Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11
Un regalo de cumpleaños antes de tiempo
Mientras tanto, Valeria cantaba para Mateo una escena de El pabellón de las peonías.
Se había recogido el cabello en un moño sencillo, adornado con un pasador de jade. Llevaba un traje de escena azul claro y movía las largas mangas con una gracia que parecía hacerlas flotar.
Sus ojos, húmedos sin llegar a llorar, completaban la expresión delicada del personaje.
Cuando terminó, Mateo aplaudió, sonriendo con orgullo.
—Muy bien. Se nota lo que te enseñó la tercera pareja de papá. En otros tiempos, hasta un emperador te habría elegido como favorita.
Valeria abandonó el personaje de inmediato y se hizo crujir los dedos.
—¿Favorita de un hombre? No, gracias. Si voy a ocupar un trono, será el de una reina.
Mateo soltó una risa resignada.
—Ojalá todas pensaran como tú. Así no habríamos terminado con tres madrastras.
Valeria recogió las mangas y se sentó junto a él. La mención de aquellas mujeres le ensombreció el rostro.
—Las tres te extrañaron mucho estos años. Se preocupaban por ti. Me preguntaban cómo estabas cada vez que podían.
—¿Qué quieres decirme?
Mateo le rodeó los hombros con un brazo.
—Sé que, cuando te fuiste a trabajar como médica al extranjero, también lo hiciste porque estabas enfadada con papá. Pero así es él, Vale. No podemos elegir a nuestro padre.
Su mirada se entristeció.
—Nadie es perfecto. Amabas a Alejandro desde hacía años y, al casarte con él, también descubriste defectos que no habías visto.
Valeria bajó la mirada y tocó la pulsera fría que llevaba en la muñeca.
—La diferencia es que puedes dejar a Alejandro —continuó Mateo—. Papá siempre será tu padre. Quizá podrías intentar aceptarlo. Te quiere mucho. Y ellas son buenas personas. Han cuidado de esta casa durante años y nunca han intentado quitarle a nadie su lugar. Por ellas puedo responder.
Lo que Mateo no sabía era que Valeria ya las había aceptado en silencio.
Algo ocurrido dos años antes había cambiado lo que sentía por ellas.
* * *
Andrés terminó de vendar el brazo de Alejandro y salió de la habitación.
Alejandro recordó a Emilia llorando, gritando y destrozando las cosas de Clara. Le dolió la cabeza.
La mujer que recordaba era dulce, delicada, cariñosa. Nunca habría imaginado que perdería el control de esa manera.
Suspiró.
Quizá la gente cambiaba.
Pero Emilia había crecido con él. Lo había acompañado durante los días más oscuros de su vida. Aferrarse a ella era algo que llevaba demasiado tiempo haciendo.
Iba a casarse con ella. No pensaba renunciar.
Siguió revisando documentos pese al dolor. Al levantar la vista, volvió a ver el traje sobre el sofá.
Se acercó y lo examinó.
Él y Mateo tenían una estatura parecida, pero Alejandro era algo más ancho de hombros y de torso.
A simple vista, el traje parecía de su talla.
—Qué feo —murmuró con desprecio.
Unos minutos después, se lo había puesto.
Se miró en el espejo y levantó los brazos. Le quedaba perfecto. La confección no tenía nada que envidiarles a las grandes firmas.
¿Desde cuándo aquella muchacha de pueblo tenía tan buen gusto?
Llamaron a la puerta.
Doña Mercedes entró con un vaso de leche caliente.
—¡Señor Alejandro! Por fin se puso el traje que le hizo la señora. Se va a alegrar mucho cuando lo sepa.
En aquella casa, casi nadie valoraba a Clara. Mercedes, que había criado a Alejandro desde pequeño, era la excepción.
Él se volvió de golpe.
—¿Qué dijo?
—Que ese traje se lo hizo la señora. Sí, es ese. Hace un mes me pidió que lo recogiera en la sastrería. Me hizo prometer que no le diría nada. Era su regalo de cumpleaños para usted.
Alejandro se quedó quieto.
¿Un regalo de cumpleaños?
Todavía faltaba bastante para el suyo.
—Sé que usted y Clara se llevaban bien, Mercedes. Pero ya se fue. No tiene que seguir defendiéndola por todo.
La voz le salió fría.
—Lo vi crecer, señor Alejandro. Si hay alguien en esta casa a quien yo quiera proteger, es a usted.
Mercedes lo observó en el espejo.
