Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 1
El silencio en la pequeña y humilde cocina no era un silencio pacífico; era denso, pesado, cargado de una angustia silenciosa que apenas se rompía por el zumbido desvencijado de la nevera vieja. Sobre la gastada mesa de madera, cuya superficie exhibía el desgaste de décadas de platos sencillos y tazas de café, se extendía un desolador abanico de sobres rojos y blancos. Eran notificaciones finales de corte de luz y agua, citaciones judiciales del banco por el embargo de la vivienda, cargos por mora e intereses desbordados, y las inevitables facturas médicas del tratamiento articular de su padre.
—Dios mío… son demasiados pagos atrasados. Nos van a quitar la casa —murmuró Cassandra con un hilo de voz, pasándose las manos con verdadera desesperación por el rostro antes de hundir los dedos en su cabello y desordenarlo con frustración.
Sentía la garganta enjaulada y una presión aplastante sobre el pecho, como si cada cifra escrita en letras negritas y sellos de urgencia fuera una piedra real que se le asentaba en las costillas. Por más turnos dobles que cubriera, por más oficinas que dejara relucientes de madrugada, la brecha entre lo que ganaba y lo que debían no hacía más que agigantarse.
En el rincón de la cocina, su madre removía un pocillo de café sobre el fuego de la estufa. Al escuchar el quiebre en la voz de su hija, cerró los ojos un instante para tragar sus propias lágrimas, suspiró pesadamente y caminó hacia la mesa con pasos lentos y cansados, arrastrando las chancletas sobre el gastado y desgastado piso de linóleo.
—Ya ves que no exagero, hija… —dijo la mujer, bajando la mirada hacia los montos acumulados con una tristeza infinita marcándole los surcos del rostro—. Tu padre y yo estuvimos hablando anoche. Tenemos un plan. Nos pondremos a preparar pasteles y empanadas para salir a venderlos en la calle, en la avenida principal.
Cassandra levantó la mirada de golpe, con los ojos de un marrón cálido abiertos de par en par, encendidos por una mezcla instantánea de alarma y rabia contenida.
—¿Qué? —preguntó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento de angustia—. No, mamá, ¡por Dios, claro que no! Ustedes son ancianos, sus cuerpos ya no aguantan estar de pie ocho horas bajo el sol o la lluvia. ¡No puedo permitirles semejante locura!
—Pero son demasiadas deudas, Cassandra —intervino su padre con la voz quebrada por los años y la impotencia. Estaba sentado justo frente a ella, al otro lado de la mesa, con la mirada clavada en sus propias manos agrietadas, deformadas por la artritis y temblorosas por décadas de trabajo pesado en la construcción, un oficio que la vejez le había arrebatado—. No podemos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo te destruyes la salud tratando de mantener un barco que se hunde. El banco no espera, hija.
—No, papá, por favor, escúchame —suplicó Cassandra, inclinándose sobre la mesa y apretando los dientes para evitar que el llanto la traicionara—. Yo puedo seguir limpiando oficinas. Hablaré con la agencias de empleo, buscaré algo mejor pagado. Puedo tomar un turno nocturno más, puedo conseguir otro empleo los fines de semana en algún restaurante...
—¿Para qué? ¿Para que termines enferma en un hospital? —sollozó su madre, llevándose la orilla del delantal gastado a los ojos para secarse una lágrima furtiva—. Todo esto pasa porque somos demasiado viejos. No servimos para nada más que para ser una carga para ti.
—¡Mamá, no vuelvas a decir eso en tu vida! Ustedes son los mejores padres del mundo —dijo Cassandra de inmediato, poniéndose de pie de un brinco.
Rodó la mesa con pasos rápidos, se acercó a su madre, la tomó suavemente por los hombros y la abrazó con una ternura desesperada, sintiendo lo pequeña, frágil y huesuda que se había vuelto con los años. Luego regresó a la mesa, se colocó detrás de la silla de su padre y apoyó suavemente las manos sobre los hombros rígidos del anciano, apretándolos con devoción y promesa.
—Ustedes trabajaron toda su vida, se privaron de todo para que yo no pasara hambre de niña. Ahora me toca a mí cuidarlos. No los voy a dejar solos en esto, ni voy a permitir que se humillen en las calles.
—Cassandra, mi vida, te estás matando —murmuró el anciano, llevando su mano temblorosa hacia arriba para cubrir la de su hija—. El sueldo de la limpieza apenas alcanza para la comida y el tratamiento de mis articulaciones cuesta una fortuna que no tenemos. Nos duele el alma verte vivir así.
—Jamás serán una carga —prometió ella en un tono firme y tajante, aunque por dentro sintiera que las grietas de su alma se ensanchaban hasta desmoronarla—. Mañana mismo iré a la agencia de empleo desde muy temprano. Hablaré con el supervisor para que me asignen más horas o buscaré un trabajo adicional en la clínica médica que acaba de abrir en el centro. Saliremos de esto, se los juro por mi vida.
A pesar de sus palabras de aliento y la sonrisa forzada con la que despidió a sus padres cuando finalmente se retiraron a su pequeña habitación a intentar descansar, la realidad aplastó a Cassandra en cuanto se quedó a solas. El foco desnudo que colgaba del techo oscilaba ligeramente por la brisa helada que filtraba la ventana rota, proyectando sombras alargadas y sombrías sobre la montaña de facturas.
