Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 21 La bala que cambió todo
El disparo partió la oscuridad.
Victoria cerró los ojos.
Esperó sentir el impacto.
Pero no llegó.
Escuchó un grito.
—¡VICTORIA!
Abrió los ojos.
Lucía estaba frente a ella.
Y tenía sangre en el hombro.
—¡Lucía!
Victoria la sostuvo antes de que cayera.
—No… no…
Lucía apretó los dientes.
—Estoy bien.
—¡Te disparó!
—No fue en el pecho.
Victoria levantó la mirada.
Julián seguía al fondo del túnel.
Con el arma en la mano.
Y una expresión imposible de descifrar.
—¿Por qué? —preguntó Victoria—. ¿Por qué disparaste?
Julián bajó lentamente el arma.
—Porque si no lo hacía, él habría disparado primero.
Victoria miró detrás de él.
Arturo estaba apuntando.
Daniel también.
Y Sebastián tenía su propia arma levantada.
Todo podía estallar en cualquier segundo.
—¡Bajen las armas! —gritó Elena.
Nadie obedeció.
Arturo miró a Julián.
—Siempre fuiste un cobarde.
Julián respondió:
—Y tú siempre fuiste un asesino.
Arturo sonrió.
—Pero sigo vivo.
—Por ahora.
Victoria miró a Julián.
—¿Eres mi padre?
El túnel quedó en silencio.
Julián la miró durante varios segundos.
—Sí.
La mujer que había permanecido encerrada dio un paso atrás.
—No.
Julián la miró.
—Sí, Isabel.
La mujer comenzó a llorar.
—Me dijiste que eras mi padre.
—Lo soy.
Victoria sintió que el mundo se inclinaba.
—Entonces…
Miró a la mujer.
—¿Somos hermanas?
Julián bajó la mirada.
—Sí.
Victoria soltó el aire lentamente.
Por primera vez, una de las piezas parecía encajar.
Pero solo por un instante.
Porque Arturo comenzó a reír.
—Qué bonito.
Victoria lo miró.
—¿Qué te causa gracia?
—Que sigan creyendo en Julián.
Julián apuntó hacia él.
—Cállate.
Arturo negó con la cabeza.
—Dile la verdad completa.
—Ya la sabe.
—No.
Arturo sonrió.
—Todavía no sabe cuál de las dos es mi hija.
Victoria se quedó inmóvil.
La mujer también.
Elena comenzó a llorar.
—Arturo, basta.
—¿Por qué? —respondió él—. Después de tantos años, quizá ya sea hora.
Victoria miró a su madre.
—¿Cuál de nosotras es su hija?
Elena no contestó.
Victoria sintió que la rabia le subía hasta la garganta.
—¡Mamá!
Elena cerró los ojos.
—No lo sé.
Arturo soltó una carcajada.
—Mentira.
—¡No lo sé! —gritó Elena.
El eco de su voz recorrió el túnel.
Victoria retrocedió.
—¿Cómo que no lo sabes?
Elena respiró entrecortadamente.
—Porque cuando nacieron…
Se detuvo.
—Cuando nacimos, ¿qué?
—Las separaron.
La mujer llamada Isabel comenzó a temblar.
—¿Quién?
Elena miró a Arturo.
—Ellos.
Victoria sintió que la sangre le hervía.
—¿Por qué?
Arturo respondió:
—Porque una de ustedes era demasiado importante.
—¿Para qué?
Arturo sonrió.
—Para continuar una familia.
Victoria lo miró con desprecio.
—No somos objetos.
—Para mí sí lo fueron.
Daniel bajó lentamente el arma.
—Arturo…
—Tú no hables.
—Ya terminó.
Arturo lo miró.
—¿De verdad crees eso?
Daniel dio un paso.
—Sí.
—Entonces pregunta quién está afuera.
Daniel se quedó inmóvil.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Arturo sonrió.
—Que nunca vine solo.
Se escuchó un ruido arriba.
Después otro.
Pasos.
Muchos pasos.
Sebastián miró hacia la escalera.
—Nos rodearon.
Mateo sacó otra arma.
—Tenemos menos de un minuto.
Victoria miró a Lucía.
La sangre seguía bajando por su brazo.
—Tenemos que sacarte de aquí.
Lucía negó.
—Primero tú.
—No voy a dejarte.
—Victoria…
—No.
Victoria tomó su rostro entre las manos.
—Ya te perdí una vez.
Lucía la miró.
—Nunca me perdiste.
—Creí que sí.
—Yo siempre estuve aquí.
Victoria la abrazó.
—Te amo.
Lucía cerró los ojos.
—Yo también.
Un disparo desde arriba interrumpió el momento.
—¡Muévanse! —gritó Sebastián.
Todos comenzaron a correr.
Daniel tomó a Lucía del brazo.
—Ven.
Victoria lo detuvo.
—Yo la llevo.
Daniel la soltó.
—Está bien.
Arturo intentó avanzar.
Sebastián le apuntó.
—Un paso más y disparo.
Arturo levantó las manos.
—No tienes valor.
—Pruébame.
Mateo gritó desde el otro extremo:
—¡El túnel termina aquí!
Habían llegado a una pared.
Victoria miró desesperada alrededor.
—No hay salida.
Isabel se acercó.
—Sí hay.
Tocó una piedra.
Presionó.
La pared comenzó a moverse.
Victoria abrió los ojos.
—¿Cómo sabías?
Isabel respondió:
—Porque pasé diez años aquí.
La pared se abrió.
Del otro lado había una habitación pequeña.
Entraron todos.
Sebastián cerró el mecanismo.
Los disparos comenzaron inmediatamente al otro lado.
Bam. Bam. Bam.
La puerta tembló.
—No va a aguantar —dijo Mateo.
Victoria miró alrededor.
Había una mesa.
Una silla.
Y una caja de madera.
Sobre la caja había una inscripción.
V.
Victoria se acercó.
—¿Qué es esto?
Julián respondió:
—Lo que buscaban desde el principio.
Victoria abrió la caja.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Y un sobre.
En el sobre estaba escrito:
Para Victoria.
Victoria lo tomó.
—¿Quién lo escribió?
Julián respondió:
—Tu madre.
Elena se acercó.
—No.
Victoria la miró.
—¿No qué?
Elena palideció.
—Yo nunca escribí eso.
Victoria abrió el sobre.
Dentro había una sola hoja.
Leyó.
> *Si algún día encuentras esto, significa que fracasé en mantenerte lejos de ellos.*
Victoria tragó saliva.
Continuó.
> *No confíes en quien diga que te salvó.*
Lucía la miró.
—¿Quién?
Victoria siguió leyendo.
> *Ni siquiera en mí.*
Elena comenzó a llorar.
—No…
Victoria levantó la mirada.
—¿Qué hiciste?
—Todo lo que hice fue para protegerte.
—Eso ya no significa nada.
Elena se acercó.
—Victoria, escucha…
—¡No!
La habitación quedó en silencio.
—Estoy cansada de que todos decidan qué verdad puedo soportar.
Julián bajó la mirada.
Victoria lo enfrentó.
—Y tú.
Él levantó los ojos.
—¿Qué?
—Dijiste que eras mi padre.
—Lo soy.
—Entonces dime quién es el padre de Isabel.
Julián guardó silencio.
Isabel comenzó a llorar.
—Dilo.
Julián apretó los labios.
—No puedo.
Victoria sintió que la rabia regresaba.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo…
Una explosión sacudió la habitación.
Todos cayeron al suelo.
La puerta secreta comenzó a abrirse.
—¡Nos encontraron! —gritó Sebastián.
Arturo apareció entre el humo.
Pero no estaba solo.
A su lado había un hombre.
Victoria lo reconoció inmediatamente.
Su corazón se detuvo.
—No…
Lucía la miró.
—¿Quién es?
Victoria no pudo hablar.
El hombre dio un paso hacia ellas.
Era Esteban.
El padre de Lucía.
El hombre que todos habían creído aliado.
Lucía quedó paralizada.
—Papá…
Esteban no respondió.
Arturo sonrió.
—Ahora sí podemos terminar esto.
Lucía miró a su padre.
