Clara Alencar tiene veintiún años, una fe inquebrantable y un futuro trazado en líneas rectas: estudiar, rezar, ganar la beca de Wharton y no desviarse jamás. Nunca ha estado con un hombre. Nunca ha puesto un pie en el morro que ve cada noche en el noticiero.
Ruan Valente manda en ese morro. Dueño del Dendê, tatuado, implacable y obsesionado con dejar un heredero que lleve su apellido, pero sin una mujer que pueda reclamarle nada. Por eso depositó su semilla en una clínica del asfalto. Un plan perfecto... hasta que una médica drogada confundió las bandejas.
Un error en un consultorio. Una joven que nunca debió estar allí. Un hombre que ahora sabe exactamente dónde vive, a qué hora vuelve a casa y qué hará con lo que lleva dentro.
Entre la oración y la rabia, entre el miedo y un deseo que no sabe explicar, Clara descubrirá que el hombre que le arrebató la libertad es también el único capaz de arrebatarle el aliento. Y Ruan, acostumbrado a mandar y a no sentir, descubrirá que hay una mujer a la que ni el miedo ni su apellido logran doblegar.
Pero en el Dendê la paz tiene un precio, y hay quien está dispuesto a todo para que la nueva reina del morro no llegue a coronarse.
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Capítulo 20 — Dudas y conexiones
POV: Clara
El médico limpió el gel con una toalla de papel suave y apagó la pantalla del monitor. El silencio que volvió a ocupar el cuarto parecía más denso que antes. Los latidos de mi bebé seguían resonando en mi mente como un mástil en medio de la tormenta.
Ruan seguía de pie junto a la cama, con la mano grande y caliente aún posada sobre la mía con una firmeza posesiva. Intenté retirar los dedos despacio y esta vez me soltó, cruzó los brazos y se quedó mirando al doctor con aquella mirada analítica.
—Doctor... —lo llamé bajito, acomodando el borde del vestido rosa sobre las piernas, con el rostro ardiendo de vergüenza por la pregunta que llevaba días atorada en mi garganta.
—Puede hablar, Clara. Cualquier duda es normal al comienzo del control prenatal.
Miré de reojo a Ruan, que frunció el ceño, atento a cada una de mis palabras. Me tragué la vergüenza y la culpa religiosa que intentaban silenciarme.
—Por ser... por no haber estado nunca con un hombre... por ser virgen... ¿hay algún problema para tener un parto normal? ¿Voy a necesitar una cirugía por eso?
Ruan apretó la mandíbula en el acto. Su mirada oscura salió del médico y cayó directo sobre mí, quemándome la piel con una intensidad absurda. La palabra “virgen” en medio de aquella sala pareció encender una mecha.
El médico sonrió con amabilidad, negando con la cabeza de forma tranquilizadora.
—No hay ningún problema, Clara. La virginidad no impide el parto normal. Durante la gestación, las hormonas preparan todo su cuerpo, relajando los tejidos de la vagina y del cuello del útero. En el momento del nacimiento, el canal se dilata de manera natural para el paso del bebé. El himen se rompe sin ningún perjuicio para su salud. Si el embarazo sigue tan sano como está, el parto normal es la opción más segura para usted y para el bebé.
Solté el aire que ni siquiera sabía que contenía en el pecho. Un alivio tímido me recorrió las venas, aunque la presencia de Ruan seguía sofocándome.
—¿Entonces está apta para todo, doctor? ¿Ninguna complicación por eso?
—Ninguna, señor Valente. El cuerpo de Clara es joven, fuerte y está respondiendo perfectamente al embarazo. Solo mantengan el reposo, la alimentación reforzada y el seguimiento de las vitaminas.
El médico recogió su equipo, se despidió con un gesto respetuoso y salió de la suite, cerrando tras de sí la pesada puerta de madera.
POV: Ruan Valente
La puerta se cerró y el cuarto se volvió una olla de presión.
Clara seguía sentada en la cama, con las piernas encogidas y los ojos azules clavados en sus propias manos, que apretaban la sábana. La camiseta pegada le dejaba las puntas de los senos erguidas, marcando la tela fina sin piedad. El cuerpo de aquella chica era un pecado viviente.
Caminé despacio hasta el borde de la cama. La sombra de mi cuerpo le cubrió el rostro.
—Tienes muchas dudas para el doctor, ¿no, rubia?
Clara levantó la barbilla, tratando de sostener la postura valiente, pero el jadeo acelerado de su pecho delataba el efecto de mi cercanía.
—Solo quise saber de la salud de mi hijo y de mi cuerpo. Eso no es de su incumbencia.
—Todo lo que tiene que ver con mi heredero y tu cuerpo es de mi incumbencia, Clara. —Me incliné hacia delante, apoyando una mano en el colchón, junto a su muslo, a centímetros de su rostro—. Eres virgen... Tu cuerpo nunca conoció a ningún hombre. Y hoy oíste el corazón de nuestro hijo latiendo.
—¡Un error médico, Ruan! ¡Fue un error horrible de esa clínica, no fue una elección mía!
—Fue el destino, rubia. Tu fe puede darle el nombre que quiera. Pero la verdad es una sola: tu primer contacto con un hombre, tu primera vez... no va a ser en un consultorio. Va a ser conmigo.
El impacto de aquellas palabras le cortó la respiración a Clara. Sus ojos se dilataron, bañados por una mezcla explosiva de rabia, pavor y la excitación incontrolable que le erizó la piel del cuello por entero.
—Nunca... ¡Lo odio, Ruan! ¡Prefiero morir antes que entregarme a un hombre como usted!
Sonreí con una mueca corta y dominante, acercando la boca al contorno de su oreja y sintiendo el calor fuerte que emanaba de su piel suave.
—Puedes gritar que me odias todo lo que quieras para que toda la casa te oiga, Clara. Pero hasta tu cuerpo sabe que, al final de todo, tu entrega va a ser mía.
Me levanté despacio, ajustándome el radio en la cintura, y salí de la suite con pasos firmes, dejando a la chica del asfalto ardiendo en su propia tormenta de sentimientos y hormonas.