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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La mujer que debía estar muerta

Durante varios segundos nadie se movió. La pantalla permanecía negra, pero la última frase de Leonardo Ferrer seguía resonando en la habitación.

La persona que realmente creó el Proyecto Legado sigue viva.

Amelia tenía los ojos clavados en la pantalla. Había esperado encontrar una explicación sobre el proyecto, quizá documentos financieros, una patente o alguna evidencia que pudiera utilizar contra los Llorente. Nunca había imaginado descubrir que su padre había protegido la identidad de una persona cuya vida podía estar en peligro.

—Reproduce la grabación otra vez —dijo.

Herrera obedeció.

La voz de Leonardo volvió a llenar la habitación.

—Si estás viendo esto, Amelia, significa que ya no pude protegerte personalmente...

Esta vez todos escucharon con atención cada palabra. Al llegar al final, Gael pidió detener el video.

—Hay algo extraño.

Amelia se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Tu padre no dijo el nombre.

—Porque quería que lo descubriéramos.

—No solamente eso. Mira la fecha del archivo.

Herrera amplió la información.

—Fue creado doce años atrás.

Gael negó lentamente.

—No. El archivo fue creado doce años atrás, pero modificado posteriormente.

Amelia se acercó a la pantalla.

—¿Cuándo?

Herrera revisó los datos.

—Hace cuatro años.

El silencio volvió a instalarse.

—Cuatro años —repitió Amelia.

Gael la miró.

—Fue el mismo año en que Mauro Vidal dejó oficialmente de trabajar para mi familia.

Amelia sintió un escalofrío.

—Entonces alguien volvió a abrir este archivo.

—O alguien lo modificó —dijo Herrera.

Amelia tomó la memoria.

—Necesitamos saber quién.

En ese momento, el teléfono de Gael vibró.

Era Gabriel.

Gael respondió.

—Habla.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión se endureció.

—¿Estás seguro?

Otra pausa.

—No hagas nada todavía. Vamos para allá.

Colgó.

Amelia lo miró.

—¿Qué pasó?

—Han encontrado un vehículo abandonado cerca de uno de los antiguos centros de investigación vinculados al Proyecto Legado.

—¿Y?

—Dentro había documentos con el nombre de tu madre.

Amelia sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Mi madre murió.

—Lo sé.

—Entonces alguien está utilizando su identidad.

Gael asintió.

—O alguien quiere que pensemos eso.

Media hora después, regresaron a la Torre Santoro. Gabriel los esperaba en la sala de seguridad. Sobre la mesa había fotografías del vehículo y varios documentos recuperados del interior.

Amelia tomó una fotografía.

El automóvil estaba estacionado frente a un edificio antiguo, parcialmente abandonado. En una de las ventanas se distinguía un símbolo que reconoció inmediatamente.

—Este lugar...

Gael la miró.

—¿Lo conoces?

—Sí.

Amelia pasó los dedos sobre la fotografía.

—Mi padre me llevó allí cuando era niña.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Recuerdas qué había?

—Un laboratorio.

Gael frunció el ceño.

—¿De Leonardo?

—Eso me dijo.

Amelia tomó otra fotografía.

En ella aparecía una placa metálica cubierta de polvo.

«Centro de Investigación Ferrer».

—¿Por qué estaría relacionado con el Proyecto Legado?

—Porque probablemente allí comenzó todo —respondió Gael.

Gabriel abrió una carpeta.

—Tenemos otra información. El edificio fue vendido hace ocho años a una sociedad registrada fuera del país. La sociedad pertenece a una mujer.

Amelia lo miró.

—¿Quién?

Gabriel deslizó un documento hacia ella.

Amelia leyó el nombre.

Se quedó completamente inmóvil.

—No puede ser.

Gael tomó el documento.

—¿Quién es?

Amelia levantó la mirada.

—El nombre de mi madre.

Nadie habló.

—Pero mi madre murió hace quince años —dijo Amelia—. Tengo el certificado de defunción.

Herrera intervino:

—El nombre puede haber sido utilizado por otra persona.

—¿Y quién tendría acceso a sus documentos?

Gabriel respondió:

—Eso es precisamente lo que estamos intentando descubrir.

Amelia se sentó lentamente.

Todo aquello parecía imposible. Su madre había muerto cuando ella todavía era joven. Había pasado años aceptando aquella pérdida como una de las tragedias inevitables de su vida. Nunca había sospechado que detrás de aquella muerte pudiera existir algo más.

Gael se sentó frente a ella.

—No tienes que procesarlo todo ahora.

Amelia levantó la mirada.

—Mi padre dejó una grabación diciendo que la persona que creó el Proyecto Legado sigue viva.

—Sí.

—Y ahora encontramos una empresa a nombre de mi madre.

Gael permaneció en silencio.

—¿Y si no murió?

La pregunta salió de Amelia casi en un susurro.

Gael no respondió inmediatamente.

—Entonces tendremos que descubrir por qué todos creyeron que sí.

Amelia bajó la mirada.

Por primera vez, la posibilidad de que su madre estuviera viva parecía más aterradora que imposible.

—Necesito ir al laboratorio.

—No.

Ella levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—No vas a ir sola.

