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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SOMOS AMIGOS DESDE LA INFANCIA.

Ella me miró, con los ojos llenos de lágrimas que empezaban a resbalar por sus mejillas, y respondió con voz temblorosa, pero firme, como si cada palabra costara de arrancar del pecho:

—Soy Marcela. Somos amigos desde la primaria. ¿Cómo puedes preguntarme quién soy? —Soltó una risa amarga, rota por el llanto, una risa que dolía escuchar—. Perdiste la memoria, ¿verdad? Lo sabía. Lo supe en cuanto te vi. Tienes la misma cara, sí… pero te mueves distinto. Me miras raro. Y esos idiotas… se pasaron esta vez. Casi te matan. Y ahora… ahora ni siquiera te acuerdas de mí.

Las lágrimas caían libremente ahora, gruesas y calientes, recorriendo su piel sin que intentara detenerlas. No las secó con prisa. No apartó la mirada. Seguía ahí, de pie frente a mí, temblando entera, pequeña y frágil, una vida que se apagaría en un parpadeo comparada con la mía… y sin embargo, en ese momento, era lo más fuerte y valiente que había visto en siglos.

Me quedé completamente inmóvil, profundamente confundido. Marcela. El nombre resonó en algún rincón profundo de este cuerpo, en los recuerdos que no eran míos pero que sentía como propios, en la voz suave de mi hermano que hablaba de ella como de la única luz en su días grises. Ella era su persona más querida. La única que lo defendía cuando todos se apartaban. La única que le hablaba con dulzura cuando el mundo entero era cruel. La única que le traía comida cuando se quedaba sin nada. La única que se sentaba a su lado sin pedirle nada a cambio.

Y lloraba por él. De verdad. No era miedo. No era culpa. Era dolor puro, sincero, un amor que no conocía fronteras ni jerarquías.

Yo, que soy la destrucción. Yo, que he visto reinos caer y dioses arrodillarse ante mi sombra… me quedé sin palabras, sin furia, sin la seguridad que siempre me había acompañado. Esta humana, tan frágil, tan pequeña, tan efímera… llora por mi hermano con más fuerza, más verdad y más entrega que nadie en el Olimpo. Nadie lloraba así por nadie allá arriba. Allí todo era orgullo, poder, frío distanciamiento, cálculos y rivalidades. Nadie se humillaba así por otro. Nadie derramaba su alma entera por alguien que no tenía nada que ofrecerle. Pero ella… ella derramaba lágrimas reales, dolor real, por un chico al que conocía desde niños, simplemente porque era su amigo.

—Ellos… te hicieron daño —dijo, limpiándose la cara con la manga del jersey, con rabia contenida, con los puños cerrados con fuerza—. Siempre dije que un día irían demasiado lejos. Les advertí. Pero nadie me escuchó. Nadie se atrevía a ayudarte. Y ahora… ahora estás aquí, en una cama de hospital, conectado a cables, y ni siquiera recuerdas mi nombre.

La miré, y por primera vez desde que bajé a la Tierra, no sentí el fuego de la venganza arder en mis venas. Sentí algo distinto. Una confusión cálida, extraña, que me golpeó el pecho con la misma fuerza que su abrazo momentos antes. ¿Por qué lloras así? quise preguntar, asombrado ante mi propia incapacidad para comprenderlo. ¿Por qué te importa tanto? Él es solo un mortal. Tú eres solo una mortal. Todo esto se acabará pronto. ¿Por qué duele tanto? ¿Por qué su dolor pesa más que montañas para ti?

Pero no dije nada. No podía decirle que no era él. No podía romper su corazón de golpe, no cuando lo único que sostenía era la esperanza de que él estuviera bien. Porque al verla llorar, comprendí algo que no esperaba, algo que me detuvo en seco: mi hermano no estaba solo. Tenía a alguien. Alguien que lo amaba con sinceridad, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Alguien que, sin saberlo, también estaba sosteniendo parte de su mundo.

—Lo siento —dije, y mi voz sonó más suave, más humana de lo que jamás había sonado en milenios—. Lo siento, Marcela. Estoy… tratando de recordar. Poco a poco.

Ella asintió, con una sonrisa triste y rota, y volvió a acercarse, con cautela, como si temiera que me alejara de nuevo, como si fuera algo frágil que pudiera desaparecer.

—Está bien. No te apures. No tienes que recordar todo de golpe. Yo te ayudaré. Te contaré todo. Todo va a estar bien. Ahora que estás aquí… todo va a mejorar. Lo prometo.

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