Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 24. El Mar No Debe Nada
El viaje al mar comenzó tres días después.
Según Damián, aquello demostraba que el destino tenía un sentido del humor particularmente extraño.
—He enfrentado criaturas ancestrales.
—Sí.
—Conspiraciones mágicas.
—Sí.
—Una deuda viviente.
—Sí.
—Y ahora vamos a cumplir el deseo de una persona fallecida hace siglos.
Celeste acomodó una mochila sobre el lomo de Fulgor.
—Suena más agradable que las otras opciones.
—Inquietantemente razonable.
La verdad era que todos sabían por qué estaban allí.
Habían recuperado el nombre de Aliara.
Habían recuperado su historia.
Pero todavía faltaba algo.
Su último deseo.
Ver el mar.
No porque aquello tuviera poder mágico.
No porque fuera una profecía.
Sino porque había sido suyo.
Y después de todo lo ocurrido, nadie estaba dispuesto a permitir que también le robaran eso.
El camino hacia la costa atravesaba pequeñas aldeas y campos abiertos.
Por primera vez en mucho tiempo el grupo viajaba sin perseguir una amenaza inmediata.
Aquello debería haber resultado relajante.
No lo fue.
Principalmente porque Fulgor había descubierto un rebaño de ovejas.
—No.
Fulgor señaló las ovejas.
—No.
Más señalamiento.
—Siguen siendo ovejas.
Movimiento de cola.
—No puedes adoptarlas.
El dragón parecía profundamente decepcionado.
El pastor local observó la escena durante varios segundos.
—¿Está intentando negociar?
—Sí —respondió Basilio.
—¿Con ovejas?
—Sí.
—Entiendo.
Nadie entendía realmente.
Pero todos fingieron hacerlo.
Aquella noche acamparon cerca de un puente antiguo.
El lugar parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Lo cual, por supuesto, significaba problemas.
—Sabía que algo iba a pasar.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
—Porque el universo me conoce.
—Ese no es un argumento.
—Y aun así tenía razón.
Las sombras aparecieron entre la niebla.
Docenas de ellas.
Figuras construidas con reflejos blancos.
La Corte.
O lo que quedaba de ella.
No eran tan numerosas como antes.
Ni tan poderosas.
Pero seguían siendo peligrosas.
Y estaban utilizando algo diferente.
Cuando las formas se acercaron, el grupo comprendió por qué.
No llevaban armas.
Llevaban rostros.
Recuerdos.
Historias.
Personas olvidadas.
La Corte estaba usando el dolor como escudo.
—Eso es miserable incluso para ellos —dijo Celeste.
—La desesperación reduce la creatividad.
—Y aumenta la crueldad.
Damián observó las figuras.
No eran reales.
Pero representaban personas reales.
Gente que había sido olvidada.
Gente que aún seguía esperando ser recordada.
Por un momento nadie supo qué hacer.
Entonces Basilio avanzó.
—Tengo una idea.
Todos se quedaron inmóviles.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
—Continúa.
El mayordomo sacó un cuaderno.
Uno nuevo.
Porque, aparentemente, nunca tenía suficientes.
—La Corte les da forma usando el olvido.
Silencio.
—Sí.
—Entonces recordemos.
Nadie entendió al principio.
Elena fue la primera.
—¿Recordemos qué?
—Cualquier cosa.
Pequeña.
Simple.
Humana.
Celeste observó las figuras blancas.
Luego dio un paso adelante.
—Una mujer que quería sentarse bajo un granado.
La figura más cercana se agrietó.
Todos la vieron.
Incluso la Corte.
Damián sonrió lentamente.
—Oh.
Elena comprendió.
—Un niño que quería construir una cometa.
Otra grieta.
Isolde continuó.
—Un anciano acusado injustamente.
Más grietas.
Las figuras comenzaron a retroceder.
Porque no podían alimentarse del olvido cuando alguien estaba nombrando recuerdos.
Historias.
Personas.
Basilio escribió mientras hablaba.
—Una muchacha que hacía pan terrible.
—Eso parece extrañamente específico —comentó Damián.
—Porque era real.
La figura frente a él desapareció.
Durante los minutos siguientes siguieron recordando.
No nombres completos.
No grandes héroes.
Solo pequeños fragmentos humanos.
Deseos sencillos.
Errores.
Rutinas.
Cosas que hacían que una vida fuera una vida.
Y poco a poco la Corte comenzó a desmoronarse.
Las figuras blancas se deshicieron como niebla.
Hasta que finalmente desaparecieron.
El silencio volvió al puente.
—Funcionó.
—Sí.
—Eso fue raro.
—Mucho.
—Pero funcionó.
—También mucho.
Dos días después llegaron al mar.
El océano se extendía hasta el horizonte.
Inmenso.
Azul.
Inagotable.
El viento olía a sal.
Las olas golpeaban los acantilados con fuerza constante.
Y durante varios segundos nadie habló.
Incluso Damián.
—Es hermoso.
Todos giraron hacia Elena.
La joven observaba el horizonte.
Pero no parecía estar hablando del paisaje.
La marca con el nombre de Aliara brillaba intensamente.
Cada vez más.
Hasta que la luz comenzó a separarse de su piel.
Y tomó forma.
Aliara apareció junto al borde del acantilado.
Ya no como un recuerdo.
Ni como una voz.
Sino como una presencia completa.
Observó el mar.
Y sonrió.
Simplemente sonrió.
Durante un largo momento no dijo nada.
Porque no hacía falta.
Todos entendían.
Había esperado siglos para aquello.
—Así que esto era.
La voz apenas fue un susurro.
El viento la llevó hacia el océano.
—Sí.
Aliara avanzó un paso más.
Los ojos fijos en el horizonte.
—Valió la pena esperar.
Entonces ocurrió.
El mar comenzó a brillar.
La espuma se iluminó.
Y las últimas sombras de la Corte aparecieron entre las olas intentando aferrarla una vez más.
—¡No! —gritó una voz lejana.
Pero era demasiado tarde.
El océano respondió.
No con violencia.
No con poder.
Simplemente rechazó aquello que no le pertenecía.
Las sombras se disolvieron.
Las olas las arrastraron.
Y la presencia de Aliara permaneció intacta.
Por primera vez en siglos nadie intentaba encerrarla.
Ni usarla.
Ni convertirla en algo que no era.
Aliara observó al grupo una última vez.
—Gracias.
La luz comenzó a rodearla.
Su figura se volvió cada vez más transparente.
—¿Ya está? —preguntó Elena.
Aliara sonrió.
—Todavía no.
Capítulo 24. El Mar No Debe Nada
El viaje al mar comenzó tres días después.
Según Damián, aquello demostraba que el destino tenía un sentido del humor particularmente extraño.
—He enfrentado criaturas ancestrales.
—Sí.
—Conspiraciones mágicas.
—Sí.
—Una deuda viviente.
—Sí.
—Y ahora vamos a cumplir el deseo de una persona fallecida hace siglos.
Celeste acomodó una mochila sobre el lomo de Fulgor.
—Suena más agradable que las otras opciones.
—Inquietantemente razonable.
La verdad era que todos sabían por qué estaban allí.
Habían recuperado el nombre de Aliara.
Habían recuperado su historia.
Pero todavía faltaba algo.
Su último deseo.
Ver el mar.
No porque aquello tuviera poder mágico.
No porque fuera una profecía.
Sino porque había sido suyo.
Y después de todo lo ocurrido, nadie estaba dispuesto a permitir que también le robaran eso.
El camino hacia la costa atravesaba pequeñas aldeas y campos abiertos.
Por primera vez en mucho tiempo el grupo viajaba sin perseguir una amenaza inmediata.
Aquello debería haber resultado relajante.
No lo fue.
Principalmente porque Fulgor había descubierto un rebaño de ovejas.
—No.
Fulgor señaló las ovejas.
—No.
Más señalamiento.
—Siguen siendo ovejas.
Movimiento de cola.
—No puedes adoptarlas.
El dragón parecía profundamente decepcionado.
El pastor local observó la escena durante varios segundos.
—¿Está intentando negociar?
—Sí —respondió Basilio.
—¿Con ovejas?
—Sí.
—Entiendo.
Nadie entendía realmente.
Pero todos fingieron hacerlo.
Aquella noche acamparon cerca de un puente antiguo.
El lugar parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Lo cual, por supuesto, significaba problemas.
—Sabía que algo iba a pasar.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
—Porque el universo me conoce.
—Ese no es un argumento.
—Y aun así tenía razón.
Las sombras aparecieron entre la niebla.
Docenas de ellas.
Figuras construidas con reflejos blancos.
La Corte.
O lo que quedaba de ella.
No eran tan numerosas como antes.
Ni tan poderosas.
Pero seguían siendo peligrosas.
Y estaban utilizando algo diferente.
Cuando las formas se acercaron, el grupo comprendió por qué.
No llevaban armas.
Llevaban rostros.
Recuerdos.
Historias.
Personas olvidadas.
La Corte estaba usando el dolor como escudo.
—Eso es miserable incluso para ellos —dijo Celeste.
—La desesperación reduce la creatividad.
—Y aumenta la crueldad.
Damián observó las figuras.
No eran reales.
Pero representaban personas reales.
Gente que había sido olvidada.
Gente que aún seguía esperando ser recordada.
Por un momento nadie supo qué hacer.
Entonces Basilio avanzó.
—Tengo una idea.
Todos se quedaron inmóviles.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
—Continúa.
El mayordomo sacó un cuaderno.
Uno nuevo.
Porque, aparentemente, nunca tenía suficientes.
—La Corte les da forma usando el olvido.
Silencio.
—Sí.
—Entonces recordemos.
Nadie entendió al principio.
Elena fue la primera.
—¿Recordemos qué?
—Cualquier cosa.
Pequeña.
Simple.
Humana.
Celeste observó las figuras blancas.
Luego dio un paso adelante.
—Una mujer que quería sentarse bajo un granado.
La figura más cercana se agrietó.
Todos la vieron.
Incluso la Corte.
Damián sonrió lentamente.
—Oh.
Elena comprendió.
—Un niño que quería construir una cometa.
Otra grieta.
Isolde continuó.
—Un anciano acusado injustamente.
Más grietas.
Las figuras comenzaron a retroceder.
Porque no podían alimentarse del olvido cuando alguien estaba nombrando recuerdos.
Historias.
Personas.
Basilio escribió mientras hablaba.
—Una muchacha que hacía pan terrible.
—Eso parece extrañamente específico —comentó Damián.
—Porque era real.
La figura frente a él desapareció.
Durante los minutos siguientes siguieron recordando.
No nombres completos.
No grandes héroes.
Solo pequeños fragmentos humanos.
Deseos sencillos.
Errores.
Rutinas.
Cosas que hacían que una vida fuera una vida.
Y poco a poco la Corte comenzó a desmoronarse.
Las figuras blancas se deshicieron como niebla.
Hasta que finalmente desaparecieron.
El silencio volvió al puente.
—Funcionó.
—Sí.
—Eso fue raro.
—Mucho.
—Pero funcionó.
—También mucho.
Dos días después llegaron al mar.
El océano se extendía hasta el horizonte.
Inmenso.
Azul.
Inagotable.
El viento olía a sal.
Las olas golpeaban los acantilados con fuerza constante.
Y durante varios segundos nadie habló.
Incluso Damián.
—Es hermoso.
Todos giraron hacia Elena.
La joven observaba el horizonte.
Pero no parecía estar hablando del paisaje.
La marca con el nombre de Aliara brillaba intensamente.