—No dije que iría sola.

—Entonces iremos juntos.

Amelia quiso protestar, pero se detuvo.

—De acuerdo.

Esa misma tarde, acompañados por Gabriel y dos miembros de seguridad, llegaron al antiguo centro de investigación. El edificio estaba rodeado por una verja oxidada y árboles que habían crecido sin control alrededor de la estructura. El lugar parecía abandonado desde hacía años.

Pero al acercarse, Amelia vio algo que la hizo detenerse.

La puerta principal había sido abierta recientemente.

Gael levantó una mano.

—Nadie se separa.

Entraron.

El aire estaba cargado de polvo y humedad. Las paredes conservaban fotografías antiguas y placas con nombres de investigadores. Amelia caminó lentamente por el pasillo.

Cada paso despertaba recuerdos que creía olvidados.

Su padre llevándola de la mano.

Su madre riendo.

Una puerta azul.

Un olor fuerte a productos químicos.

Y una voz.

La voz de su madre.

—Amelia, nunca entres aquí sin mí.

Se detuvo.

Gael se acercó.

—¿Qué pasa?

—Recuerdo este lugar.

—¿Qué recuerdas?

—Una habitación.

Amelia caminó hacia el final del pasillo.

Había una puerta azul.

Exactamente como la recordaba.

Intentó abrirla.

Estaba cerrada.

Gabriel revisó el marco.

—Tiene un sistema electrónico.

Gael sacó el teléfono.

—Podemos abrirlo.

Amelia negó.

—Espera.

Observó el teclado.

Había seis números.

Sin saber por qué, introdujo una fecha.

La puerta se abrió.

Gael la miró sorprendido.

—¿Cómo sabías el código?

Amelia no respondió.

No lo sabía.

Simplemente lo recordaba.

Entraron.

La habitación estaba vacía, salvo por un escritorio, varios archivadores y una caja metálica.

Amelia se acercó al escritorio.

Había una fotografía.

La tomó.

Su respiración se detuvo.

Era su madre.

Pero no era una fotografía antigua.

Su madre aparecía mucho más joven de lo que Amelia la recordaba.

Y detrás de ella había una pizarra cubierta de fórmulas y planos.

En la esquina inferior de la fotografía había una fecha.

Dos años después de la supuesta muerte de su madre.

Amelia sintió que las piernas le fallaban.

Gael la sostuvo del brazo.

—Amelia.

Ella no podía apartar la mirada.

—Está viva.

—No podemos asegurarlo solo por una fotografía.

—Esa fecha...

Gael tomó la imagen.

—Tenemos que investigar quién tomó esta fotografía.

Gabriel abrió uno de los archivadores.

—Encontré algo.

Era una carpeta con documentos técnicos.

En la primera página aparecía el nombre del Proyecto Legado.

Amelia se acercó.

Debajo del título había una firma.

Elena Ferrer.

Su madre.

—Ella lo creó —susurró Amelia.

Gael pasó las páginas.

Había esquemas, fórmulas, registros de investigación y referencias a una tecnología que podía utilizarse en distintos sectores industriales. Pero faltaban varias páginas.

—Alguien arrancó parte del expediente.

Gabriel encontró un pequeño compartimento dentro del escritorio.

—Aquí hay otra cosa.

Sacó un sobre.

En el exterior había una sola palabra.

Amelia.

Ella lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una nota.

«Si has llegado hasta aquí, significa que Leonardo no pudo detenerlos. No confíes en Catalina. No confíes en los Llorente. Y, sobre todo, no confíes en nadie que te diga que tu madre murió.»

Amelia dejó caer la nota.

Gael la recogió.

Su expresión cambió al leerla.

—Esto cambia todo.

Un ruido proveniente del pasillo los hizo girarse.

Gabriel apagó inmediatamente la luz.

—Hay alguien afuera.

Todos quedaron inmóviles.

Se escucharon pasos.

Lentos.

Después, una voz femenina atravesó la puerta.

—Amelia.

Ella sintió que el corazón se le detenía.

Conocía aquella voz.

La había escuchado en sueños durante años.

La puerta comenzó a abrirse.

Una mujer apareció en el umbral.

Tenía el cabello más corto, algunas canas y el rostro marcado por el tiempo.

Pero los ojos eran los mismos.

Amelia dio un paso hacia atrás.

—Mamá...

La mujer la miró con lágrimas contenidas.

—Perdóname, hija.

Gael se colocó delante de Amelia por instinto.

La mujer lo observó.

—Y tú debes ser Gael.

Amelia sintió que el miedo reemplazaba a la sorpresa.

—¿Cómo sabes quién es?

La mujer bajó la mirada.

—Porque tu padre me habló de él.

—¿Cuándo?

Elena Ferrer respiró profundamente.

—Antes de morir.

Amelia se quedó helada.

—¿Antes de morir?

Elena asintió.

—Porque, aunque todos creen que tu padre murió hace años, él sabía que esta guerra todavía no había terminado.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Elena levantó la mirada.

—Que Leonardo Ferrer no murió de la manera que ustedes creen.

Y antes de que Amelia pudiera hacer otra pregunta, Elena añadió:

—Y Victoria no es la persona que realmente está detrás de todo esto.

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