Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14. Cuarto cambio parte 1.
Isabella permaneció sentada largo rato, acariciando el pelaje suave del leopardo, y por fin se sintió capaz de decir lo que jamás se había atrevido a confiarles a sus esposos.
—Gatito… tengo que confesarte algo —dijo ella con voz temblorosa—. Ellos, desde el primer día, no hicieron más que amarme y demostrármelo. Y sin embargo, durante estos dos años de matrimonio, los traté con una crueldad que no merecían.
—Los hice sufrir, los humillé en público una y otra vez… Y aunque ante todos soltaba palabras absurdas y horribles contra ellos, la verdad es que después me encerraba a llorar en silencio, llena de culpa.
—¿Sabes por qué me porté así? —susurró con la voz quebrada, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. No fue por maldad… fue por miedo. Mi madre me contó desde muy niña que llevo una maldición: estoy destinada a ver morir de la forma más terrible a todas las personas a las que llegue a amar de verdad. Pensé que si los trataba mal, si no les permitía entrar en mi corazón… quizás la maldición no los tocaría. Pero lo único que logré fue convertirme en la peor pesadilla de los hombres que más me han querido en este mundo.
El leopardo se acercó despacio, apoyó su cabeza sobre sus manos con ternura, y sus ojos brillantes parecían decirle que entendía cada palabra… como si ya lo supiera de antemano, y aun así no dio ni un paso atrás.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Kael entró con los ojos encendidos de furia y celos, sin poder contenerse más.
—¡Sal de aquí! —rugió, señalando al animal—. ¡No te mereces estar cerca de ella!
—¡Kael, detente! —gritó Isabella, pero él ya se lanzaba al ataque.La pelea fue breve y silenciosa.
Kael confiaba ciegamente en su fuerza, en sus garras afiladas y en su instinto, pero el leopardo se movía con una gran agilidad se movía como aire incapaz de tocar. En cuestión de minutos, Kael cayó al suelo: llevaba una herida abierta en el hombro y, mucho más doloroso aún, tenía el orgullo totalmente destrozado, incapaz de hacerle frente. El leopardo no lo remató; solo lo miró con firmeza, dejando claro que todo lo hacía solo para protegerla a ella.
Isabella corrió hacia ellos, atónita, a punto de exigir explicaciones, hasta que vio la sangre que manchaba la ropa de Kael.
—¡Estás sangrando! —dijo con voz llena de preocupación, acercándose para revisar su herida.
—Es solo un rasguño —replicó Kael, poniéndose de pie con dificultad—. Deshazte de ese animal. No puede seguir aquí.
Isabella sintió una pequeña sonrisa en los labios al comprenderlo: "Kael solo busca una excusa. No quiere que sepa que fue él quien me cuidó… en el fondo también tiene un lado tierno." pensó ella creyendo que el solo se sentía avergonzado.
—Tranquilo —le respondió con suavidad—, es solo un gatito indefenso, no pasará nada. Ya he decidido: se quedará y será mi mascota.
—¿Tu mascota? —la miró él con desesperación—. Ese no es lo que crees, es… —Kael se detuvo de golpe. Si le decía la verdad, ella quizás lo aceptaría, y él perdería la única razón que le quedaba para estar cerca de ella—. No puedo vivir bajo el mismo techo que él.
Kael salió de la habitación con el puño cerrado con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en la palma de la mano, sin sentir el dolor que le provocaban. El sabor de la derrota le quemaba la garganta, y la imagen de aquel animal acurrucado al lado de Isabella le revolvía las entrañas. No podía permitirlo. No podía dejar que ese intruso ocupara el lugar que le correspondía, ni que se ganara su cariño mientras ellos seguían apartados.
—Tengo que hacer algo— murmuró él. Desde esa misma noche, empezó a planear.
Primero intentó cerrarle la puerta del jardín, pero al día siguiente lo encontró recostado tranquilamente a los pies de la cama de Isabella, como si hubiera atravesado las paredes. Luego pidió a los sirvientes que no le dieran comida, pero Isabella misma se encargó de llevarle sus platos favoritos, sentándose en el suelo junto a él mientras comía. Cuando intentó asustarlo apareciendo de golpe en los pasillos, el leopardo solo lo miró fijamente, sin moverse ni un centímetro, con esa calma que parecía burlarse de él.
