Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 22: La verdad del pasado o algo sobre ella.
—¿Realmente no vas a hablar conmigo? —Pregunté detrás de la puerta, golpeando suavemente con los nudillos.
El sonido se perdió en la madera, como si la casa se lo tragara.
Minutos atrás, yo estaba frente a las puertas de la casa de la familia Rowen.
No se escuchaba ningún ruido dentro.
El silencio era tan completo que creí que no estarían. Tal vez habían salido. Tal vez Carl se había ido.
Entonces toqué.
“Toc”. “Toc”. “Toc”.
Tres veces, con cuidado, como si golpear más fuerte fuera a romper algo.
Al último toque, la puerta se abrió lentamente. Frente al umbral apareció una mujer de unos cuarenta y cinco años. Tenía el cabello recogido en un moño bajo y ojos que me miraron de pies a cabeza como evaluando si era una desconocida o una amenaza.
—Busco a Carl —dije después de unos segundos. Mi voz sonó más baja de lo que quería.
—¿Y tú eres? —Preguntó con un rostro serio, el tipo de seriedad que tienen las madres cuando protegen a sus hijos sin decirlo en voz alta.
—Cristani. Cristani Cartis —me presenté, pero su expresión apenas cambió—. Conocí a Carl en la veterinaria.
Agregué como si necesitara explicarlo para darle algo de confianza. Como si el hecho de que nos hubiéramos visto en un lugar con animales heridos fuera suficiente para que ella bajara la guardia.
Y funcionó. Sus ojos, antes fulminantes, se suavizaron. Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—Ah, eres la linda chica que mi pequeño conoció en la veterinaria —comentó haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Dijo que fuiste amable con él.
Lo último era mentira. No había sido amable con él en lo absoluto. Pero agradecí que Carl hubiera hablado bien de mí.
—Adelante —dijo, cerrando la puerta detrás de mí—. Carl últimamente se encierra en su habitación y no sale más que para comer.
Fruncí levemente el ceño al escuchar aquello. ¿Por qué se encerraría?
La mujer me llevó por el pasillo hasta la habitación de su hijo.
Las paredes estaban llenas de fotos viejas, de Carl más pequeño, con la misma expresión tímida de ahora.
—Cariño, una amiga vino a verte.
Tocó la puerta con los nudillos. Nadie respondió.
—Está adentro, puedes llamarlo.
Dicho aquello, ella se dio la vuelta y volvió a la sala. Sus pasos se alejaron, y el silencio volvió a caer sobre mí.
Frente a la puerta, solté un largo suspiro. El aire me salió tembloroso.
Necesitaba respuestas y se las exigiría al chico. No había viajado hasta aquí para que me ignorara.
—Carl, soy Cristani —hablé, golpeando la puerta otra vez.
No hubo respuesta. Solo el silencio dentro. Un silencio denso.
—Necesito hablar contigo —insistí—. No puedes ignorarme.
—Carl Rowen, si no abres, romperé tu puerta —advertí. Pero ni eso pudo hacer que abriera.
Levanté mi palma y respiré hondo. Busqué la energía espiritual, esa calidez que antes respondía sin que yo tuviera que pedirla. No reaccionó. El sello en mi pecho la tenía atrapada.
Solté un suspiro de frustración. No importaba lo que hiciera. Me había acostumbrado a ese poder corriendo por mi cuerpo, y ahora, sin él, todo se sentía extraño. Como caminar con una pierna menos.
Antes, sin problemas, habría atravesado esa puerta sin abrirla, o incluso habría entrado a esa habitación por la ventana. Ahora tenía que conformarme con tocar y esperar.
—Carl, exijo que me abras esta puerta —hablé, empujando la madera con la palma. No se movió. Le había puesto seguro desde adentro.
Y aun así no hubo respuesta a mis palabras. Era como si el chico de adentro estuviera muerto. O peor, como si no le importara si yo lo estaba.
La molestia pronto se hizo evidente en mi rostro ¿Cómo se atrevía a jurar que podía ayudarme y ahora me ignoraba como si yo fuera una desconocida? ¿Cómo podía dejarme colgando con esa promesa a medias?
Una chispa brilló entre mis dedos. Mis ojos se abrieron ligeramente.
Y ahí estaba: un hilo de mi energía espiritual que había escapado del sello en mi pecho.
Nadaba por una de mis venas, apenas visible. Apenas con vida. Un hilo fino, tembloroso.
Levanté la mano y cerré los ojos, tratando de reunir esa energía.
Sentí cómo ardía al moverse, cómo dolía al obligarla a salir.
Cuando pensé estar lista, di un paso atrás, unos pasos lejos de la puerta. Apunté con la palma.
Lancé la energía contra la madera. Un sonido seco se oyó, como un trueno contenido. La cerradura hizo clic, se rompió, y finalmente la puerta se abrió.
—¿Cómo te atreves a ignorarme? Tienes idea de lo…
Mi voz se cortó cuando observé la habitación del chico.
Hojas por todos lados.
En el piso, en el escritorio, sobre su cama.
Como si estuviera haciendo un gran proyecto y hubiera perdido el control.
Y él en medio de la habitación, sentado en el suelo, con otro tanto de hojas sobre su regazo. Cada hoja tenía un trazo, un dibujo, palabras apretadas unas contra otras.
Carl parecía no haber dormido durante días. Sus anteojos estaban mal colocados, torcidos sobre la nariz, y al parecer eso no le importaba. Tenía tinta en los dedos, el cabello revuelto.
Ni siquiera reaccionó cuando la puerta se abrió, y menos cuando entré y la cerré detrás de mí.
