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Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Status: Terminada
Genre:CEO / Madre soltera / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:151
Nilai: 5
nombre de autor: StudioVM

Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.

Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.

Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.

Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.

NovelToon tiene autorización de StudioVM para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA ÚLTIMA NOCHE

Subí las escaleras sin mirar atrás.

Solo cuando entré a la habitación y cerré la puerta me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Solté el aire de golpe.

Las piernas me fallaron. Me senté en la orilla de la cama y me quedé mirando el piso, tratando de entender cómo una noche podía empezar con una prueba positiva y terminar con una solicitud de divorcio.

La respuesta era simple.

Leonardo.

Metí la mano en el bolsillo del vestido. La cajita negra seguía ahí. La saqué despacio y me quedé unos segundos mirando la tapa.

Había imaginado esa escena tantas veces durante el día. Leonardo abriéndola. El silencio. Tal vez esa sonrisa rara que aparecía primero en los ojos y solo después en la boca. Tal vez me abrazaría. Tal vez diría algo torpe, porque Leonardo era excelente para cerrar contratos y pésimo para lidiar con las emociones.

Ahora la cajita parecía ridícula.

La abrí.

La prueba seguía siendo positiva. Como si nada hubiera pasado. Como si mi matrimonio no hubiera terminado en el piso de abajo. Como si todavía tuviera adónde volver.

Una lágrima cayó sobre mi mano. La limpié antes de que viniera otra.

—No.

No me iba a derrumbar ahí. No en esa casa.

Me levanté y fui al clóset. Durante tres años, ese espacio había dejado de sentirse como de él y mío. La ropa se mezclaba. Las maletas. Los zapatos. Hasta los ganchos se habían reorganizado porque Leonardo decía que yo ocupaba "un territorio incompatible con cualquier lógica humana".

Casi sonreí al recordarlo.

Casi.

Saqué una maleta grande. Luego otra.

Lo primero que descolgué fue un vestido rojo. El mismo que había usado en una gala seis meses antes. Leonardo había pasado la noche entera serio, como siempre. Pero cuando subimos al carro me sujetó por la cintura y me dijo al oído:

"No te pongas ese vestido cuando tenga junta temprano al día siguiente."

Yo me había reído.

Esa noche me besó antes siquiera de llegar a casa.

Doblé el vestido con demasiada fuerza y lo metí en la maleta. No podía hacer eso con cada prenda. Si cada objeto venía acompañado de un recuerdo, nunca terminaría.

Me puse a trabajar en silencio. Vestidos. Pantalones. Blusas. Documentos. Las joyas que eran mías desde antes del matrimonio. Las que habían sido regalos de la familia Valença se quedaron sobre el tocador. No quería discutir sobre propiedad en ese momento. Solo quería irme.

Oí abrirse la puerta a mis espaldas.

No me volví.

—De verdad te vas hoy.

La voz de Leonardo era baja.

Seguí doblando una blusa.

—Te dije que me iba.

—Ya pasan de las once.

—Mi hermano viene por mí.

Silencio.

—¿Le hablaste a Rafael?

—Sí.

—¿Y se lo contaste?

Me detuve.

—¿Que pediste el divorcio?

—Sí.

—Se lo conté.

Leonardo soltó el aire.

—Perfecto.

Me volví.

—¿Qué te preocupa? ¿Que te raye el carro?

—Isabella.

—Es mi hermano. Necesitaba llamar a alguien.

—Podrías haberte quedado aquí esta noche.

—Ya hablamos de eso.

—No teníamos por qué convertirlo todo en una huida.

Eso me hizo reír.

—¿Huida?

—Sabes a qué me refiero.

—No. Explícamelo.

Se quedó junto a la puerta. Sin saco. Sin corbata. Con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. Era el Leonardo que yo conocía puertas adentro, el que dejaba al CEO en la oficina y aparecía en la cocina a medianoche preguntando si quedaba café.

Fue cruel darme cuenta de que todavía lo reconocía.

—No quiero que salgas de aquí a medianoche como si yo te hubiera echado.

—Pediste el divorcio.

—Eso no significa que quiera tirarte a la calle.

—Lo sé.

—Entonces quédate hasta mañana.

—No.