Cada intento terminaba en el mismo desenlace: una pelea rápida, furiosa y silenciosa en algún rincón alejado de la casa. Kael atacaba con toda su rabia, con la fuerza de su instinto de bestia, pero siempre salía perdiendo. Y lo que más le dolía no eran los rasguños ni los golpes, sino la forma en que el leopardo lo miraba: no con odio, sino con una especie de advertencia tranquila, como si le dijera “si ella no estuviera aquí, no te tendría ninguna compasión”.
Una tarde, aprovechando que Isabella no estaba, Kael entró sigilosamente en la habitación de ella y cerró la puerta tras de sí, con el corazón latiéndole de rabia contenida. El leopardo descansaba plácidamente sobre la cama.
—Maldito animal —escupió él entre dientes, con la voz cargada de furia—. Esta vez sí te ganaré, y te sacaré de aquí para siempre.
El leopardo abrió los ojos lentamente, y ante la mirada atónita de Kael, su cuerpo se transformó con fluidez hasta recuperar su forma humana. Se incorporó despacio, con una media sonrisa llena de desafío y burla.
—Ya me cansé de jugar contigo —dijo con tono tranquilo, cortante—. Eres mucho más débil de lo que creí. Adelante… zorrito te daré la oportunidad de atacarme.
—Eres demasiado arrogante —rugió Kael, lanzándose contra él con todas sus fuerzas, pero no consiguió conectar ni un solo golpe. El leopardo solo se limitaba a esquivar cada movimiento, sin intención alguna de devolver los golpes ni hacerle daño.
—¿Eso es todo, zorrito? —susurró el leopardo, y en un movimiento rápido le asestó un rodillazo directo al estómago—. Eres demasiado débil. Y alguien así no la merece.
Kael no era débil en absoluto; pero ese hombre poseía una fuerza muy superior a la de cualquier rival que hubiera enfrentado en su vida.
—Admito que eres fuerte —dijo Kael entre jadeos, dibujando una sonrisa astuta en sus labios mientras señalaba su abdomen—, pero te falta inteligencia.
El leopardo bajó la mirada de golpe: tres rasguños profundos surcaban su piel, y la sangre empezaba a mancharla sin prisa. Justo en ese instante, la puerta se abrió de golpe. Sin dudarlo, volvió a su forma animal, se desplomó en el suelo y soltó un rugido débil, lastimero.
—¿Lo ves? —dijo Kael con tono de satisfacción, recuperando el aliento—. Ahora ya no puedes ni mantenerte en pie, ¿verdad?
Isabella entró en la habitación y se detuvo en seco al ver la escena.
—¡¡Kael!! —gritó con voz quebrada, llena de indignación—. ¿Cómo pudiste lastimarlo?
Isabella se arrodilló de inmediato junto al leopardo, ignorando por completo la presencia de Kael. Con manos temblorosas, acarició su pelaje, buscando el origen de la sangre que ya empezaba a manchar el suelo.
—Está temblando… —susurró con los ojos llenos de lágrimas, mirando a Kael con una mezcla de dolor y desilusión—. Te dije que no te metieras con él. No te ha hecho nada malo, solo está aquí conmigo y tú… tú lo atacas a traición.
—¡No fue así! —gritó Kael, sintiendo cómo el corazón se le encogía en el pecho—. Él empezó, él se transformó, me dijo cosas… ¡yo solo me defendí!
—¿Defenderte? —repitió ella con una sonrisa amarga, señalando al animal que se acurrucaba contra ella gimiendo bajito—. Míralo. Es pequeño, es débil, y tú eres una bestia poderosa. ¿A eso le llamas defenderte? ¿A golpear a quien no puede hacerte frente?
El leopardo levantó la cabeza lentamente, clavó sus ojos brillantes en Kael por encima del hombro de Isabella, y esa mirada no tenía nada de animal asustado: era pura burla, una victoria silenciosa que Kael sentía que le quemaba hasta el alma.
—Traiganme las vendas y ungüentos —le ordenó ella con voz fría, como si no quisiera ni escucharlo—. Y no te acerques a esta habitación en todo el día. No quiero verte ahora.
Kael se quedó inmóvil, con las palabras atoradas en la garganta y la rabia mezclada con una tristeza profunda. Sabía que no le creería, sabía que había perdido cualquier oportunidad de explicar la verdad en ese momento. Con el orgullo destrozado y la mirada baja, salió de la habitación, sintiendo que cada paso lo alejaba un poco más de ella.
Al cerrarse la puerta, el leopardo dejó de gemir al instante. Se recostó cómodamente sobre sus piernas, cerró los ojos con satisfacción, y dejó que ella lo cuidara sin decir una sola palabra… sabiendo que acababa de ganar una batalla mucho más importante que cualquier pelea.