de los brazos y la bajaron del tren en medio del frío inclemente. Ana dejó que la arrastraran con supuesta debilidad hacia el carruaje militar que la esperaba a un costado de las vías. Mientras las puertas del vehículo se cerraron y el carruaje emprendió el regreso a San Petersburgo a toda velocidad, Ana limpió las lágrimas falsas de sus ojos y soltó una carcajada helada y triunfal.
El Zar cayó por completo en su juego tóxico de persecución. La cacería imperial estuvo en marcha, y esta vez, la presa era quien sostenía las riendas del destino.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa