Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 19
El almuerzo en la oficina de Sebastián se había vuelto rutina. Cada martes y jueves, Emilia subía al piso treinta y dos con la lonchera que Doña Rosa le preparaba y comían juntos en el escritorio de nogal oscuro, entre informes financieros y contratos que Sebastián apartaba sin ceremonia para hacerle espacio.
Ese jueves, Sebastián atendió una llamada que se alargó más de lo esperado. Emilia, aburrida, se levantó del sillón de visitas y empezó a curiosear el estante que estaba detrás del escritorio. Era un mueble de madera oscura con repisas de cristal — más vitrina que estante — donde Sebastián guardaba los pocos objetos personales que tenía en la oficina: un reloj de bolsillo que había sido de Don Augusto, una piedra de río pulida, el grabado de Hokusai que ella le había sugerido, y…
Emilia se detuvo.
En la repisa del medio, sobre un soporte de terciopelo negro, había un ruyi tallado en madera de sándalo. Las nubes y los hongos lingzhi estaban labrados con un detalle que ella reconoció antes de que su cerebro terminara de procesar lo que veía — porque ese detalle era suyo. Esas nubes las había tallado ella. Esos hongos lingzhi los había diseñado ella. Esa pieza era suya.
Era el ruyi que había sorteado en su canal hacía un año. El que XL había ganado comprando sesenta participaciones.
Se le cayó el alma al estómago.
—¿De dónde sacaste esto? —dijo, girándose hacia Sebastián.
Él estaba terminando la llamada. Levantó un dedo pidiendo un momento. Colgó. La miró.
—Lo compré.
—Esto fue un premio de mi canal —dijo Emilia, señalando el ruyi con un dedo que temblaba—. Lo gané yo. Es decir, lo sorteé yo. Lo ganó un fan. Un fan que compró sesenta participaciones a quinientos pesos cada una.
—Se lo compré a ese fan —dijo Sebastián, con la misma naturalidad con la que habría dicho "lo compré en una tienda."
—¿Le compraste un ruyi de madera a un fan de mi canal?
—Sí.
Emilia lo miró. Miró el ruyi. Miró el estante. Y entonces — como un rompecabezas que lleva meses desarmado y de repente encuentra la pieza que faltaba — todo encajó.
La cuenta de XL creada la semana que ella cambió de plataforma. Las donaciones enormes. Los comentarios sobre madera que demostraban horas de observación. Las Pfeil que "vio en algún lado." El shampoo de coco exacto. El taller preparado con las herramientas perfectas. El nogal que XL identificó por el sonido.
—XL —dijo Emilia. La voz le salió como un susurro—. Tú eres XL.
Sebastián no confirmó. No negó. Se quedó sentado en su silla de escritorio con las manos cruzadas sobre el regazo y la miró con una expresión que Emilia no le había visto nunca — no era la máscara fría del CEO, no era la ternura del aftercare, no era la intensidad de la terraza en Año Nuevo. Era algo más simple y más devastador: la alegría genuina de alguien que por fin es reconocido por la persona que más le importa.
—Ciento cuarenta mil pesos —dijo Emilia, y no supo si reír o llorar—. Donaste ciento cuarenta mil pesos a mi canal.
—Pagué por tu trabajo. Hay una diferencia.
—Compraste sesenta participaciones para ganar un ruyi que vale cinco mil pesos.
—Vale más que eso.
—Sebastián. —Emilia se acercó al escritorio—. ¿Cuántas de mis piezas tienes?
Él la miró un segundo. Luego abrió el cajón inferior derecho del escritorio — el único que siempre estaba cerrado con llave, el que ella había asumido que guardaba documentos confidenciales.
No eran documentos.
Sobre terciopelo gris, acomodadas con el cuidado de una colección de museo, había cuatro piezas más: la grulla de cerezo, el portaplumas de ébano, una garza de tilo que Emilia había olvidado que existía, y un pequeño dragón de sándalo rojo que había tallado como práctica y donado a una rifa de la ANBA hacía dos años.
—Todas —dijo Emilia, con la voz quebrada—. Tienes todas mis piezas.
—No todas. Las que pude encontrar.
—¿Cuánto tiempo llevas…?
—Tres años —dijo Sebastián—. Desde tu primer livestream. Tallabas una garza.
Emilia se sentó en la silla de visitas porque las piernas dejaron de sostenerla. Tres años. Sebastián Mendoza — el hombre que dirigía un imperio empresarial, que hacía callar ejecutivos con una mirada, que no toleraba la imperfección en ningún aspecto de su vida — llevaba tres años viendo a Emilia tallar madera en transmisiones en vivo, comprando sus piezas a través de intermediarios, donando cantidades absurdas, dejando comentarios técnicos sobre la curvatura de las aletas de un koi.
No sabía si reír o llorar. Así que hizo las dos cosas.
—¿Estás llorando? —dijo Sebastián, levantándose de la silla con alarma controlada.
—¡Estoy riendo! —dijo Emilia, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Y llorando. Las dos cosas. Mi prometido que no tiene expresión facial es secretamente mi fan número uno. ¿Cómo no voy a llorar?
—Técnicamente, soy tu mayor donante. "Fan" es una categoría diferente.
—Eres un fan —dijo Emilia, señalándolo con el dedo—. Eres un fan con una colección de mis piezas en un cajón cerrado con llave. Eres el fan más fan que ha existido en la historia de los fans.
Sebastián la miró. Y por primera vez — la primera vez de verdad, sin filtros, sin máscara, sin la contención de acero que llevaba como una segunda piel — sonrió. No la media sonrisa que Emilia a veces le arrancaba. No el movimiento mínimo de la comisura que ella había aprendido a leer. Una sonrisa completa, con los ojos, con los labios, con algo que le iluminó la cara como si alguien hubiera abierto una ventana en un cuarto oscuro.
Emilia dejó de llorar. Dejó de reír. Se quedó mirándolo con la boca abierta porque Sebastián Mendoza sonriendo era algo para lo que no estaba preparada — era como ver nevar en el desierto, como escuchar cantar a alguien que nunca canta.
—Llevas años viéndome tallar —dijo, con voz suave—. Tres años.
—Tres años, cuatro meses.
—Sabías qué herramientas quería. Sabías qué madera usaba. Sabías qué shampoo—
—Todo lo sé porque te vi —dijo Sebastián. La sonrisa se había ido, pero lo que quedaba era igual de desnudo—. Cada transmisión. Cada pieza. Cada vez que te reías con el chat o te frustrabas con una veta que no cedía. Te vi.
La oficina se quedó en silencio. Afuera, a treinta y dos pisos de altura, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Adentro, Emilia Velasco miraba a Sebastián Mendoza y entendía, por fin, la magnitud de lo que ese hombre sentía por ella. No era un compromiso arreglado. No era obligación. No era conveniencia.
Era devoción. Pura, obstinada, de años. La clase de devoción que colecciona piezas de madera en un cajón cerrado con llave y no dice nada hasta que la otra persona pregunta.
—Sebastián.
—Dime.
—Eres mi fan favorito.
Él la miró con esos ojos que ella ya no podía llamar fríos — porque sabía que debajo del hielo había tres años de transmisiones vistas en silencio, de piezas compradas a escondidas, de un amor que se expresaba en donaciones y en comentarios sobre la curvatura de las aletas de un koi.
Ramón tocó la puerta. Dos golpes suaves.
—Señor Mendoza, la junta de las tres—
—Cancélala —dijo Sebastián, sin apartar los ojos de Emilia.
Al otro lado de la puerta, por segunda vez en su vida, Ramón Torres se permitió una sonrisa.