Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 19: Secretos que llevan toda una vida
📖 Capítulo 19: Secretos que llevan toda una vida
💬 Verónica — Primera persona
Me mira de reojo, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudos se blanquean.
—No es secuestro si es por tu bien —dice con voz tensa—. Vas a mi casa. No a la tuya. Se acabó la discusión.
—¡Rafael, ya estuvo! —le digo, perdiendo la paciencia por completo—. No puedo estar todos los días en tu casa. No tengo ropa ahí, no tengo mis cosas, tu casa parece un hotel impersonal y no un hogar. No hay nada en tu cocina, no hay vida en ese lugar. Así que llévame a mi casa, por favor. Ya me cansé de este juego sin fin. A este paso me voy a hartar y ya no dejaré que te me acerques. No puedes gobernar mi vida. No soy tuya para encerrarme. Soy una persona libre.
Gira bruscamente en la siguiente esquina, casi haciendo que me golpee contra la puerta.
—¡Bien! Pero voy contigo. No te dejaré entrar sola.
—¡Ay, Rafael! ¿No puedes hacer tu vida normal un solo día? ¿No tienes negocios que atender, gente que dirigir, problemas propios que resolver? No puedes estar pegado a mí como si yo fuera tu sombra. Esto no es sano para ninguno de los dos. Y si te vas a la quiebra por no estar pendiente de tus empresas… no es mi culpa. Nada me pasará. No me iré a ningún lado. Debes confiar en mí. Debes tener eso claro siempre.
Frena en seco justo frente a la entrada de mi casa. El cinturón me salva de golpearme contra el tablero.
—¿No entiendes? —me dice, y hay algo roto en sus ojos, algo que me parte el corazón pero que también me asusta un poco—. No puedo explicarte por qué. Solo confía en mí. Por favor. —Respira profundamente, cerrando los ojos un segundo—. Vamos. Entra. Pero no te quitaré el ojo de encima. No te alejes de mi vista.
Pongo los ojos en blanco, sintiendo cómo la frustración me sube por el pecho.
—Haz lo que se te venga en gana. Ya no sé cómo hacerte entender que estoy bien. —Decido ignorarlo, abrir la puerta y bajar.
—No me ignores, Verónica —dice, bajando detrás de mí con rapidez, frustrado consigo mismo más que conmigo.
No le respondo. Entro a mi casa, cierro la puerta detrás de mí y me permito respirar hondo. Mis papás están en la sala viendo las noticias. Al verme, se levantan con una sonrisa.
—¡Mami, papi! —los abrazo con ganas, sintiendo que aquí es mi verdadero refugio.
Rafael entra detrás de mí, se detiene en la entrada y se queda parado, rígido como una columna, escaneando con la mirada cada rincón, cada ventana, cada puerta de salida. Parece un guardia en posición de alerta.
—Disculpen la intromisión —dice con voz seria, aunque educada—. Solo quería asegurarme de que entrara bien.
Papá lo observa con esa mirada suya que lo ve todo, como si estuviera leyendo las líneas invisibles de su historia.
—¿Qué sucede, muchacho? ¿Hay algún problema? ¿Algo nos está ocurriendo que debiéramos saber?
Rafael me mira a mí primero, como buscando confirmación de que estoy bien, y luego responde:
—No hay problema, señor Álvarez. Solo… precaución. Vivimos tiempos inciertos.
—Pareciera que estamos en peligro solo por la forma en que observas todo alrededor —dice papá con calma pero firmeza—. Esa mirada… la conozco. He visto esa mirada antes en gente que ha vivido demasiado pronto.
—Solo me aseguro de que ella esté a salvo —dice Rafael, acercándose un poco más a mí, como instinto, como refugio. Su postura rígida se relaja apenas al notar que estoy tranquila—. No tardaré mucho. Solo quiero verificar que todo esté en orden.
—Rafael, ven conmigo a mi despacho —le invita papá, señalando la puerta del fondo.
Rafael duda, me mira a mí, luego a la puerta del despacho.
—No puedo. Vine a acompañar a Verónica y eso haré. No la dejaré sola.
—Rafael, ella está en su casa. Nada malo le sucederá aquí. ¿O acaso sabes algo que nosotros no sabemos? —pregunta papá, dando un paso hacia él—. Si hay un peligro real, tenemos derecho a saberlo.
Rafael se pasa una mano por el cabello, visiblemente luchando consigo mismo.
—No puedo… no me corresponde a mí decirlo. Solo necesito saber que está bien aquí. Que nadie entra que no deba entrar.