Se le tensó la mandíbula.

—¿Por qué?

Lo miré unos segundos.

—Porque hoy todavía soy tu esposa.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Y?

—Y no quiero despertar mañana a tu lado sabiendo que estás esperando el día en que podrás acostarte con otra mujer sin culpa.

Su rostro se endureció.

—Eso es injusto.

—Tal vez.

Volví a la maleta.

—Pero hoy no estoy intentando ser justa contigo.

Se quedó callado.

Metí dos prendas más.

—Bianca no me está esperando.

Mis manos se detuvieron.

No lo miré.

—No te lo pregunté.

—Pero lo estás dando por hecho.

—Pediste el divorcio semanas después de que ella volviera.

—Te dije que todavía estoy tratando de entender lo que siento.

—Y decidiste entenderlo soltero.

Esta vez no respondió.

Cerré la primera maleta. El cierre se atoró a la mitad. Tiré con fuerza.

Nada.

Antes de que lo intentara otra vez, Leonardo cruzó la habitación.

—Déjame.

—Puedo sola.

—Isabella.

Puso su mano sobre la mía.

Fue solo un roce. Nada del otro mundo. Aun así, mi cuerpo reaccionó antes de que mi orgullo pudiera impedirlo. El calor de su mano. El olor familiar. La cercanía.

Me aparté de inmediato.

Leonardo lo notó. Sus dedos se quedaron quietos sobre la maleta.

—Perdón.

La palabra sonó extraña en su boca.

Terminó de subir el cierre.

—Gracias.

La formalidad nos dolió a los dos. Yo lo vi. Quizá eso era lo más insoportable.

Leonardo no parecía aliviado. No parecía feliz. Parecía cansado. Confundido.

Y una parte tonta de mí todavía quería preguntarle si estaba seguro. Si existía alguna posibilidad, aunque fuera pequeña. Si aquella noche de verdad tenía que terminar así.

Entonces recordé los papeles. A Bianca. El "no lo sé". Y, sobre todo, al bebé que crecía dentro de mí.

No podía suplicar por un lugar del que él había decidido sacarme.

—Voy por mis documentos al despacho.

Pasé junto a él.

—Isabella.

Me detuve cerca de la puerta.

—¿Qué?

—¿De verdad te vas a llevar todo?

La pregunta me tomó desprevenida. Miré el clóset. La mitad de mis vestidos seguía ahí. Libros. Zapatos. Objetos. Tres años no cabían en dos maletas.

—No.

—Entonces vuelve mañana.

—Mandaré a alguien por ellas.

—No hace falta que mandes a nadie.

Cerré los ojos un instante.

—Leonardo, por favor.

Se quedó callado.

Cuando abrí los ojos, su expresión había cambiado. Menos CEO. Más hombre.

—No quería que terminara así.

Se me apretó el pecho.

—¿Y cómo querías que terminara?

No respondió.

Y esa ausencia contestó por él otra vez.

Bajé a buscar mis documentos. Rafael me escribió diciendo que llegaría en veinte minutos.

En el despacho encontré la carpeta con mis certificados, algunos proyectos antiguos y mis documentos personales. Cuando volví a la habitación, Leonardo ya no estaba.

Mejor.

Metí la carpeta en la segunda maleta. Después me detuve frente a la cómoda.

Había una fotografía nuestra ahí. Los dos en una playa de Italia. Yo sonriéndole a la cámara. Leonardo mirándome a mí.

En su momento me había parecido bonita. Ahora parecía un chiste.

Tomé la foto. La sostuve unos segundos. Luego la dejé boca abajo.

Mi celular vibró.

RAFAEL:

"Ya llegué."

El corazón se me aceleró.

Era eso.

Fui hasta las maletas. Antes de salir, miré por última vez la habitación. La cama. El clóset. La ventana. El lugar donde había empezado a creer que ese matrimonio quizá era real.

Me llevé la mano al vientre.

—Vamos.

Arrastré las maletas hasta el pasillo. Cuando llegué a lo alto de la escalera, Leonardo estaba abajo.

Quieto.

Esperando.

Y, por primera vez esa noche, parecía un hombre que empezaba a entender que de verdad me estaba yendo.

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