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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 12: En el Vientre del Monstruo

A cuarenta metros bajo la roca viva de los Alpes, el frío exterior desaparecía, reemplazado por el zumbido sordo y esterilizado de los sistemas de refrigeración por nitrógeno líquido.

Sienna descendió por los cables de acero del hueco del montacargas con la soltura de una equilibrista que ha memorizado el vacío. La falda de satén azul medianoche, recogida y sujeta a la cintura mediante el arnés táctico de polímero, dejaba sus piernas libres; sus zapatillas de suela de goma blanda no hicieron el menor ruido al apoyarse sobre el techo metálico de la cabina del nivel menos tres.

Abrió la trampilla de servicio con la punta de su cuchilla de titanio. Cayó de pie en el pasillo secundario: un túnel de hormigón reforzado, iluminado por luces de emergencia en tono ámbar y custodiado únicamente por sensores volumétricos.

Sienna sacó de su liga el dispositivo inyector cuántico.

Al conectarlo al panel de control de la esclusa maestra, sus dedos se movieron con una cadencia hipnótica. No miraba la pantalla; miraba el reflejo en el cristal de la cámara de vigilancia mientras reescribía las líneas del bucle de seguridad.

Tres, dos, uno.

La compuerta blindada de dos toneladas se abrió con un bufido neumático.

La sala de servidores del consorcio Voronin era una catedral subterránea de bastidores negros de cuatro metros de altura, donde titilaban millones de diodos verdes y azules. En el centro exacto, sobre una mesa de cristal acorazado, descansaba la consola principal con el puerto físico donde convergían las líneas de datos de los códigos de lanzamiento robados del Pentágono.

Sienna avanzó con paso firme, sacando el cable de fibra óptica de alta densidad. Lo encajó en el puerto primario.

En la pantalla táctil de su muñeca, la barra de transferencia comenzó a correr:

DESENCRIPTANDO CLAVES DE COMANDO... 14%... 28%...

Pero entonces, un parpadeo escarlata en la esquina del monitor maestro detuvo su respiración.

El sistema de seguridad no era estándar. Voronin había implementado un protocolo de trampa pasiva: la conexión no solo requería la clave cuántica, sino una validación de pulso biométrico en tiempo real desde el salón superior. Si el comprador no colocaba el dedo en el maletín del piso cero en menos de tres minutos, el servidor interpretaba la descarga como una brecha hostil.

En el altavoz del techo, una voz digitalizada y gélida resonó en alemán:

—Intrusión no autorizada detectada en sector relés. Iniciando protocolo de contención. Sellado de mamparas de titanio en noventa segundos. Procediendo a la purga de oxígeno mediante inyección de halón al cierre de esclusas.

Sienna apretó los dientes, pero no retiró el cable.

—Montgomery —susurró por el micrófono subdérmico, sin que el tono de su voz revelara un solo ápice de pánico—. Tenemos un problema de firma biométrica. Voronin tiene un lazo cerrado. Tienes que forzar la lectura del maletín en el piso cero ahora mismo o el subsuelo se convierte en una cámara de vacío.

Silencio.

El canal de audio de Julian estaba saturado por una interferencia de banda ancha. Alguien en la superficie acababa de activar inhibidores de grado militar.

—Maldita sea —masculló Sienna.

La descarga marcaba el sesenta y dos por ciento.

A su espalda, las sirenas comenzaron a aullar con un pulso rojo ensordecedor. Por el pasillo exterior se escucharon los primeros pasos pesados de las botas de los guardias de élite: mercenarios rusos con chalecos de asalto pesado y fusiles automáticos convergiendo hacia la sala.

Sienna desenfundó la pistola con silenciador de su arnés. Ajustó la postura, apoyó la espalda contra uno de los bastidores y se preparó para defender la posición hasta que la última línea de código terminara de guardarse en su disco de titanio.

En la ladera exterior de la montaña.

La ventisca no era una tormenta; era una cortina de cuchillas de hielo a sesenta nudos que congelaba la piel al primer contacto.

Dante Cruz no sentía el frío.

Con los crampones de acero clavándose en la pared vertical de granito congelado y los piolets de asalto anclados en las fisuras de la roca, Dante subía los doscientos metros de acantilado a pulso puro, empujado por un frenesí animal que desafiaba cualquier límite fisiológico. El sudor le caía helado por las sienes; la herida que Sienna le había abierto en el cuello ardía bajo la tela del pasamontañas, recordándole con cada latido que el tiempo se estaba agotando.

Alcanzó la rejilla del conducto de extracción térmica del nivel inferior: una compuerta de ventilación de acero oxidado que expulsaba aire caliente del generador auxiliar.