—¿Qué sucede contigo? —Le pregunté, inclinándome para levantar una de esas hojas del piso.
En el papel estaba dibujado un gran fénix, en blanco y negro, con las alas extendidas.
—Tienes buenas habilidades —comenté, dejando el dibujo sobre la cama.
—Necesito tu ayuda ahora —dije, enderezándome y observando aquella habitación llena de papeles—. No puedo esperar más.
No recibí respuesta.
Él siguió con lo que fuera que estuviera escribiendo en aquel papel.
En silencio. Como si yo no estuviera ahí.
—Carl Rowen, esto es en serio —pisé cualquier cosa que estuviera en mi camino, hojas, lápices, y llegué hasta él.
Y antes de poder tomarlo de la camisa para gritarle y sacar mi ira, él giró la cabeza y me miró.
—No hay solución —murmuró, mirándome.
Tenía grandes ojeras marcadas en su rostro, pruebas de noches sin dormir.
—¿Qué?
Di un paso atrás sin apartar los ojos de los suyos. Quería creer que no había dicho aquello, que esa frase no había salido de su boca. Que era un malentendido.
—Él mintió —dijo en voz baja—. No hay solución.
Repitió la misma frase, como si decirla dos veces la hiciera más real.
Mis manos se cerraron en puños.
Era la gota que derramó el vaso.
—Dijiste que podías ayudarme —le recordé, atravesándolo con mis ojos furiosos.
—Pero no hay solución —se encogió, bajando la mirada hacia el papel que tenía en las manos.
—¡No! ¡No dijiste eso! —exploté. Esta vez lo tomé del cuello de la camisa, lo suficiente para que me mirara de frente—. Dime que estás mintiendo. Dime que sabes cómo ayudarme con mi energía espiritual.
Mis ojos no se apartaron de los suyos, pero él bajó la cabeza.
Fue el golpe más fuerte que había recibido.
Peor que el dolor físico.
Peor que la fiebre.
Solté lentamente la tela y di un paso atrás.
Luego otro, hasta llegar a la puerta. Mis piernas temblaban.
—Debería decirle a los cazadores que hay alguien extraño en Everfrost —comenté. Era mi forma de vengarme. De verlo temer como él me estaba haciendo sentir.
—E…encontré algo —dijo, levantándose de golpe—. Es una historia antigua.
Se acercó y me extendió una hoja llena de letras apretadas, escritas con una prisa que casi hacía ilegible la tinta.
—¿Es tu forma de ganar tiempo?
Lo miré con seriedad. Abrí la puerta, lista para salir.
—Él… parece buscar a esa persona —se mordió los labios antes de seguir—. Una princesa… del imperio Feng.
Y me detuve. Eso lo había escuchado en alguna parte. “Imperio Feng.” El nombre me sonó conocido.
—La General Feng fue bendecida por el Dios Fénix —agregó, mirándome de reojo.
Me giré a verlo y tomé la hoja entre sus manos. Mis ojos vagaron por todo el escrito.
Era la leyenda que había escuchado un par de años atrás.
Y entonces los recuerdos llegaron como una película.
“La general Feng llevó su imperio a la prosperidad.”
“Fue protegida por un fénix.”
“La espada que empuñó está guardada en el santuario de los monjes taoístas.”
“Damos la bienvenida a nuestra señora.”
“Es un honor poder conocerla en esta vida.”
Así que hablaban de ella. De esa “yo” del pasado.
Entonces realmente había existido.
Pero la leyenda decía que llevó a la prosperidad al imperio.
Que murió rodeada de gloria.
—La espada realmente me pertenecía —murmuré.
—Ella tampoco pudo controlar su energía —dijo Carl—. Al final… murió.
—Yo moriré.
No era una pregunta.
Era una respuesta.
La más real.
Y dolió decirla en voz alta.
Carl se giró y recogió todos los papeles tirados para luego entregármelos.
Su mano temblaba.
Revisé cada uno y los leí con cuidado.
Cada palabra relataba cómo aquella persona se había encontrado con mi “yo” del pasado: el encuentro entre Feng Bao-Liang y el príncipe heredero del imperio Long. El conflicto entre ambos imperios, la guerra, y la muerte de ella al final. Había muerto joven. Ni siquiera había logrado recorrer todo el imperio.
Las palabras escritas ahí, todo el recuerdo doloroso del extraño que vivía en el cuerpo de Carl, plasmado en esas hojas, dolió.
Dolió leer cómo él recordaba todo con tanta nitidez y cómo se había quedado solo después.
La muerte de la general Feng acabó con la guerra.
Reinos enteros le agradecieron y celebraron su valentía, pero ella no había visto nada de eso, ni escuchado los vítores que le habían hecho.
Y menos cómo el imperio Feng y Long se hicieron amigos, prosperando juntos después de su muerte.
Una pequeña lágrima se deslizó por mi mejilla, silenciosa, como si entendiera el dolor en esa historia.
—Yo… lo siento —dijo Carl.
Negué con la cabeza.
No tenía la culpa.
Él ni esa persona en su cuerpo eran responsables de nada.
Era un cuerpo prestado.
Era mi destino.
Desde mi nacimiento había sido preparada para eso.
Morir con las venas espirituales rotas.
Con aquel poder descontrolado que no supe domar a tiempo.
Me encogí lentamente, hasta sentarme en el piso, apretando los papeles en mis manos.
Mi “yo” del pasado había muerto, y el yo presente parecía tener el mismo final.
La misma historia, repetida.
Las lágrimas rodaron silenciosas, un río interminable de gotas cálidas que caían sobre mis pálidas mejillas.
Carl no dijo nada más. Se sentó a mi lado, en el suelo lleno de papeles, y esperó.