Dos personas marcadas por heridas del pasado se encuentran cuando menos lo esperan. Ella ha aprendido a esconder su dolor detrás de una sonrisa. Él carga con un pasado que no logra perdonarse. Ninguno busca enamorarse, pero el destino los une y descubrirán que, incluso en la oscuridad más profunda, una sola persona puede convertirse en la luz del otro.
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capítulo 24 - el viaje de los recuerdos
"Hay caminos que no solo nos llevan a un lugar. También nos llevan de regreso a las personas que alguna vez fuimos."
El silencio acompañó a Rebeca y Efraín durante el camino hacia el automóvil.
La llamada había cambiado por completo el ambiente.
Minutos antes reían mientras contemplaban el atardecer; ahora, la preocupación se reflejaba en el rostro de ambos.
—¿Quién tuvo el accidente? —preguntó Rebeca con voz suave.
Efraín apoyó las manos sobre el volante antes de responder.
—Mi abuelo... el hombre que me crió cuando mis padres tuvieron que irse a trabajar lejos.
Rebeca sintió un nudo en la garganta.
Era la primera vez que Efraín hablaba de su familia.
—¿Está muy grave?
Él asintió lentamente.
—No lo sé. Solo me dijeron que fuera cuanto antes.
Sin pensarlo dos veces, Rebeca tomó su mano.
—No vas a estar solo.
Efraín la miró sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—Que iré contigo, si tú quieres.
Durante unos segundos, él no encontró palabras.
En su vida, muy pocas personas habían elegido quedarse en los momentos difíciles.
Rebeca acababa de hacerlo sin dudar.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Gracias.
A la mañana siguiente emprendieron el viaje.
Las montañas se alzaban a ambos lados de la carretera, mientras el paisaje cambiaba poco a poco entre bosques, pequeños pueblos y campos verdes.
Para aliviar la tensión, Rebeca comenzó a hacer preguntas sobre la infancia de Efraín.
Él sonrió con nostalgia.
—Mi abuelo me enseñó a pescar, a trabajar la tierra y a cumplir siempre mi palabra.
Decía que un hombre vale más por lo que hace que por lo que promete.
—Era un hombre muy sabio —respondió Rebeca.
—Lo sigue siendo.
Espero llegar a tiempo para decírselo.
Después de varias horas de viaje, hicieron una parada en un pequeño restaurante de carretera.
Mientras almorzaban, una pareja de ancianos ocupó la mesa de al lado.
El hombre acomodó con delicadeza el abrigo sobre los hombros de su esposa.
Ella le sonrió como si ese gesto fuera el más valioso del mundo.
Rebeca observó la escena sin decir nada.
Efraín también.
—Ojalá algún día podamos llegar a esa edad sin dejar de mirarnos así —comentó ella casi en un susurro.
Efraín sintió que el corazón le daba un vuelco.
No respondió con palabras.
Simplemente sonrió.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, también comenzó a imaginar ese futuro.
Al caer la tarde llegaron al pueblo donde Efraín había crecido.
Las calles eran tranquilas, las casas sencillas y el aire olía a tierra húmeda después de la lluvia.
Mientras recorrían la avenida principal, varias personas saludaban a Efraín con cariño.
—¡Mira quién volvió!
—¡Cuánto tiempo sin verte!
Rebeca descubrió una faceta de él que nunca había conocido.
Allí no era el hombre reservado de la ciudad.
Era el muchacho al que todos recordaban con afecto.
Cuando finalmente llegaron al hospital, el corazón de Efraín comenzó a latir con fuerza.
Respiró profundamente antes de entrar.
Rebeca entrelazó sus dedos con los de él.
—Estoy contigo.
Él apretó su mano con gratitud.
Al abrir la puerta de la habitación, encontró a su abuelo consciente.
Aunque el paso de los años había marcado su rostro, sus ojos conservaban la misma fortaleza de siempre.
El anciano sonrió al verlo.
—Sabía que vendrías, muchacho.
Las lágrimas llenaron los ojos de Efraín.
Se acercó y abrazó al hombre que le había enseñado el verdadero significado de la familia.
Sin embargo, mientras Rebeca observaba la escena conmovida, notó que una mujer permanecía de pie al fondo de la habitación.
La desconocida no dejaba de mirarla.
Y, cuando sus ojos se encontraron, aquella mujer pronunció unas palabras que hicieron que el corazón de Rebeca se acelerara.
—Así que tú eres la mujer de la que Efraín nunca dejó de hablar...