Dante sacó una barra de demolición compacta, la encajó en el cerrojo y empujó con los noventa kilos de su peso y la fuerza desbocada de sus hombros hasta que los pernos reventaron con un estallido seco.

Se arrastró por el conducto estrecho como una bestia de presa, cayendo en el pasillo de servicio del subsuelo justo en el instante en que las luces de emergencia comenzaban a girar en rojo carmesí.

Las sirenas de purga aullaban en sus oídos.

«Sellado de mamparas de titanio en cuarenta y cinco segundos».

El olor a gas halón ya comenzaba a filtrarse por las rejillas del techo con un silbido sibilino.

Dante corrió. Sus botas tácticas devoraban el hormigón mientras soltaba el seguro de su fusil M4 corto. Dobló la esquina del pasillo principal y se encontró de frente con cuatro mercenarios del consorcio que se preparaban para irrumpir en la sala de servidores.

No hubo advertencias. No hubo órdenes de alto.

Dante disparó en movimiento. Dos ráfagas controladas de tres impactos al centro de masa abatieron a los dos primeros guardias antes de que levantaran sus armas. Se deslizó sobre el suelo manchado de aceite para esquivar una ráfaga enemiga, barrió los pies del tercer mercenario con el cañón de su fusil y, sin detener la inercia, sacó su pistola secundaria y le atravesó el cráneo al cuarto tirador a través de la visera balística.

La compuerta blindada de titanio de la sala de servidores estaba descendiendo desde el techo en un movimiento hidráulico inexorable. Faltaban escasos sesenta centímetros para que el acero sellara el habitáculo de forma hermética y el gas asfixiante consumiera todo el oxígeno interior.

Dante arrojó su fusil, se lanzó en plancha bajo la cuchilla de titanio que bajaba y rodó hacia el interior de la sala justo en el segundo en que la compuerta se estrelló contra el suelo con un estruendo sísmico que hizo temblar los muros.

Las esclusas estaban selladas. El subsuelo estaba aislado del mundo.

Dante se levantó del suelo con la pistola desenfundada, el pecho subiendo y bajando en jadeos violentos y los ojos desorbitados por el humo blanco del gas que comenzaba a acumularse a la altura de los tobillos.

En el fondo de la sala, junto a la consola central, la Operadora Intocable acababa de desconectar el cable de fibra óptica.

El disco duro de titanio estaba en su mano. La misión estaba cumplida.

Sienna levantó su arma con la velocidad de un rayo, apuntando con el cañón directamente al centro de la frente del intruso.

Sus dedos se tensaron sobre el gatillo. Pero al reconocer la silueta ancha, la respiración rota y los ojos oscuros y ensangrentados de Dante Cruz, el pulso de Sienna se detuvo en seco.

Dante estaba destrozado. Tenía el traje de asalto desgarrado por la escalada en la roca, las manos desnudas peladas por el hielo y la sangre congelada manchándole el pasamontañas. Pero a pesar de que el gas halón comenzaba a espesar el aire y la atmósfera se volvía irrespirable, en su rostro no había miedo a morir asfixiado en esa tumba de hormigón.

Había una devoción salvaje, desesperada e indestructible.

Dante bajó su arma despacio, dejándola caer sobre el suelo metálico sin apartar la mirada de los ojos castaños de ella.

—Te dije que no entraras, Cruz —soltó Sienna. Su voz, aunque intentó mantener el filo cortante de siempre, se quebró apenas una fracción de milímetro ante el impacto de tenerlo allí—. Te dije que te dispararía si rompías mi perímetro.

Dante dio un paso tambaleante hacia ella, tosiendo por el primer roce del gas en sus bronquios, hasta detenerse a un palmo del cañón de la pistola que ella aún le sostenía en la frente.

Apoyó su mano grande, congelada y ensangrentada sobre el cañón del arma de Sienna, presionándolo con firmeza contra su propio esternón, justo sobre su corazón desbocado.

—Dispárame si quieres, Sienna —susurró Dante con una voz ronca, rota por el agotamiento y la falta de aire, pero con una intensidad que le quemó el alma a la chica—. Hazlo. Pero el halón purga el oxígeno en dos minutos y la única ruta de salida por los conductos de ventilación requiere que alguien levante el amortiguador hidráulico de cincuenta kilos desde afuera mientras tú subes.

Dante clavó sus pupilas en las de ella, con una sonrisa feroz y sangrante entre los labios:

—No vine a rescatar a la Comandante de SOCID. Sé perfectamente que eres capaz de matar a este consorcio entero tú sola. Vine porque prometí que nunca más volverías a estar sola en la oscuridad. Y de este agujero salimos los dos... o nos quedamos aquí adentro juntos.

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