Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 6
Esa mañana el cielo estaba nublado.
Valeria iba sentada en silencio en el asiento trasero del auto, con una bolsa de regalo llena de frutas y un juguete pequeño sobre el regazo. A su lado había una caja de chocolates que a Nicolás le encantaban y que ella había comprado temprano, antes de salir.
El auto avanzaba despacio por las calles cada vez más transitadas. Pero Valeria apenas hablaba. Su mirada se perdía vacía por la ventanilla.
No había dormido casi nada la noche anterior. Después de preparar la habitación de invitados para su suegra, se quedó cocinando varios platillos favoritos de la señora hasta la madrugada. Aunque su cuerpo estaba al límite.
Le dolía la cabeza, el pecho le pesaba y últimamente sentía un frío constante que no se iba. Pero, como siempre, Valeria seguía esforzándose por ser una buena nuera y una buena esposa. Quizá era lo único que todavía podía hacer.
Sus dedos rozaron sin querer la caja del juguete que llevaba en las piernas.
—Nicolás se va a poner contento —murmuró.
El niño siempre había tenido buena relación con ella. Incluso antes de que Rodrigo empezara a frecuentar tanto la casa de Valentina, Nicolás ya la llamaba su tía favorita.
Pensar en eso le arrancó una sonrisa pequeña. Pero la sonrisa se fue apagando cuando la imagen de Rodrigo volvió a su cabeza.
Esa mañana él se había ido temprano otra vez, sin desayunar con ella. Y eso que Valeria había cocinado de más.
Dejó escapar un suspiro y apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla. El mareo volvió. Y unos segundos después, sintió algo tibio deslizándose desde su nariz.
Se tensó de inmediato. Se tocó debajo de la nariz con rapidez.
Otra vez sangre. Unas gotas rojas le habían caído sobre el vestido blanco que llevaba ese día.
Entró en pánico y sacó un pañuelo del bolso, presionándose la nariz antes de que Bernardo la viera por el espejo retrovisor.
Pero el chofer ya se había dado cuenta.
—¿Se siente bien, señora? —preguntó con preocupación.
Valeria se apresuró a sonreír.
—Estoy bien, Bernardo.
—Está muy pálida.
Valeria se limpió la sangre del vestido con una toallita húmeda.
—Solo estoy cansada.
Bernardo frunció el ceño levemente. Llevaba casi quince años trabajando para la familia de Rodrigo. Y en todo ese tiempo, conocía a Valeria como una mujer alegre que siempre hablaba mucho.
Normalmente ella le preguntaba por su esposa, le llevaba comida a su nieto o simplemente bromeaba a lo largo del camino.
Pero últimamente, su señora se había vuelto otra persona. Demasiado silenciosa.
—¿Anda con muchas preocupaciones? —preguntó el chofer con cautela.
Valeria sonrió sin levantar la vista.
—Puede ser.
—Si está cansada, descanse, señora. No se fuerce tanto. —La voz de Bernardo sonó genuina—. No vaya a enfermarse.
Esa frase sencilla le apretó el pecho otra vez. Porque ya estaba enferma. Y probablemente no se iba a curar.
—Sí, Bernardo.
El auto volvió a sumirse en el silencio. Valeria cerró los ojos despacio. A veces ni ella misma entendía por qué seguía aguantando.
Quizá por amor. O quizá porque le aterraba perder a Rodrigo del todo. Aunque, irónicamente, él hacía mucho que había dejado de estar realmente para ella.
La única persona capaz de darle una razón para seguir viva se alejaba de ella un poco más cada día. Y ahora, Valeria sentía que hasta las ganas de vivir se le escapaban poco a poco.
—Ya llegamos, señora —anunció Bernardo.
El auto se detuvo frente a la casa pequeña de Valentina. Era sencilla, no muy grande, con la pintura de las paredes ligeramente desteñida. Pero, por alguna razón, se veía mucho más cálida que su propia mansión.
Quizá porque adentro había risas, había atención y siempre estaba Rodrigo.
Mientras que su propia casa era demasiado grande para vivirla sola.
—Paso a recogerla a las once, señora —dijo Bernardo—. Primero tengo que llevar unos documentos a la oficina del señor.
—Está bien. Gracias, Bernardo.
Valeria bajó del auto despacio con todos los regalos en las manos. Se quedó de pie unos segundos frente a la casa.
Un sentimiento extraño volvió a oprimirle el pecho. Esa casita modesta rebosaba de vida. Y Rodrigo pasaba más tiempo ahí que en su propio hogar.
Tocó la puerta con suavidad.
Al poco rato se abrió.
—¿Valeria? —Valentina sonrió de oreja a oreja al verla.
Vestía una bata de casa sencilla, con el cabello recogido sin mucho esmero. Todavía tenía un trapo de cocina en la mano.
—No me avisaste que venías. ¡Pasa, pasa!
Valeria le devolvió la sonrisa.
—Quería ver a Nicolás. Me dijeron que tuvo fiebre.
—Ay, no te hubieras molestado en traer todo esto.
—No es tanto.
Valentina se apresuró a ayudarla con la bolsa de regalo.
—¡Nicolás! —llamó hacia el interior—. ¡Mira quién vino!
Unos pasitos rápidos se escucharon de inmediato. Y a los pocos segundos, Nicolás salió corriendo con la cara iluminada.
—¡Tía Valeriaaa! —El niño se le abrazó a las piernas con fuerza.
El corazón de Valeria se calentó al instante.
—¿Ya se curó mi campeón? —le preguntó agachándose a su altura.
Nicolás asintió con energía.
—¡Sí! ¿Me trajiste un regalo?
Valeria se rio.
—Sí. Pero primero tienes que tomarte tu medicina.
—¡Síiii! —El niño la abrazó de nuevo.
Valentina sonrió al ver la escena.
—Desde temprano andaba inquieto pidiendo juguetes.
Valeria le acarició el cabello a Nicolás con ternura. Pero unos segundos después, el niño miró hacia atrás de ella.
Su expresión se volvió confusa.
—¿Y papá Rodrigo no vino contigo, tía?
Valeria se quedó helada. ¿Había escuchado bien? Nicolás le había dicho papá Rodrigo a su esposo.
El corazón pareció caerle al vacío con esa sola palabra. Valentina, por su parte, se puso visiblemente nerviosa.
—¡Nicolás! —lo reprendió rápido—. No digas eso.
Nicolás hizo un puchero.
—Pero si papá Rodrigo me prometió ayer que iba a venir otra vez —dijo el niño con toda la inocencia del mundo.
Valeria sonrió a pesar de que el pecho le ardía como nunca.
¿Desde cuándo Nicolás le decía así a Rodrigo? Y lo que más dolía: ¿por qué Rodrigo lo permitía?
La habitación de pronto le pareció sofocante. Aunque su cara mantenía una sonrisa delgada para Nicolás, por dentro el pecho se le cerraba cada vez más al escuchar a ese niño llamar "papá" a su marido. No "tío". Papá.
Y lo peor de todo era lo natural que le sonaba a Nicolás. Como si llevara diciéndolo mucho tiempo.
—Perdona, Valeria. —Valentina se apresuró a disculparse—. No te lo tomes a mal.
Valeria desvió la mirada hacia ella lentamente.
—Es que se acostumbró a llamar así a Rodrigo —continuó Valentina con una sonrisa incómoda—. Y a él no le molesta. De hecho, ya trata a Nicolás como si fuera su propio hijo.
Valeria se quedó en silencio unos instantes. Los puños se le cerraron sobre los muslos. ¿Por qué Rodrigo nunca le había contado esto? ¿Por qué todos parecían saber cuál era el papel de Rodrigo en esta casa, menos ella, que era su esposa?
¿Lo había ocultado a propósito? Y si era así, ¿por qué?
—Además… —Valentina volvió a hablar en voz baja—. Rodrigo le prometió a Nicolás que lo iba a cuidar hasta que fuera grande.
Valeria la miró sin parpadear.
—Por el accidente… —La voz de Valentina se fue apagando—. Diego dio su vida para proteger a su hermano.
Valeria conocía esa historia. Diego murió en un accidente porque protegió a Rodrigo en un incidente el año anterior. Desde entonces, la culpa de Rodrigo se había transformado en una atención desmedida hacia la familia de su hermano.
Y ahora, Valeria sentía que esa atención había cruzado un límite.
—No te preocupes, Valentina. No pasa nada. Es normal que Nicolás le diga así a Rodrigo. Con tal de que tú no lo consideres tu marido también. —Valeria sonrió apenas, con los labios apretados.