Tomó una calculadora gastada y empezó a sumar las cifras una a una. Las matemáticas no tenían piedad: ni aunque trabajara veinticuatro horas al día sin dormir un solo segundo durante tres meses consecutivos lograría reunir la cantidad necesaria para frenar el embargo. Necesitaba una cifra desorbitada, un verdadero milagro. Y en un barrio olvidado como el suyo, los milagros no solían tocar a la puerta.
A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba entre las nubes grises cuando Cassandra ya caminaba por las frías y áridas calles de la ciudad. Llevaba el estómago vacío, el cuerpo agotado y una carpeta ajada bajo el brazo llena de solicitudes de empleo.
Su primera parada fue la clínica de fertilidad y especialidades médicas *Valentin*, un imponente rascacielos de arquitectura vanguardista y cristales tintados de azul oscuro que se alzaba con arrogancia en el distrito financiero, contrastando bruscamente con la realidad de su vecindario.
Había visto un anuncio impreso solicitando personal de mantenimiento y limpieza profunda para el turno de la tarde. Con el pulso acelerado y las palmas de las manos húmedas por el nerviosismo, atravesó las impecables puertas automáticas de cristal. El aire acondicionado, saturado de un suave perfume a lavanda y desinfectante de lujo, la recibió de golpe. Se acercó a la elegante recepción esculpida en mármol blanco.
—Buenos días. Vengo por el puesto de trabajo en el área de servicios generales y mantenimiento —dijo Cassandra con tono educado y humilde a la recepcionista, una joven pulcramente peinada que la examinó con una mirada rápida, desprovista de cualquier calidez.
—Llena esta hoja de datos personales y espera en los sillones de la sala lateral hasta que recursos humanos te llame —respondió la mujer con voz autómata, entregándole una planilla rígida junto a una tabla con sujetador.
Cassandra tomó el bolígrafo y caminó hacia los opulentos sillones de cuero negro de la sala de espera. Mientras apoyaba la tabla sobre sus rodillas y comenzaba a rellenar sus datos con letra clara, el eco de unos pasos firmes y apresurados resonó en el vestíbulo. Las puertas principales de cristal volvieron a abrirse de par en par, atrayendo de inmediato las miradas de todos los presentes en el lugar.
Un hombre alto, de espaldas anchas y un porte imponente que dominaba el espacio con absoluta naturalidad, ingresó al lugar. Vestía un traje confeccionado a la medida en tono gris marengo que destilaba un lujo sobrio e inalcanzable. Tenía una mandíbula marcada, rasgos faciales tan perfectos y esculpidos como si hubieran sido tallados en mármol por un escultor clásico, y unos ojos oscuros cuya mirada intensa, fría y penetrante infundía un aura inconfundible de autoridad absoluta. Era la personificación del poder: un Alfa puro ante el cual la gente común abría paso por puro instinto de supervivencia.
A su lado caminaba una mujer despampanante. Lucía un ceñido vestido blanco de alta costura, gafas de sol oscuras de diseñador y una melena rubia impecable que caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Caminaba sobre tacones de aguja marcando un chasquido rítmico, observando el entorno con una altivez ensayada y una mueca de evidente disgusto.
Cassandra se quedó paralizada en su asiento, con el bolígrafo suspendido a milímetros del papel. La presencia de aquel desconocido emanaba una fuerza electromagnética tan densa y peligrosa que sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos.
—No entiendo por qué insistes en hacerme venir a estas horas tan ridículas, Damián —se quejó la mujer con una voz mimada, aguda y cargada de fastidio, acomodándose el bolso de piel de serpiente sobre el antebrazo—. Todo este circo de los médicos y las pruebas me parece un desgaste innecesario y absurdo.
—Es absolutamente importante, Victoria —respondió el hombre. Su voz no era un simple susurro; era un barítono profundo, grave y categórico que resonó con un eco autoritario en los techos altos del vestíbulo—. El director médico nos espera en el último piso para revisar los resultados definitivos de tus análisis. Mi familia exige la continuidad del apellido, la corporación necesita un heredero, y no voy a perder un solo día más.
La mujer rodó los ojos con fastidio por detrás de sus gafas oscuras, emitiendo un chasquido de desprecio con la lengua.
Nadie en ese refinado vestíbulo sospechaba la verdad. Detrás de sus ademanes de molestia y su fingida lástima, la célebre modelo guardaba un secreto fríamente calculado y minuciosamente estructurado: jamás permitiría que un embarazo arruinara la firmeza de su abdomen, le dejara marcas en la piel o interrumpiere su cotizada y multimillonaria carrera en los desfiles de moda internacionales. Para ella, la idea de gestar era una pesadilla; para el Alfa, una necesidad vital.
En ese preciso instante, mientras caminaba hacia la zona de ascensores privados, Damián giró levemente la cabeza. Por un azar del destino, sus ojos oscuros, fríos e impenetrables chocaron directamente con la mirada de Cassandra.
El tiempo pareció detenerse por completo. El murmullo de la clínica, el aire acondicionado y el chasquido de los tacones desaparecieron. Cassandra sintió una descarga helada recorrerle toda la espina dorsal, dejándola sin aliento, atrapada en la red magnética de esos ojos oscuros que parecían mirar más allá de sus ropas humildes y leer la desesperación desnuda que albergaba en el alma.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