—¿Tú trabajabas con él?
Esteban bajó el arma.
—Durante muchos años.
Lucía negó con la cabeza.
—No.
—Lo siento.
—¡No!
Lucía avanzó.
—Tú me dijiste que lo hiciste para protegerme.
Esteban cerró los ojos.
—Y era verdad.
—¡Me obligaste a entregar a Victoria!
—Porque si no lo hacía, te mataban.
Victoria lo miró.
—¿Y quién dio la orden?
Esteban levantó lentamente la mirada.
No respondió.
Arturo sí.
—Yo.
Victoria sintió un frío profundo.
—Entonces tú ordenaste todo.
Arturo sonrió.
—No todo.
—¿Qué falta?
Arturo miró a Julián.
—Pregúntale a él.
Victoria giró.
Julián estaba completamente pálido.
—Papá…
Julián levantó la mirada.
—No me llames así.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Julián miró a Isabel.
Después a Elena.
Finalmente a Victoria.
—Porque yo no soy tu padre.
El silencio fue absoluto.
Victoria no pudo reaccionar.
—¿Qué?
Julián tragó saliva.
—Te crié.
—No.
—Te protegí.
—¡No!
—Pero no soy tu padre.
Victoria retrocedió.
Lucía intentó acercarse.
—Victoria…
—No.
Julián continuó:
—Tu padre murió antes de que nacieras.
Victoria sintió que el aire desaparecía.
—Entonces…
Miró a Isabel.
—¿Y el suyo?
Julián cerró los ojos.
—El mismo.
Victoria dejó de respirar.
—¿Quién?
Julián abrió los ojos.
—El hombre que estuvo junto al automóvil aquella noche.
Victoria recordó la grabación.
La que lleve mi sangre.
Miró a Arturo.
Luego a Esteban.
Después a Daniel.
Y finalmente a Julián.
Ninguno habló.
Hasta que Isabel señaló a alguien detrás de ellos.
—No.
Todos voltearon.
Había otra persona en la habitación.
Había entrado sin que nadie la viera.
Una mujer.
Victoria la reconoció.
Era la mujer que durante meses había aparecido en fotografías, documentos y recuerdos.
La mujer que todos habían llamado muerta.
La verdadera madre de Isabel.
La mujer que Victoria creía conocer.
La mujer que Elena había ocultado durante años.
La mujer levantó la mirada.
—Victoria.
Elena se quedó completamente blanca.
—Tú…
La mujer sonrió.
—Hola, Elena.
Victoria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién eres?
La mujer miró a Isabel.
Después a Victoria.
—Soy la razón por la que las separaron.
Arturo bajó lentamente el arma.
Por primera vez…
parecía tener miedo.
La mujer dio un paso hacia adelante.
—Y también soy la única persona que sabe quién provocó realmente el accidente.
Victoria la miró fijamente.
—Dímelo.
La mujer negó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Se acercó a Victoria y susurró:
—Porque el hombre que lo hizo está aquí.
Victoria miró a todos.
Y entonces la mujer señaló a Daniel.
Lucía abrió los ojos.
Daniel quedó inmóvil.
Victoria sintió que algo dentro de ella se rompía.
—No…
Daniel levantó las manos.
—Victoria, escúchame.
—¿Fuiste tú?
—No.
—¡¿FUISTE TÚ?!
Daniel comenzó a llorar.
—Yo provoqué el accidente…
Victoria dejó de respirar.
—Pero no fui yo quien decidió que murieras.
La mujer sonrió.
—Ahora ya empezó a recordar.
Victoria sintió un dolor insoportable en la cabeza.
Y entonces recordó.
No una imagen.
No un fragmento.
Todo.
La noche del accidente.
El automóvil.
La lluvia.
Lucía.
Daniel.
Arturo.
Y una última persona.
Una persona que estaba sentada en el asiento trasero.
Victoria abrió los ojos de golpe.
—Ya sé quién estaba conmigo.
Todos la miraron.
Victoria señaló lentamente hacia la mujer.
—Tú.
La sonrisa de la desconocida desapareció.
Y por primera vez…
ella tuvo miedo.