—Solo unos minutos, muchacho. A mi despacho. Ahora —repite mi padre, y hay algo en su voz que no admite negativa. No es una invitación, es una indicación.
Rafael me mira, y por un instante veo algo peligroso y vulnerable mezclado en sus ojos oscuros. Luego asiente lentamente. Me toma la mano con firmeza, casi con desesperación.
—No te alejes de mí. Quédate cerca. Vamos juntos.
—Ella no viene, Rafael —dice papá con claridad—. Verónica, sube a tu habitación, cámbiate, descansa un momento. Rafael y yo tenemos que hablar de algo privado. Tú no necesitas escucharlo.
Le aprieto la mano a Rafael para calmarlo.
—Ve con él. Yo subo a cambiarme. No querrás enojar a mi papá, ¿verdad? No pasará nada. Te lo prometo. Estoy en mi casa. Segura.
Me suelta lentamente, como si le costara soltarme.
—Cinco minutos. Solo cinco minutos y regreso contigo. No salgas de tu cuarto. Cierra con seguro si necesitas. Y si escuchas algo… grita. Estaré aquí antes de que llegue cualquiera.
—Está bien. Solo habla con él. No te pongas a la defensiva, por favor. Solo escúchalo.
Papá le hace una seña que lo siga, y ambos entran al despacho. La puerta se cierra suavemente detrás de ellos. Subo las escaleras hacia mi cuarto, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. Algo me dice que lo que están por hablar ahí dentro… cambiará todo.
🕯️ Dominico — El padre que lo vio todo crecer
Me siento detrás de mi escritorio y le señalo la silla frente a mí. Rafael se sienta en el borde, tenso, listo para salir en cualquier momento. No es solo desconfianza. Es supervivencia. Lo reconozco porque yo también la aprendí a esa misma edad.
—Siéntate bien, muchacho. No te voy a morder —le digo suavemente.
Se acomoda apenas, pero sus ojos no dejan de observarme.
—Sé a qué te dedicas, Rafael. Conozco el mundo en el que te mueves. Y sé quién eres realmente. No necesito que me mientas.
Se pone rígido.
—¿Qué sabe?
—Conocí a tu padre. Él era mi mejor amigo. Mi hermano de otra sangre —digo, y siento cómo se me llenan los ojos de algo que creí perdido hace mucho tiempo—. Y fue él quien me apuñaló por la espalda cuando más lo necesitaba. Me traicionó, desapareció con todo lo que construimos juntos… y dejó a su hijo pequeño sin nada. Sin padre, sin hogar, sin saber quién era realmente.
Rafael se queda inmóvil, como si el aire se le hubiera escapado de golpe.
—¿Usted… nos conocía?
—Te vi por última vez cuando tenías ocho años. Antes de que todo se fuera al diablo. Y desde entonces… he seguido tus pasos desde lejos. No siempre pude protegerte, pero supe dónde estabas. Y ver que te convertiste en un hombre que, a pesar de todo, sabe lo que es el honor… me llena de alivio. Tu padre nos falló, pero tú no saliste como él. Eres valiente. Eres leal. Y eso es tuyo, no de nadie más.
Abro el cajón de mi escritorio y saco un libro antiguo, con la pasta desgastada por el tiempo. Se lo extiendo con ambas manos.
—Esto era de tu padre. Me lo devolvieron hace unos años. Creo que ya es hora de que lo tengas tú. Tiene respuestas a preguntas que ni siquiera sabes que tienes. Y tiene algo que te pertenece. Algo que él te dejó antes de… antes de que todo terminara.
Rafael lo toma entre sus manos con temblorosa reverencia, como si fuera algo sagrado. Lo abre despacio. Y en la primera página, hay una dedicatoria escrita con una letra que no reconoce pero que siente extrañamente familiar:
Para mi hijo. Si estás leyendo esto, significa que fallé. Pero quiero que sepas que lo hice para protegerte. No confíes en nadie excepto en quien lleve este mismo anillo. Y cuida de quien ames, como yo no pude cuidar de ti. Te amo, hijo. Siempre.
Rafael levanta la vista hacia mí, con los ojos brillando con lágrimas que ha contenido toda su vida.
—¿Por qué… por qué ahora? ¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque el momento no estaba listo, muchacho. Ahora sí. Y porque hay algo más que necesitas saber. Algo que cambiará la forma en que ves todo esto… incluyendo a Verónica. Siéntate. Esto tomará más de cinco minutos. Y necesitas escucharlo todo hasta el final.
CONTINUARÁ ✨