—Ella me explicó que hacer el traje llevaba mucho tiempo. Lo cosió con sus propias manos, puntada por puntada. Eligió la tela y la encargó especialmente. Hasta mandó hacer un molde para los botones.
Alejandro abrió los ojos.
—Con todas las tareas de la casa, tenía que buscar momentos para ir a la sastrería. Lo terminó un mes antes para estar segura de que llegaría a tiempo. Después lo escondió en el armario para que usted no lo descubriera.
Algo le golpeó el pecho.
—Si no me cree, mire la etiqueta del cuello. Ahí bordó su nombre.
Alejandro se quitó el traje de inmediato y lo lanzó al sofá, como si le quemara.
—Lo nuestro terminó. No me interesa saber qué hizo por mí. Puede irse a descansar.
—¿Por qué decidió dejarla? Es una muchacha maravillosa. Lo quería de verdad…
Él soltó una risa amarga.
—¿De verdad? ¿Por eso se fue directamente a los brazos de otro?
Mercedes lo miró, alarmada.
—Ella no sería capaz…
—Dicen que hacen falta tres años para conocer a una persona. Ahora entiendo por qué.
Alejandro sintió que la rabia le subía a la cabeza.
—Si nunca fue sincera, ¿por qué fingía que no podía vivir sin mí? ¿Pensó que, con el tiempo, yo me enamoraría? ¿Que iba a dejarme manipular?
Mercedes recogió el traje y lo dobló con cuidado.
—Tiene que haber un malentendido. Yo vi cuánto lo quería.
—Basta, Mercedes.
Ella negó con la cabeza, triste.
—Algún día se arrepentirá de haberla dejado ir.
* * *
Valeria quería dormir hasta tarde, pero abrió los ojos a las cinco.
Su cuerpo todavía seguía el horario de los Montenegro. A esa hora solía levantarse para prepararles el desayuno.
Ahora ya no tenía que pasar la mañana entre ollas y humo. Ni estar pendiente del humor de toda una familia.
Qué alivio.
Se aseó, se puso ropa deportiva y salió al lago que había detrás de su casa. Subió a una tabla individual y empezó a remar.
Había flores junto a la orilla y se oían pájaros. Cada movimiento firme de sus brazos la hacía avanzar sobre el agua tranquila, dejando ondas a su paso.
Después de hacer ejercicio, desayunar y arreglarse, bajó llena de energía.
Tomás se quedó mirándola.
Llevaba el cabello recogido, maquillaje impecable, un vestido de encaje rojo y un saco negro largo sobre los hombros.
Valeria chasqueó los dedos frente a él.
—Oye. Cierra la boca antes de que empieces a babear.
Tomás reaccionó y se puso rojo.
—Señorita… se ve preciosa.
Ella negó con la cabeza, entre divertida y resignada.
—Eres el secretario principal de mi hermano. Procura no perder la cabeza cada vez que ves a una mujer bonita.
El Rolls-Royce los llevó al Hotel KS World.
Valeria apareció en el restaurante sin aviso. Su belleza no tranquilizó a los empleados: después de la inspección anterior, todos la miraban con el miedo de quien espera un examen.
Nadie se había atrevido a descuidar el trabajo. El mármol brillaba y todos los ingredientes eran frescos.
Ella revisó el lugar, hizo unas cuantas observaciones y volvió a su oficina.
—Por ahora no necesito nada más. Puedes volver con Mateo.
Tomás sonrió.
—Ya no tengo que volver. Su hermano me pidió que me quedara con usted. Desde hoy soy su secretario.
Valeria abrió los ojos.
—¿Qué? Mateo dijo que hoy me mandaría un regalo. ¿No me digas que eras tú?
Él asintió.
Su hermano sí que sabía sorprenderla. ¡Le había regalado un secretario de carne y hueso!
Como Valeria no respondió enseguida, Tomás empezó a inquietarse.
—¿No me quiere porque soy un secretario de segunda mano?
—De segunda mano, nada. Se dice «con experiencia».
—Entonces será un gusto trabajar con usted. No pido mucho: solo un buen aumento.
Valeria apoyó la barbilla en una mano.
—Si trabajas bien, vas a ganar de sobra. Si trabajas mal, te busco un tercer jefe.
Tomás tragó saliva y se apresuró a dar su informe.
—La ropa de cama de Élite ya fue reemplazada, tal como pidió. También avisamos a todos los hoteles KS del país. Tienen una semana para cambiar los productos de ese proveedor.
En ese momento, alguien llamó a la puerta con insistencia.