Cada vez más.
Hasta que la luz comenzó a separarse de su piel.
Y tomó forma.
Aliara apareció junto al borde del acantilado.
Ya no como un recuerdo.
Ni como una voz.
Sino como una presencia completa.
Observó el mar.
Y sonrió.
Simplemente sonrió.
Durante un largo momento no dijo nada.
Porque no hacía falta.
Todos entendían.
Había esperado siglos para aquello.
—Así que esto era.
La voz apenas fue un susurro.
El viento la llevó hacia el océano.
—Sí.
Aliara avanzó un paso más.
Los ojos fijos en el horizonte.
—Valió la pena esperar.
Entonces ocurrió.
El mar comenzó a brillar.
La espuma se iluminó.
Y las últimas sombras de la Corte aparecieron entre las olas intentando aferrarla una vez más.
—¡No! —gritó una voz lejana.
Pero era demasiado tarde.
El océano respondió.
No con violencia.
No con poder.
Simplemente rechazó aquello que no le pertenecía.
Las sombras se disolvieron.
Las olas las arrastraron.
Y la presencia de Aliara permaneció intacta.
Por primera vez en siglos nadie intentaba encerrarla.
Ni usarla.
Ni convertirla en algo que no era.
Aliara observó al grupo una última vez.
—Gracias.
La luz comenzó a rodearla.
Su figura se volvió cada vez más transparente.
—¿Ya está? —preguntó Elena.
Aliara sonrió.
—Todavía no.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Levantó una mano hacia el océano.
Y el agua se abrió.
Todos retrocedieron.
Porque algo estaba emergiendo.
Una construcción blanca.
Alta.
Antigua.
Imposible.
Una torre surgió lentamente del mar.
Cubierta de piedra lisa.
Sin ventanas.
Sin reflejos.
Y claramente relacionada con la Corte.
El viento se volvió más frío.
Aliara observó la torre.
Su expresión cambió por primera vez.
—Ahí está.
Silencio.
—¿Qué es eso? —preguntó Celeste.
La respuesta llegó mientras la luz comenzaba a desaparecer.
—La última puerta.
Y entonces Aliara se fue.
La luz se dispersó sobre el viento.
El nombre permaneció.
La historia permaneció.
Pero ella ya no estaba allí.
Durante unos segundos nadie habló.
Luego Damián observó la torre emergida del océano.
Y suspiró.
—Sabía que era demasiado pronto para tener un día tranquilo.
A su lado, Fulgor emitió un gruñido hacia la construcción blanca.
Por una vez, nadie discutió con él.
Porque todos tenían exactamente la misma sensación.
La historia de Aliara había encontrado paz.
Pero la suya todavía no había terminado.
Levantó una mano hacia el océano.
Y el agua se abrió.
Todos retrocedieron.
Porque algo estaba emergiendo.
Una construcción blanca.
Alta.
Antigua.
Imposible.
Una torre surgió lentamente del mar.
Cubierta de piedra lisa.
Sin ventanas.
Sin reflejos.
Y claramente relacionada con la Corte.
El viento se volvió más frío.
Aliara observó la torre.
Su expresión cambió por primera vez.
—Ahí está.
Silencio.
—¿Qué es eso? —preguntó Celeste.
La respuesta llegó mientras la luz comenzaba a desaparecer.
—La última puerta.
Y entonces Aliara se fue.
La luz se dispersó sobre el viento.
El nombre permaneció.
La historia permaneció.
Pero ella ya no estaba allí.
Durante unos segundos nadie habló.
Luego Damián observó la torre emergida del océano.
Y suspiró.
—Sabía que era demasiado pronto para tener un día tranquilo.
A su lado, Fulgor emitió un gruñido hacia la construcción blanca.
Por una vez, nadie discutió con él.
Porque todos tenían exactamente la misma sensación.
La historia de Aliara había encontrado paz.
Pero la suya todavía no había terminado.