**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 20
Zhener llegó a su habitación, cerró la puerta de un portazo y caminó directamente hacia la cama.
Se arrojó sobre el colchón.
Después empezó a patalear como si estuviera teniendo una rabieta.
—¡¿POR QUÉ, ZHENER?! ¡¿POR QUÉ?!
Agarró una almohada y se la puso sobre la cara.
—¡¿Por qué te rendiste en los brazos de ese mafioso sexy?!
Se quedó inmóvil.
Retiró lentamente la almohada.
—Espera… ¿sexy?
Apretó los labios.
—¡NO IMPORTA! ¡ESE NO ES EL PUNTO!
Volvió a enterrar la cara en la almohada y soltó un grito ahogado.
¡Era una desgraciada!
¡Una completa desgraciada!
¿Cómo había podido olvidar por unas horas que estaba secuestrada por un hombre que probablemente consideraba las leyes simples sugerencias?
¡Y no cualquier hombre!
¡No!
¡Tenía que ser Adrián!
El mismo hombre que podía ordenar que alguien desapareciera antes de terminar su café. El mismo que tenía a media mafia temblando con solo escuchar su nombre.
Y ella había terminado abrazada a él.
¡ABRAZADA!
Zhener levantó la cabeza de golpe.
—¡Y encima dormimos juntos!
Se cubrió la cara con ambas manos.
Las imágenes de la noche anterior comenzaron a desfilar por su mente, y sus mejillas se encendieron inmediatamente.
Recordaba haberse sentido triste. Recordaba que Adrián se había acercado, que había intentado consolarla y que, por un momento, ella había dejado de resistirse.
Recordaba sus brazos alrededor de su cuerpo.
Su calor.
La forma en que la había mirado.
Y, sobre todo, recordaba lo bien que se había sentido al dejar de fingir que podía soportarlo todo por sí sola.
Zhener soltó un gemido de desesperación.
—¡NOOOOO!
Se dio la vuelta y volvió a patalear.
—¡Te volviste loca! ¡Perdiste completamente la cabeza! ¡Ese hombre es un mafioso, Zhener! ¡UN MAFIOSO!
Se incorporó y señaló a la nada, como si estuviera regañando a otra persona.
—¡Te secuestró! ¡Te encerró en su casa! ¡Y tú vas y te acurrucas contra su pecho como una gatita abandonada!
Hizo una pausa.
—Una gatita muy digna, por cierto.
Parpadeó.
—¡ESO TAMPOCO VIENE AL CASO!
Volvió a desplomarse sobre la cama.
Su dignidad estaba muerta.
No, peor.
¡Adrián la había enterrado en el jardín junto con sus malditas rosas rojas!
Zhener se tapó la cara con la almohada.
—No puedo creerlo…
Y entonces recordó algo todavía peor.
La sonrisa de Adrián durante el desayuno.
¿Todavía no tienes síndrome de Estocolmo?
¡MALDITO!
¡MALDITO HOMBRE!
¡¿CÓMO SE ATREVÍA A DECIRLE ESO CON ESA CARA TAN TRANQUILA?!
Zhener apretó la almohada entre los brazos.
—¡Solo fue un momento de debilidad! ¡UN MOMENTO! ¡Eso no significa nada!
Se quedó callada.
Después murmuró:
—Aunque sus brazos eran bastante cómodos…
Abrió los ojos de golpe.
—¡ZHENER!
Se sentó en la cama y se dio una palmada en la frente.
—¡Deja de hablar! ¡No vuelvas a pensar! ¡Tu cerebro está oficialmente despedido!
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Zhener se quedó rígida.
—¿Quién es?
—Soy yo, mi amor.
Adrián.
Por supuesto.
¿Quién más podía aparecer justo cuando estaba teniendo una crisis existencial?
—¡VETE!
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Te traje un postre.
Zhener miró la puerta.
Su estómago traidor eligió aquel instante para recordarle que todavía no había terminado de desayunar.
—¿Qué postre?
Se tapó la boca inmediatamente.
¡NO!
¡NO PODÍA PERMITIR QUE AQUEL HOMBRE DESCUBRIERA SUS DEBILIDADES!
—Tu favorito —respondió Adrián.
Zhener cerró los ojos.
Maldito.
Maldito.
Maldito.
—Déjalo en la puerta.
—De acuerdo, preciosa.
Ella esperó.
Unos segundos después, escuchó sus pasos alejándose.
Zhener se levantó con cautela y se acercó a la puerta. Abrió apenas una rendija.
El pasillo estaba vacío.
Y, sobre una pequeña bandeja, había un plato con su postre favorito y una nota escrita a mano.
La tomó y leyó:
Para mi preciosa esposa, que esta mañana ha descubierto que puede insultarme durante diez minutos seguidos sin perder el apetito.
Debajo había dibujado un pequeño corazón.
Zhener abrió la boca.
—¡¿ESPOSA?!
Arrugó la nota.
La desarrugó.
Volvió a leerla.
Y se sonrojó.
—¡NO SOY TU ESPOSA, IDIOTA!
Cerró la puerta de golpe.
Luego miró el postre.
Su expresión se volvió seria.
—Bueno… desperdiciar comida sería una falta de respeto.
Se sentó en la cama con la bandeja y tomó una cucharada.
Estaba delicioso.
Demasiado delicioso.
Zhener suspiró, contemplando la nota que había dejado a su lado.
—Te odio, Adrián.
Tomó otra cucharada.
—Te odio muchísimo.
Una tercera.
—Y mañana vas a tener que traerme otro.
Se quedó inmóvil.
Después dejó caer la cuchara sobre el plato.
—¡ESTOY PERDIDA!
Y, mientras Zhener volvía a esconder la cara entre las almohadas, al otro lado de la puerta Adrián se detuvo por un instante.
Había regresado porque había olvidado algo.
Escuchó el grito.
Sonrió.
Su mujer podía negarlo todo lo que quisiera.
Podía llamarlo secuestrador, mafioso, desgraciado y cualquier otra cosa que se le ocurriera.
Él no necesitaba que lo llamara esposo para saber que, poco a poco, estaba consiguiendo entrar en su corazón.
Pero Adrián también sabía que una cosa era hacerla sonrojarse y otra muy distinta conseguir que confiara en él.
Y esa segunda tarea no pensaba apresurarla.
Por ahora, le bastaba con saber que Zhener estaba comiendo el postre que le había llevado.
Aunque, si alguien le preguntaba, jamás admitiría que había pasado veinte minutos preguntándole al cocinero cuál era la mejor presentación para impresionarla.
Porque el jefe de la mafia tenía una reputación que mantener.
Incluso si su mayor preocupación aquella mañana era conseguir que su mujer aceptara otro beso sin amenazar con golpearlo con una almohada.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción